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Las dos facetas de la Presidenta

Las dos facetas de la Presidenta
24-08-2026 | 17:04

El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner comete errores no forzados por los que pagaprecios altos, y parece no tomar nota de ello. Se diría que el Gobierno necesita reforzarcontinuamente su propia identidad definiendo adversarios en un terreno que no es el electoral ynecesita dar batallas en las que poder medir su fortaleza, aunque eso le cueste votos –yaunque las batallas estén mal preparadas. Obrando de esa manera, la Presidenta eclipsa otros rasgosde su estilo personal que parecen más redituables.

En el momento de asumir la presidencia, la Presidenta gozaba de una imagen pública envidiable–por cierto, superior a la que acompañó a Néstor Kirchner hacia el final de su gestión. Enlos primeros meses que siguieron a su asunción nada ocurrió en el entorno nacional o internacionalpara producirle un pronunciado desgaste; éste se produjo por causa de los errores no forzados delGobierno. Es cierto que ese rasgo también caracterizó a Néstor Kirchner en su presidencia. Sólo quesus niveles de aprobación pública eran tan altos que los impactos negativos se absorbíanfácilmente. En cambio, a Cristina la afectaron mucho más.

El episodio “Papel Prensa-Fibertel” muestra una estructura similar, tanto en lalógica que lleva al Gobierno a cometer lo que termina apareciendo como un error como en el efectoque produce sobre su capital político. Hay dos planos en los que estas cosas pueden ser analizadas.Uno es el de la justificación de lo que hace; su propósito se plantea como una lucha casi épicapara lograr una redistribución de poder. Muchos argentinos, de muy diversos sectores de la sociedad–inclusive muchos de quienes votaron a la Presidenta–, discuten lo acertado de laspolíticas del Gobierno en esa dirección; o bien, más simplemente, no creen en esa épica, ven todoesto como una común puja de poder revestida de palabras altisonantes. En ese plano, el Gobierno semuestra obstinado y no sintoniza con la sociedad. Define su propia misión en términos de gestanacional, justificada en fines tan superiores que ni siquiera importa cuánto consenso socialobtiene, y arremete casi ciegamente en pos de su propósito.

El otro plano es el estrictamente político. La Presidenta asumió con un capital de confianza quemerecía ser cuidado y lo malgastó en conflictos que no condujeron a ninguna parte. Después lorecuperó en alguna medida. Y ahora hace exactamente lo mismo y, del mismo modo, malgasta el capitalque estaba volviendo a acumular. Aun si se acepta la lógica del Gobierno en el primero de estosplanos –algo así como aceptar que hay objetivos de Estado tan fundamentales que no necesitanser sometidos a la aprobación de la sociedad–, continúa siendo inexplicable la búsqueda deesos objetivos a través de caminos tan ostensiblemente improductivos.
Pero la Presidenta exhibe a veces otra personalidad. Oscila entre ese enfoque absolutista yautodestructivo y otro enfoque más proclive a la construcción de un capital de confianza.

Antes del período de los errores no forzados que tiñó sus primeros meses en el gobierno, laPresidenta había transmitido la imagen de una candidata que buscaba el diálogo y valoraba elconsenso. De hecho, eso le proporcionó votos, los suficientes para alcanzar en 2007 el 45 porciento, que estaba lejos de los pronósticos un par de meses antes de la votación. En el actualperíodo de recuperación de la confianza pública, en los últimos seis meses, la Presidenta exhibióde nuevo su faceta “consensualista”. El exponente máximo de ésta fue la conmemoracióndel Bicentenario, una oportunidad que una gran parte de la sociedad encontró propicia para lacelebración sin enfrentamientos y la exteriorización de sentimientos patrios sin confrontaciones.En esa línea, cuando aflora su yo amigable e inclusivo, la Presidenta cosecha réditos. Peroentonces irrumpe su otro yo, el que parece rebelarse para no ceder terreno y proclama unadeclaración de guerra mal preparada, inoportuna y posiblemente innecesaria para sus propiosobjetivos.

En este caso, se oponen dos lógicas: la de las instituciones que aseguran el gobierno para todosy la de la cruzada en pos de objetivos “supremos”. Son dos enfoques para la acumulacióny la conservación del poder. En el enfoque confrontativo, ni siquiera el discurso que la Presidentaelige le permite sintonizar con sus votantes: éstos no responden a motivos ideológicos cuandorespaldan al Gobierno y los alegatos contra las “corporaciones” no les dicen nada. Eseenfoque define luchas en las que el Gobierno está solo.

¿Influirá todo esto en el resultado de las elecciones presidenciales de 2011? A menudo, loserrores de los gobiernos se pagan en moneda electoral, en votos. Pero eso supone que hay unaalternativa electoral bien instalada. En la Argentina de estos tiempos, desde 2007 hasta ahora, seestá viendo que cuando el Gobierno pierde apoyos ningún opositor los recoge. Las eleccionespresidenciales están todavía lejos y ningún pronóstico formulado hoy tiene fundamentos serios.

*Rector de la Universidad Torcuato Di Tella.

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