La lección de Tarantino

Hace poco estuve en Buenos Aires y aproveché para ver dos películas: Bastardos sin gloria de Quentin Tarantino y El secreto de sus ojos de Juan José Campanella.

La lección de Tarantino
23-08-2026 | 11:59

Hace poco estuve en Buenos Aires y aproveché para ver dos películas: Bastardos sin gloria de Quentin Tarantino y El secreto de sus ojos de Juan José Campanella. En la de Tarantino se ve a Hitler,Goering y el resto de los jerarcas nazis disfrutar como chicos con un film ficticio llamado Elorgullo de una nación. Es una especie de contrapartida de Sargento York (1941), una película deHoward Hawks con Gary Cooper, refinado ejemplo de propaganda belicista. Pero Bastardos sin gloriase apoya menos en su argumento delirante que en una cuestión tan real como una roca: laimposibilidad de falsificar el habla en otro idioma. La escena central de la película muestra a lasSS más temibles que nunca porque uno de sus miembros es capaz de detectar –como el profesorHiggins de Bernard Shaw– el lugar de nacimiento de cada alemán y ante un espía británico quese hace pasar por oficial nazi, reconoce inmediatamente algo raro. La escena tiene luego unavariante cómica cuando otros tres infiltrados intentan hacerse pasar por cineastas italianos.Aunque el film tiene su dosis de acción y de suspenso, no le propone al espectador que ocupe ellugar de los jefes nazis o, para tomar un ejemplo más amable, el del duro general americano quellora desconsoladamente frente a Bambi en una película de Spielberg llamada 1941. De hecho,Bastardos sin gloria termina quemando El orgullo de una nación y con ella a sus espectadores. Sinembargo, la dificultad de hablar en otro idioma sin que se note permanece inalterable.

En 1941 el cine ya era casi todo lo que llegaría a ser (y si se reemplaza 1941 por 1961, sepuede prescindir del “casi”). Desde entonces pasaron más años de los que necesitó elcine para convertirse en un arte nuevo y una industria poderosa. El cine estaba maduro hace setentaaños y desde entonces no ha hecho mucho más que envejecer. A cambio, el paso del tiempo convirtióese cine de la era clásica en una excelente ruina, en un inagotable motivo de estudio, de interés yde inspiración. Y es lógico, porque la acelerada constitución de un arte universal, popular ysofisticado resulta uno de los logros más asombrosos de la humanidad. Tarantino, un conocedorinigualable de su historia, lo saquea, lo cita y lo utiliza como material de sus películas perointenta superarlo sin nostalgia. En particular, su mirada tiene una relación con lo real mucho máscercana a la vertiente documental del cine moderno. No ensaya una parodia del clasicismo para unpúblico avisado –como hacen los posmodernos– pero tampoco intenta imitarlo como losneoclásicos, quienes creen que el gran cine de Hollywood, con su mimesis, su sentimentalismo, sustécnicas narrativas, sus dilemas morales y su star system es un mundo perfecto e inmutable que sólonecesita una adaptación a los temas y las tecnologías actuales.

Campanella es un neoclásico, alguien que cree en esa permanencia. El público lo aplaude y lacrítica reconoce como nunca en El secreto de sus ojos su destreza profesional, su capacidad parahacer lucir a los actores, su eficacia para resolver con elegancia y vigor ciertas escenas. Pero lapelícula es también una nueva apelación al costumbrismo, a la identificación con emocionespreestablecidas, a las convenciones ideológicas a cuyo servicio se pone en funcionamiento la viejamaquinaria. Pero cuando un personaje nacido en Chivilcoy que trabaja como obrero de la construcciónen el Gran Buenos Aires habla con un acento inconfundiblemente español, esa falta de rigor no sólopone de manifiesto la tiranía de las coproducciones sino la falsedad esencial de un método basadoen la simulación de lo verdadero y no en su búsqueda. Mientras el cine nacional de Campanella nosarrincona en una idea, nos obliga a ser rehenes de la pantalla y a reaccionar como está previsto,la imaginación cosmopolita de Tarantino nos libera al impedirnos pretender que el tiempo se detuvohace setenta años.

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