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Las raras bienvenidas

Soy Huésped Ilustre de la ciudad de Quito. Tengo un certificado enorme, azul, que no entra en la valija. Estoy en mi hotel, mareado de puna, y me tiran bajo la puerta una notita estándar.

23-08-2026 | 23:05

Soy Huésped Ilustre de la ciudad de Quito. Tengo un certificado enorme, azul, que no entra en lavalija. Estoy en mi hotel, mareado de puna, y me tiran bajo la puerta una notita estándar. Pareceque el Concejo Deliberante de la ciudad de Quito ha decidido nombrar huéspedes ilustres a todos losoradores extranjeros de la Feria del Libro. No pregunto el porqué y voy a cumplir obediente con elacto de entrega. Me acompañan algunos colegas, tan incrédulos como yo: Luisa Valenzuela, NaiefYehya, Ibsen Martínez, somos unos treinta escritores de diversas latitudes. El Concejo discute unacuestión legal de informes y presupuestos. Escuchamos cívicamente las últimas disertaciones. Dan lapalabra al ministro de Cultura y a uno por uno nos condecoran. Algunos no llegaron, es temprano yduermen en el hotel a 2.800 metros de altura. Se los aplaude igual: Juan Forn, Pedro Mairal (quellegó tras dos días de viaje, reseñados en el PERFIL de la semana pasada), Niall Binns, DeniseDespeyroux, Isol.

Vuelvo anonadado por la exageración. Fui a dar dos charlas, a improvisar elucubracionesdeshilachadas, y volví nombrado Huésped Ilustre, aprovechando una suerte de comunión masiva dondepor la fe devota de algunos pocos, recibimos la hostia otros tantos. No me quejo. Es bueno serbienvenido. Y no maltratado por ciudades hostiles o por funcionarios que ni saben tu nombre. Elhonor será simbólico y todo lo que quieran, pero un poco funciona. Abre la esperanza de que lapróxima vez –si la hay–, yo afinaré mucho más mis lápices para hacer la tarea conesmero. Porque una vez que uno tiene el premio, que se ha ganado ilegítimamente una confianzaequis, es natural tratar de ganarla luego por las buenas.

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