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La televisión y yo

La televisión y yo
24-08-2026 | 18:23

No nos llevamos bien la televisión y yo. Podría decir que no nos llevamos, como que miro muypoca TV (le prometo para un día de estos un artículo sobre mirar/ver y escuchar/oír). Pero de vezen cuando, buscando una vieja película inglesa o una policial clase B, C o D, de esas en las quelos malos son malísimos y los buenos son buenísimos y al final el muchacho se queda con la chica(de esto también le voy a hablar algún día), no tengo más remedio que ver algunas publicidades ytermino haciéndome preguntas. Por ejemplo: ¿qué fue de las publicidades imaginativas e inteligentesde hace algunos años, como la del chico que arruinaba la bicicleta del otro?; ¿qué pasa con lasbuenas de ahora, la de la familia Tosi, estupenda, o la del chico que sueña con palacios, autos yviaje, y que han desaparecido al poco tiempo o se han convertido en una especie de“resumen”?; ¿cómo se permiten avisos de medicamentos evidentemente truchos que leshacen adelgazar a las gorditas y los gorditos diez kilos en una semana?; ¿y los de los aparatoseléctricos o electrónicos que hacen que los músculos se contraigan y se endurezcan y queden comolos de un deportista de veinte años con sólo usarlos tres minutos por día?; ¿y los de shampúes ycremas de belleza que son absolutamente mentirosos y para comprobarlo no hay más que charlar cincominutos con el dermatólogo? Digo: ¿no hay un organismo de control para esas cosas poco y nadafiables y en muchos casos contraproducentes? Bueno, no, supongo que no. Y conste que no estoyhablando de la calidad “artística” de ciertos programas (de esto no le voy a hablarporque la indignación me hace decir cosas que según mis tías una señora bien educada no debedecir), sino de avisos publicitarios que no debería ver nadie, que no deberían existir, vamos.

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