He leído muchos comentarios (la mayoría de ellos, en contra) sobre esa estrategia electoralistamasivamente llamada “las candidaturas testimoniales” (con independencia del punto devista que se sostenga). La mayoría de los comentadores se preguntan por las razones que seesconderían detrás. Se trataría, según algunos, de meras candidaturas fantasmas o mediáticas(porque se recurre a las mediciones de audiencia para determinar a los candidatos más potables paraencabezar las diferentes listas de cargos en competencia, con independencia del lugar queactualmente esos candidatos tienen en la actual estructura de poder).
¿Por qué no llamarlas, entonces, “las candidaturas mediáticas” o “lascandidaturas fantasmas”? Evidentemente, porque lo testimonial tiene mejor prensa que lomediático (esa lacra) y lo fantasmático (ese miedo). Pero no me imagino a los asesores de lospoderosos realizando estudios de semántica para determinar las connotaciones de las palabras quelanzarán al ruedo político. De algún lado, pienso, deben de haber sacado la formulación (tal vezdel baratillo de la mercadotecnia y los estudios de opinión a los que esa gente es tan afecta).
Los buscadores de Internet arrojan resultados desalentadores. En castellano, todas las buscasconducen al debate argentino. En francés, sucede lo mismo. En inglés, la locución aparece siempreentre comillas: “testimonial candidacies”, escribe el Herald (refiriéndose al escenariolocal) y lo mismo sucede en un documento sobre nuestra triste patria, donde incluso se agrega unso-called (“así llamadas”, que connota una natural repugnancia a manipular un abortoconceptual semejante).
Hay una excepción: un artículo sin firma publicado por el International Herald Tribune (delNew York Times) el 18 de abril de 2007, se refiere a la campaña electoral en Francia de entonces.“¡Bingo!”, pienso (y pienso en la francofilia que nos caracteriza, pienso en RolandBarthes, Proust, Montesquieu, Pascal, Descartes). Leo el artículo, que comienza con un prometedor:“¡Qué extraña campaña! Los franceses están apasionadamente interesados por la carrerapresidencial y completamente confundidos sobre ella. ¿Podría ser porque por primera vez no hay allíningún presidente o primer ministro saliente para simplificar sus opciones?”. Podría ser,pienso, que “las candidaturas testimoniales” lo sean porque la elección que se nosavecina no es percibida (ni para quienes detentan el poder ni para quienes lo pretenden) como unaelección intermedia, sino de final de gestión. Extraña sensación, extraña pena, extraña falta.
Pero el artículo marcha después en otra dirección, analizando el espectro de candidatos(Nicolas Sarkozy, entre ellos). Nueva pregunta: “¿Podría ser que la ideología ya no sea másun factor determinante?”. Podría ser, pienso, que “las candidaturastestimoniales” lo sean porque quienes detentan el poder temen que aquellos que losacompañaron alguna vez, de pronto, pasen a formar parte de otra (nueva o no) fuerza política.Extraños movimientos, extraños terrores, extraños umbrales.
Sigo leyendo: el analista anónimo razona que de los doces candidatos que compiten en laprimera ronda, tres se declaran herederos de Leon Trotsky y cinco denuncian la economía de mercado.Aunque ninguno de ellos tenga chance alguna, “such ‘testimonial’ candidacies sonparte de nuestro folclore y nuestras tradiciones políticas”.
De modo que la expresión tendría un único antecedente en otro contexto, con un sentido muchomás preciso: semejantes candidaturas “testimoniales” lo son porque funcionan sólo comotestimonio de una herencia o de una posición sin rédito. No creo que los asesores de quienesactualmente detentan el poder en Argentina (y en sus ciudades) quieran recuperar ese sentido,porque eso equivaldría a reconocerse derrotados, meros portaestandartes de una idea romántica y, siasí fuera, sabríamos cuál es esa idea o cuál la herencia que se pretende reivindicartestimonialmente (y no es el caso).
Debe de tratarse de otra cosa: es la invención política. Ya me imagino a los leguleyos deHarvard examinando la noción, poniéndola en contexto histórico, analizando sus implicaciones. Laensoñación no está privada de un cierto orgullo patriótico: una vez más, somos los que demostramosal mundo, la potencia de nuestra imaginación (estética, política).
Lo curioso es que nadie, entre nosotros, haya dedicado sus esfuerzos a analizar “lascandidaturas testimoniales” como lo que son, una invención. Como si más allá del fantasma odel testimonio hubiera alguna cosa que importara.

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