•la mujer de reutemann, clave del portazo

La otra Mimicha de Lole

Verónica Ghío cobró valor político como también lo tiene –aunque por otras razones– la primera esposa del senador que desintegró al Peronismo Federal.

24-08-2026 | 19:38

Quizás por el escarnio de la otra “Banelco”, se mitigó el atentado de CarlosReutemann contra sus colegas/compañeros del Peronismo Federal o disidente. Al partir de ese núcleodejó una bomba desintegradora, alimentando el retiro de otros fragmentos previsibles (Felipe Solá,por ejemplo), hundiendo a Eduardo Duhalde y hasta privando al sector que él mismo construyó de supropia alternativa presidencial, a la que dice negarse como una adolescente que juraba no entregarsu virginidad en el asiento de atrás de un auto. Aunque guste explicar que su deserción nosignifica el salto al cristinismo explícito –episodio de dudoso buen gusto, ya que en elvelatorio recibió más de un silbido de esa franja partidaria–, ese abandono debe de habersido una de las pocas noticias placenteras que en las últimas horas recibió la Presidenta. Jugadaelemental a favor del oficialismo, casi una “borocotización” sin que mediara–como en Diputados– la suspicacia de una tarjeta de crédito. El posible pase de unacelebridad, de un rival eventual, y gratis. Ni en una liquidación de fin de temporada se esperatamaño regalo, el mejor tiempo de vuelta para él, tal vez, aunque no se sabe si quemó el motor.

Hay explicaciones de niveles diferentes. Una, a la que nadie aludió, recuerda el comunicado queel propio Reutemann insistió en difundir acompañando la asunción de Cristina a la Casa Rosada.Entonces, fatigó redacciones para explicar su apoyo irrestricto a la mandataria. Entoncescontestaba el teléfono, daba explicaciones, era educado. A los amigos, inclusive, hasta lesexplicaba su actitud basada en la confianza que ella le despertaba, en las funciones que habíancompartido en el Senado, en lo inteligente que la consideraba y en la capacidad de autonomía que leimaginaba del propio Néstor Kirchner (al que consideraba abusador e impiadoso en el uso de lacaja). Sobre éste, claro, no hacía referencias, no reprochaba el autoritarismo ni la falta detransparencia. Ese comunicado fue una amarga carga, según Cabrera Infante, cuando explotó elconflicto del campo y él se volvió terco contra un kirchnerismo no menos obtuso; pero, claro, desdeese bando nunca lo calificaron de gorila, aristócrata, terrateniente o explotador. Para él, Néstor,era “un amigo”.

Otra explicación, más sombría, incluye faldas y apetencias menos loables. Empezó en Santa Fe,cuando la pareja de Reutemann, Verónica Ghío –entusiasmada con ciertas expectativas públicas,tal vez seducida por tentaciones políticas de Francisco de Narváez– afirmó que el Lole nohabía refrendado ciertos documentos del PJ federal. Luego, en Buenos Aires, Reutemann explicó a suspartners (Duhalde, Rodríguez Saá, Romero, Puerta, Solá) que su mujer no había sido bieninterpretada y que él confirmaba su adhesión al grupo. Pero, declaraciones quizás apresuradas delmisionero Puerta, siempre más cerca de Mauricio Macri que de Reutemann, expusieron en público laimpericia política de la mujer de éste (cuya voluntad figurativa se mostró el día en que le dejó aDuhalde un papelito con el número telefónico para que conversaran más tranquilos de política).Consecuencia: reyerta en el hogar, dulce hogar, condimentos nuevos aportados por la diputada CeliaArena y, finalmente, el senador ingresa en boxes y anuncia su retiro de ese sector peronista.Entiende que corresponde darle tiempo a Cristina, mantener el duelo, no confrontar (al margen dedecir, casi inopinadamente, “ojo que ahora se cargó de votos”).

Al margen de versiones, si el oficialismo con crespón negro brindó con champán por elneutralismo reutemanista, en segundos masacró esa ventaja: la perdió con creces en Diputados, al noprosperar el proyecto oficial de desfiguración presupuestaria. Se empeñó el Gobierno en arrancarvoluntades por determinación presidencial, alterando viejos y fracasados procedimientos deldesaparecido Néstor. Por sus características omnívoras, al revés que gobiernos anteriores, nuncautilizó profesionales de la mediación; él mismo se ocupaba de las captaciones (a lo sumo derivabaen algún bisoño parte de la gestión), conquistó territorios hasta su última Cancha Rayada cuando leimpusieron el 82% de los jubilados y obligó a que su esposa vetara la decisión. Para no repetir esafrustración, esta vez cambiaron de método para tratar el Presupuesto y forzar su aprobación: conese objetivo aparecieron personajes propios y ajenos, funcionarios y aliados, espontáneos de todalaya, un ejército, en suma, para la desembozada tarea de ofertar prebendas, convencer, canjear orepartir obsequios a cuanto legislador opositor navegara por la Cámara. De milagro no brotó algúncomedido que hasta pensara en arropar a la Juana de Arco del recinto, Elisa Carrió. Por cumplir conun dictado, congraciarse con la dama, sin política ni gestores idóneos, esa masividad de emisariosexpuso al Gobierno a un escándalo más mediático, seguramente, que de consecuencia judicial. En laoperación quedaron, además, fragmentos –como en el caso de la salida de Reutemann– encasi todo el frente opositor: peronistas, radicales, macristas, progresistas. Sólo unos pocoslegisladores quedaron libres de sospecha, ya que unos cuantos cedieron a la provocacióncrematística de tener un aguinaldo anticipado (a pesar de que Mauricio Macri anda con las manoschamuscadas, luego de decir que las ponía en el fuego por su gente).

Más lamentable es el tropiezo para el Gobierno porque arrastra una historia de contradicciónindeleble. A partir de que, en tiempos de Fernando de la Rúa, el vicepresidente Carlos Alvarez seenvolviera en un anónimo –redactado por un peronista al que odia, curiosamente el mismo que,a su vez, desprecia graciosamente a Chacho– para renunciar y desestabilizar a su propiogobierno con el caso de la Banelco, fue el kirchnerismo más puro de la primera época el queresucitó el episodio para mejorar y vender la calidad de su propia pureza política. El “Nuncamás” legislativo con sello de la Jefatura de Gabinete. Y, en la ocasión, enlodó gente yaenlodada, estimuló arrepentidos, prodigó espacios publicitarios y periodísticos, hizo el relato deuna historia pasada hasta permitirse extraer de la nómina vergonzante a quienes le resultabanafines, un par de gobernadores, cierto embajador, algún amigo apartado. Una notable muestra deduplicidad moral en la que pocos quisieron reparar. De ese antecedente, de esa ética pregonada,acaban en la subasta pública de esta última semana en la Cámara de Diputados.

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