La pobreza en Argentina es un escándalo, dijo el papa Benedicto XVI. El ex presidente Kirchnerlo reconoció y hasta habló de una pobreza siete puntos por encima de la que contabiliza su INDEC.Agregó que la culpa era de los “sectores concentrados”. Su Estado querido todo lopuede, pero cuando algo falla hay que reclamarle al sector privado. La Sociedad Rural preguntó através de supresidente qué había hecho ese Estado con los 30 mil millones de dólares que el campohabía “aportado” (léase “les habían quitado”) en los últimos años enconcepto de retenciones. Le contestó el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, reprochándole haberhablado poco la entidad de la pobreza en su historia. Pero él que es del grupo de los que hablaronmucho, ¿qué hizo?
Si la pobreza se solucionara con manifestaciones de preocupación la Argentina sería un vergel. Ysi por cada uno que se mira en el espejo de su narcisismo para proclamarse más bueno que el de allado por lo “pro-pobre” que es se produjera un peso, nadaríamos en la abundancia.
En algo se parecen su santidad, los kirchneristas y la Sociedad Rural. Todos creen que lapobreza es consecuencia de falta de generosidad o de su reemplazo trucho, el “reparto deriqueza”. Generosidad se ve poca, pero reparto en el presupuesto nacional hay una enormidad.Lo que no ocurre es que con eso la pobreza desaparezca, más bien lo contrario. Todo el mundo sabeque si el Gobierno subsidia una actividad la fomenta. Si subsidia de modo masivo la pobreza, ¿quése consigue? Lo que al presidente de la Sociedad Rural se le escapó es que el combate a la pobrezano va a venir del lado de los US$ 30 mil millones entregados al Estado, sino de aquello que elsector productivo pueda conservar. Esa plata es la que se aplica a compras, sueldos,capitalización, alimentación, ahorro, en función de algo que deja una utilidad, es decir, seautosustenta. El Estado, aunque el gasto de ese dinero lo decida algún sabio santo, lo aplica aretribuir improductividad. El Estado genera pobreza cuando reemplaza el método de reparto deriqueza productivo (pagos) por la imposición fiscal improductiva, y empeora la cosa cuando hace dela dádiva una forma de vivir de una parte importante de la población.
Para preguntarse qué pasó no importa tanto adónde fueron a parar los 30 mil millones del camposino lo que les pasó. La Argentina, educada y todo, en gran parte de modo gratuito, tiene unafascinación por la explicación resentida de la realidad. Por eso, sí que tiene razón el Papa encuanto a la inmoralidad de nuestra pobreza permanente. El resentimiento ahuyenta la riqueza, sobretodo cuando se traduce en medidas de gobierno. Ahuyentar la riqueza es generar pobreza, pero acáhay más interés en destruirla que en salir del circuito empobrecedor. La gran noticia es que lasolución de la pobreza no necesita una pizca de generosidad. Un albañil que consigue radicarse enNueva York pronto logrará un nivel de vida de clase media, y no porque los norteamericanos sean másgenerosos que los argentinos sino por algo que todos en el fondo sabemos: que la única forma quetenemos de sacar la cabeza del agua es descubrir la forma eficiente de satisfacer deseos ajenos, deesos que llevarán al otro a sacar su dinero del bolsillo para entregárnoslo de manera voluntaria.Millones de personas emigran hacia ese “egoísmo” con derechos desde el altruismoestatista de nuestros países pobres. Ochocientos mil argentinos se fueron en los últimos años trasel sueño de ambiciones libres de culpas a países que ni les reconocen derecho a la residencia. Losabuelos o bisabuelos de todos los argentinos llegaron acá buscando lo mismo cuando el país noregalaba nada.
Lo difícil de dejar para nosotros no es la ilusión del reparto. Tampoco el costo político dehacerlo, porque el beneficio de bajar impuestos se ve de inmediato en las actividades marginales.Lo difícil es abandonar el personaje de todo aquel que se mira al espejo todas las mañanas y seregocija con lo buen progre que es aunque todo siga igual.
*Periodista y abogado; máster en Economía y Ciencias Políticas.






