Arriba de tres veces no lo traté. Y sin embargo la noticia de su muerte me lastimó como lastimanlas cosas más personales. Primero supe que se había muerto y sólo después, un rato después, supeque se había matado. Fue lo mismo que enterarme por dos veces de esa muerte; una misma noticia mesorprendía dos veces, me consternaba dos veces. “Se murió Gabriel Báñez” y “semató Gabriel Báñez”. Yo lo había visto dos o tres veces, como digo, pero lo había leído muchomás. Pasé mi tiempo con Hacer el odio, El curandero del cuarto oscuro; Paredón paredón. Leí elúltimo de sus libros: La cisura de Rolando, sin saber que era suyo. Mi empleo como jurado delconcurso Letrasur me procuró esa experiencia: la lectura un poco a ciegas, bajo la regla delanonimato, con la postulación foucaultiana de que “no importa quién habla” hecharealidad al menos transitoriamente. Me incliné por La cisura de Rolando sin saber que era de Báñez.Me entusiasmó, y al mismo tiempo me alivió verificar que Juan Sasturain y Claudia Piñeiro, losotros dos jurados de ese concurso, coincidían con mi parecer, porque soy flojo de carácter y meintimida la disidencia. Después, la regla del anonimato cesó y pudimos volver a la certeza de quesí importa quién habla, importa mucho. Entonces abrimos el sobre y supimos: el libro era de Báñez.Para ese entonces, octubre del año pasado, yo no lo había visto nunca, nunca había tratado con él.Y sin embargo la noticia de que había ganado el premio me procuró una satisfacción como la queprocuran las cosas más personales.
Jamás se me ocurrió preguntarme, sin dudas para evitar la frustración, si hice o no algúnaporte a la literatura argentina. Puesto a pensar, sin embargo, mencionaría haber reseñado lasprimeras narraciones de Juan José Becerra, de Gustavo Ferreyra, de Washington Cucurto, cuando no selos conocía o se los conocía apenas; o haber escrito sobre Mario Bellatin, que no es argentino perosobre la literatura argentina incide, cuando aquí estaba todavía inédito. Pero no fue hasta lamañana en que me enteré de que Gabriel Báñez se había muerto que se me cruzó por vez primera unaidea así por la cabeza: que con ese tercio de decisión que me tocó tomar a propósito de La cisurade Rolando, le había aportado algo a la literatura argentina.
Así fue que lo conocí, por tres días en Puerto Madryn. Nuestros dos retraimientos congeniaronsin tocarse. Me acuerdo bien de lo que dijo cuando subió al estrado a recibir el premio y le tocóhablar. En su definición terrible de la facilidad para el fracaso o en su descripción implacable delo que es una vocación de escritor desapercibido era difícil escindir, o era imposible, la risaprevaleciente del trasfondo de amargura. Me acuerdo que pensé: “Un escritor de veras”.Para mí un escritor de veras es el que entiende hasta qué punto la literatura se relaciona siemprecon el fracaso y transcurre siempre en lo desapercibido, incluso, o sobre todo, cuando tiene“éxito” o cuando gana “notoriedad”.
La noticia de su muerte cayó en días muy dominados por otras noticias de otras muertes. Laindustria del espectáculo es tan prolífica en grandes genios que se da el lujo de perder a uno o ados por semana; en la literatura, en cambio, genios hay pocos, apenas tres o cuatro en un siglo,pero a cambio nos abocamos con fruición a detectar a los escritores que son buenos o que son muybuenos. La industria del espectáculo devora a sus muertos: los vuelve espectáculo. Monta sepelioscon venta y reventa de entradas, junta multitudes en estado de shock, reactiva el merchandisingcorrespondiente, cultiva el morbo y de inmediato lo vende. Multiplica hasta tal punto la presenciade sus muertos en pantalla que termina por despertar el imaginario colectivo del fantasma o de laresurrección, porque los vuelve más presentes en la muerte que en la vida. Que incluso la muerte seconvierta en espectáculo es lo que en definitiva garantiza que el espectáculo no morirá. No es que“deba seguir”, es que de hecho sigue. A golpes de estridencia y de devociones nimias,sigue de hecho, aunque no deba.
Sorprende un poco que se piense a la literatura plegándola con tanta frecuencia a esa clasede lógica, y que por ende existan quienes aspiran a estrellatos y marquesinas entre libros y en lasletras. La noticia de la muerte de Gabriel Báñez me llega con el barullo de fondo de lasmuertes-espectáculo de los muertos del espectáculo. Y me envuelve en un murmullo, en la delicadadiscreción de un murmullo, que es para mí la cifra misma de la literatura.

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