La Argentina ha vuelto a hiperteatralizarse. Ante la tragedia pública, el discurso políticohierve de signos de todos los colores: el gorilaje que festeja; la emoción desbordada de jóvenesque eligen llegar al kirchnerismo allí cuando su mentor se va; el pudor silencioso de quienes niqueremos festejar nada ni podemos adherir con envidiable ingenuidad a un modelo lleno decontradicciones.
Pero entre todos estos signos (que son tema del teatro) me interesa comentar uno solo: se llamael no-acting, la “no actuación”. Se puso muy de moda en el viejísimo nuevo teatro, esaespecie de moda nunca afirmada por nadie ni del todo que en los 90 cambió los modales teatrales.Allí, el teatro se popularizó y comenzó a hacerse en todas partes. Los actores descubrieron que nohabía necesidad de “actuar grande” para una fila 20 que no existía, y estos espaciosachicados hicieron de la intimidad su credo. Así cayeron las máscaras de la grandilocuencia, de lagestualidad. La buena dicción fue un enemigo del verosímil: el lenguaje oral está degradado y lasequis se pueden hacer como eses, los finales pueden no sonar, y en el no-acting nadie quiere que lodescubran actuando una emoción que tal vez no tenga.
Del discurso de Cristina se dirán muchas cosas. Yo, apenas un actor, debo elogiar su maneratécnica de ser no-técnica. De dejar fluir los lapsus (dijo “partidos” por“cuadros de fútbol” y no se regrabó), los pequeños furcios, la emoción quebradiza. Hagocomo que desconozco los propósitos agregados de esta escena, dejo a un lado la causa urgente deldefault de la deuda, y me digo: es una actriz formidable, capaz de encarnar tensión y de gobernardiestramente el tiempo que usa. Me gusta cómo actúa. Es la primera vez que recuerdo a un jefe deEstado –tras la temible musiquita de la cadena nacional– actuar como una persona y nocomo un muñeco Duracell. El cruce de la emoción legítima con el no-acting técnico (que el teatro leha donado a la política sin cobrarle un austral, por las dudas de que sea un invento mefistofélico)produce un gran efecto de verdad. Y, ojo, que actuar no es mentir. Es todo lo contrario.




