•Una fuerza extinguida?

La nueva UCR y la confianza en los partidos

En 2003 culminó un proceso que venía desarrollándose desde tiempo atrás y el sistema de partidos políticos argentino colapsó. Los máximos dirigentes de la UCR y del PJ llevaron a sus dos partidos a la virtual extinción.

La nueva UCR y la confianza en los partidos
24-08-2026 | 06:57

En 2003 culminó un proceso que venía desarrollándose desde tiempo atrás y el sistema de partidospolíticos argentino colapsó. Los máximos dirigentes de la UCR y del PJ llevaron a sus dos partidosa la virtual extinción.

Ya antes, el radicalismo había sufrido la pérdida de Elisa Carrió y Ricardo López Murphy, dosdirigentes que aunque expresaban ideas distintas gozaban ambos de crédito en la población; elpartido los había dejado partir, indiferente. La consecuencia fue que en la elección presidencialde 2003 ambos cosecharon en conjunto, desde afuera, más del 30 por ciento de los votos, mientras elcandidato oficial del partido –surgido de una interna poco transparente y fuertementecuestionada, en desmedro de Rodolfo Terragno– llegó al increíble umbral del 2 por ciento. Contodo, algo se había salvado del naufragio: el caudal electoral de gobernadores e intendentes quepudieron sostener exitosamente en las urnas sus propias gestiones locales. Poco tardaron éstostambién en alejarse del partido, que ponía en riesgo su capital político, y así conformaron lacorriente de “radicales K”, que terminó aliada del kirchnerismo. Parecía que elcertificado de defunción de la UCR ya había sido emitido en 2003, pero si algo le faltaba era lamigración de los “K”; ya no quedaba nada, excepto la sombra deambulante de RaúlAlfonsín y sus mariscales de la derrota.

En cuanto al justicialismo, en 2003 terminó de dilapidar sus credenciales democráticas bienganadas desde 1983. A los afiliados les fue negada la interna y el sello peronista concurrió a lasurnas con tres listas independientes. Desde entonces, no hubo más vida partidaria; prevaleció en elperonismo su componente genético federalista y el instinto de acompañar sin chistar a quien detentael poder, mientras los que no acompañan quedan afuera.

La política sin partidos exacerbó la propensión natural de la sociedad argentina a dejarseorientar por los personalismos. Dirigentes sin organización deben extremar sus capacidadesmediáticas y poner en valor sus personalidades individuales. Desprestigiados los partidos,desvalorizada la vida interna controlada por dirigentes que no respetan las reglas, la ciudadaníase alejó de la política representativa. Desde 2003 la Argentina carece de vida política orgánica yla ciudadanía milita a través de la protesta o de sus identificaciones simbólicas con dirigentestelevisivos.

Hasta que ahora, finalmente, la Unión Cívica Radical comienza a reconstituirse y a recuperar laorganización partidaria. Los “K” iniciaron el regreso a casa y tal vez eso ocurradespués con Carrió y López Murphy; sería bueno que sucediera, le daría un impulso importante a larepresentación orgánica de las demandas ciudadanas, mostrando que vida partidaria no es sinónimo deobsecuencia hacia un líder ni unanimidad en todo. El radicalismo está demostrando que no estabadisuelto ni enterrado, sino que convalecía de una enfermedad curable. La cura consiste en restauraruna casa cuya estructura estaba intacta, aunque necesita carpintería nueva, mucha pintura y unaadministración renovada. La reconstitución acabará siendo vigorosa si el partido se da reglasclaras, sus dirigentes las cumplen, la ciudadanía les cree y se recupera el nutriente fundamentalde un partido político, que son los afiliados. Todo eso puede pasar. Con un agregado interesante:la actual dirigencia radical es menos personalista que cualquiera de las que orientaron al partidodesde hace décadas; es orgánica e institucional.

En ese aspecto, la UCR es única en la Argentina de hoy, pero bien podría ocurrir que otros siganel mismo camino. Ahí hay un riesgo: si eso no ocurre, es posible que en 2011 el proceso electoralmuestre enfrentados de un lado a un partido organizado y sin personalismos descollantes y del otroa una miríada de dirigentes personalistas sin partido. Podría llegar a haber dos estilos de hacerpolítica: el orgánico y el personalista, el de la representación y el del mesianismo. Parte de laciudadanía podrá seguir sintiéndose desconcertada, especialmente si además –como esprobable– la elección se plantea en términos del “antipersonalismo K”: no comouna opción entre propuestas de políticas de gobierno sino en términos de “derrotar como seaal malo de la película”, que es por definición un personalista exacerbado.

Al tomar la delantera en el camino de la reorganización de los partidos, la UCR está ante undesafío mayúsculo: liderar también la reconstitución de la confianza de la ciudadanía en lospartidos políticos. Eso es, ni más ni menos, restablecer la confianza en la democraciarepresentativa.


*Rector de la Universidad Torcuato Di Tella.

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