Lecturas en la rambla

Me gustan las películas que eligen filmar en escenarios anodinos, sin historia, sin ningún mito detrás. Recuerdo una escena perfecta de un film comercial y menor, como The Royal Tenenbaums, de Wes Anderson.

Lecturas en la rambla
24-08-2026 | 13:06

Me gustan las películas que eligen filmar en escenarios anodinos, sin historia, sin ningún mitodetrás. Recuerdo una escena perfecta de un film comercial y menor, como The Royal Tenenbaums, deWes Anderson. Transcurre en un puente por sobre una autopista. El puente no es bello, pero tampocosórdido, sino que es intrascendente, insípido, desabrido, como si esa escena jugara con una NuevaYork diferente (diferente a la del resto de la película, tan llena de falso glamour), una NuevaYork que opera por sustracción (no es ni atractiva ni aburrida) y que genera lo que casi nuncagenera esa ciudad: indiferencia.

Pero también están los lugares que tuvieron un mito detrás, una leyenda, y que de a poco fueroncayendo en el olvido. Coney Island, es uno de ellos. Pequeña zona playera en el sudeste deBrooklyn, última estación de varias líneas de subte (N, Q, D, F), famosa por su parque dediversiones (que ya no funciona). Pero en el año 1938, Weegge –el más grande fotógrafo desociedad y policiales norteamericano– sacó una foto de la playa repleta de gente: kilómetrosde cuerpos apiñados y de fondo, la célebre “vuelta al mundo” del parque de diversiones.Eran años de inmigrantes que tomaban el subte rumbo a la playa (la playa barata: a Long Island sólollegaban los ricos) para pasar un sábado al sol (ahora en Coney Island al sol, sólo se ven viejosde los muchos asilos de los alrededores: especie de Miami decadente y sin shoppings, poblada deancianos del Social Security). Y luego, claro, pasó la inmigración judía (antes de convertirse,como es hoy, en un barrio ruso: Little Odessa). Mi abuela Clara y mi abuelo Abraham vivían en el3166 Coney Island Avenue. Yo solía ir a visitarlos y caminar por la rambla desde Brighton Beachhasta el parque de diversiones. Hacíamos una parada en Berta Store para comprar comida rápida parael almuerzo y mientras tanto Clara no paraba de contar chistes: hablaba en serio. Sólo que, parauna judía de Coney Island, lo serio se vuelve delirante. No se podía tomar en serio su seriedad. Elhumor judío neoyorkino ameritaría un libro, una historia, si es que no existe ya. Groucho Marx nopodía haber nacido en otra ciudad más que en Nueva York, Jerry Seinfeld obviamente nació enBrooklyn, y mi abuela Clara murió allí, ¿dónde más? Cynthia Ozick también nació en Nueva York, sóloque su humor es quizás más intelectual, más nostálgico, más melancólico. Sus novelas y cuentospueden leerse como el arribo de lo judío a un nuevo mundo post-Auschwitz: lo judío (y el humorjudío) en la transición que va de Europa a Estados Unidos, la llegada de los refugiados a NuevaYork (descripto con una maestría inigualable en Levitación), y el surgimiento de un tipo de humorradical que va perdiendo todo carácter de fábula moral. Lo judío neoyorkino de Ozick no es deudorde ningún humanismo a la europea, al estilo de George Steiner: Ozick ya no concibe a lo judío comoamigo de lo universal, sino al contrario, como una singularidad, una rareza, una minoría, unalengua menor. Y desde esa periferia, es capaz de escribir el mundo en su dimensión deforme, rara,paradójica.

Pensaba en todo esto, mientras, hace un rato, sentando en un banco de la rambla de madera deConey Island, leía Art & Ardor, compilación de ensayos de Cynthia Ozick que horas antes habíacomprado en Strand (Strand Price USS 9). Es una edición de tapa dura publicada por Knopf en 1983,en el que Ozick vuelve sobre sus temas: Henry James, Isaac Bashevis Singer, Bruno Schulz. Perotambién hay un artículo de 1970 (Toward a New Yiddish) donde discute explícitamente con Steiner.“No se puede ser judío y conservador”, escribe en algún pasaje, sobre el que sigopensando, mientras espero el subte que lleva a Manhattan, la ciudad de los otros.

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