Hubo un tiempo en que se creía que en los nombres iba implícito un mandato paterno, por qué nomaterno. Aún hoy, hay quienes lo siguen sosteniendo, desconozco con cuánto grado de rigurosidadcientífica.
El nombre Máximo, por ejemplo, proviene de la vieja Roma y es el superlativo, es decir, laexageración, de Magno, por lo cual significa “el más grande” o, para más datos, también“el más fuerte, el más poderoso y el más noble”. Vaya designio, ¿verdad?
El sentido de Ricardo no sería menos comprometedor, si bien, acaso por su origen germánico yno latino, resulta más sobrio, más austero. Quiere decir “jefe, caudillo, líder”, así,sin adjetivaciones grandilocuentes, pero con una carga tácita de similar contundencia.
Tienen la palabra un Máximo y un Ricardo famosos:
—Para triunfar en la lucha por la vida, el hombre ha de tener una gran inteligencia oun corazón de piedra. (Máximo Gorki, escritor comunista ruso).
—Las cosas pierden al ser poseídas todo el valor que tuvieron al ser deseadas: el deseoes un artista engañador y mentiroso. (Ricardo I de Inglaterra, más conocido por su apodo Corazón deLeón).
Entre astutas ostentaciones de inteligencia, corazones rocosos, pero al cabo humanos, deseosdesmedidos y artísticos engaños, nuestra todavía torpe y siempre pasional democracia perdió enescasos seiscientos días a dos caudillos tan emblemáticos como sintomáticos.
Tanto aquella vejez a cajón abierto de Raúl Ricardo Alfonsín como esta relativa juventud aféretro cerrado de Néstor Carlos Kirchner dejaron volando mensajes simbólicos que a la sociedadargentina le llevará años decodificar, pero también importantes cargas sobre los hombros de doshijos varones públicamente paridos (o resignificados) en tan conmovedores y masivos velatorios. Lasúltimas novedades de la política nacional se llaman Ricardo Alfonsín y Máximo Kirchner, y surgieroncon desigual pero comparable potencia de circunstancias análogas por lo tristes y por lohistóricas.
La abrupta irrupción de “Ricardito” (diminutivo que hasta hoy lo agranda más de loque lo disminuye) configuró cierta resurrección de la decrépita UCR, equilibrando el tablero queJulio César Cleto Cobos había pateado en beneficio de su propio milagro. En la mesura de su tonocampechano que a veces condimenta bien y otras no tanto con impostaciones de indudable cuñopaterno, “Ricardito” predica institucionalidades, convivencias y conductas republicanasen lo que considera un desierto de desmesuras. Algunos esperan ansiosos el momento en que al hijomás parecido al hijo más célebre de Chascomús “se le caiga la máscara de papá” yaparezca en su más plena y tibia dimensión el verdadero.
Máximo K representa otra cosa: la supervivencia de un esquema de poder dramáticamentemutilado, apelando a un “nuevo sujeto” anclado en “esa juventudmaravillosa” que lloró, cantó y juró “profundizar el modelo” mientras seencolumnaba rumbo al Salón de los Patriotas. Algunos afirman insidiosos que Máximo Kirchner quieredecir Kirchner al máximo, al taco, al mango; o sea, más de lo mismo cuando ya nada es igual.
Ambos son construcciones mediáticas. Uno, presidenciable con horas de vuelo ya sumadas desde lastribunas. El otro, sostén y consejero materno-presidencial por ahora tras bambalinas. Lo que estápor verse es si serán inventos “de” los medios o “en” los medios, dado quetal es el virtual territorio cotidiano de las disputas políticas.
Ricardo y “Maxi” le ponen caras nuevas y a la vez reconocibles a proyectos degobernabilidades complejas. Por historias y por experiencias, cuesta imaginarlos (a cada uno en sunivel de responsabilidad futura), disciplinando caciques sindicales, punteros barriales ocorporaciones ambiciosas. Mística no pareciera faltarles. Tampoco apego a los mandatos sanguíneos.
—Lo que hacemos en vida tiene su eco en la eternidad –le dice al César otroMáximo, el gladiador, en la película de Ridley Scott.
—Y es que, aquí, lo que se ama nunca muere –canta otro Ricardo, Arjona, melódicoclonador de ADN.
En eso andamos. Transitando las primeras curvas de la repentina era de los clones. Renovándonos(o no, pero mejor seamos optimistas) en una sinuosa continuidad hereditaria. Reinventándonos en laforzada repetición de lo irrepetible. Convenciéndonos de que lo venidero será mejor doblándole laapuesta a lo que ya pasó y dejó sus marcas. Necrológicos portadores del luto como bandera devictoria. Porque todos unidos triunfaremos, adelante, adelante sin cesar. En el nombre del padre. Ydel hijo. Tangueros. Argentinos, en última instancia.







