Se formó en un país de odios, proscripciones, censuras, exilios y crímenes políticos.
Fue la voz emergente del Movimiento Nuevo Cancionero, creado en 1963 para “combatir”el paisajismo conservador del folclore chalchalero desde la sublimación de la problemáticasocial.
Maduró abrigada por las potentes entretelas culturales del Partido Comunista.
Lo tuvo todo (incluso éxito internacional, muy buen dinero y una viudez prematura que tardóañares en superar) como para encerrarse en los dogmas que apuntalaron su chapa de única desde laclandestinidad, resentirse y dedicar esa garganta descomunal a marcar la diferencia con el resto.Pudo calzarse los laureles. Ser una excéntrica prima donna.
Pero no.
Con inusual heterodoxia, Mercedes Sosa prefirió ser puente a ser muralla.
Bendijo los sintetizadores allí donde mandaba el bombo legüero. Le puso láser al imperio delvino tinto en damajuana. Charlies a la chacarera. Pavarottis al sapukai. Shakiras a Violeta Parra.Goyeneches a la purretada. Quilapayunes a Soledad. Ateos a la Misa Criolla.
Tal vez haya sido por puro miedo a caerse de esos pies diminutos. O a que el Carnegie Hall se lesubiera a la cabeza de Negra tucumana. Acaso haya sido la sobreprotección de su hijo Fabián. O elhaber entendido antes que nadie la natural pluralidad de los artistas brasileños. Hasta es muyprobable que no importe en absoluto por qué, pero Mercedes Sosa se convirtió, en los hechos y en lapiel mucho más que en los discursos y las definiciones doctrinarias, en una obsesiva promotora deuniones impensadas. Políticamente incorrectas. Revolucionarias, si se quiere.
Algunos precios pagó en su búsqueda de “pájaro libre de libre vuelo”. Muchos de susviejos camaradas jamás le perdonaron que se acercara al “reformista” de Raúl Alfonsíncuando volvió la democracia. Muchos alfonsinistas le reprocharon que apoyara al “frívolo y excolaboracionista” de Palito como gobernador de su provincia, cuando el autor de La felicidadenfrentó en las urnas al chacal Antonio Bussi. En 2003 respaldó la candidatura de jefe de Gobiernoporteño de Mauricio Macri, quien al final perdió contra el ex comunista Aníbal Ibarra. Seguramentehabrá quienes aún le cuestionan con vehemencia que se haya acercado tanto al matrimonio Kirchner enestos años. Pareciera ir llegando la hora (esta columna se terminó de escribir ayer a las cinco dela tarde) de dejar a un lado los circunstanciales apasionamientos y aprovechar las enseñanzas decada uno en lo que, sin lugar a dudas, sabe hacer.
Ya que no vamos a cantar nunca como la Negra argentina, por ahí estaría bueno bajar un cambio yponerse a pensar que en el otro no hay siempre un enemigo. Que lo diverso puede no sólo convivir enarmonía, sino también ser el trampolín hacia un éxito rutilante valorado por todo el mundo. Que lasmonocromías embrutecen y, encima, enojan. Que la Argentina negra, donde la crispación posterga todoel tiempo el diálogo, sólo fabrica polarizaciones falsas y pérdidas de tiempo. Hace mucho quevenimos fracasando como solistas, che.





