•mucha gente, pocas ideas

Ley de Medios: el reflujo K gana la calle otra vez

El escritor Rodolfo Fogwill marchó el jueves junto con las 25 mil personas que fueron del Congreso a Tribunales para presionar a los jueces para que apliquen inmediatamente la nueva norma sobre la radio y la TV. El 30% de los asistentes fue movilizado en cientos de ómnibus estacionados en quince cuadras a la redonda y, en su mayoría, abandonó rápidamente la concentración. El 70% fue por sus propios medios: son los “hijos del reflujo” kirchnerista, que salieron a manifestarse animados por la mejoría en las encuestas de Cristina y Néstor. Duras consignas contra Clarín y sus periodistas.

Ley de Medios: el reflujo K gana la calle otra vez
24-08-2026 | 11:33

Historias viejas. ¿Qué estaba haciendo allí? Veía pasar los grupos de unos cincuenta adoscientos manifestantes y todo me recordaba al abril de 1982 y a las primeras manifestaciones deapoyo a Galtieri y su aventura de Malvinas. Recordé la noche en que, desde la ventana de un bar dela misma calle Corrientes, vi pasar decenas de millares de personas –de otra clase,predominantemente clase media– y entre ellas descubrí a tres amigos y conocidos y a trescontertulios de mi mesa de La Paz. Entre los conocidos –marco sus iniciales- estaba F. conuna escarapela y junto a una mujer fea que debía ser su esposa. Estaba el gordo O., que marchabasolo y como zombie, sacudiendo una pequeña bandera argentina de papel o de plástico, y estaba D., que se movía en un grupo de saltarines jóvenes.
F. era un simpático oficial de la Federal que nos vendía cocaína y que, años después, cuandoapareció en una lista de integrantes de la Triple A comprometido en el asesinato de Ortega Peña,nos explicó por qué conservaba su cargo y su prestigio en la fuerza a pesar de ser un drogón mászarpado e incontrolable que nosotros, sus clientes, que no éramos gente de fiar.
El gordo O. había sido el director de una financiera de los tiempos de Martínez de Hoz que sefugó con su secretaria y toda la plata de sus ahorristas y ahora reaparecía sin temor a cruzarsecon un damnificado.
D. había estado dos meses secuestrado y muy castigado en el cuartel Patricios y después pasólargo tiempo preso en Devoto y en Caseros. Ex periférico del ERP 22, ahora simpatizaba con el MASde Zamora y Nahuel Moreno.
A semejanza del cana F. y a diferencia de O., mis tres contertulios participantes de lamarcha lucían enormes escarapelas patrias. Eran Marcelo Moreno, ahora columnista estrella de Claríny por entonces secretario de Cultura del pasquín masserista Convicción; Alejandro Horowicz, hoy undistinguido académico de economía, por entonces era coordinador de la página económica de Clarín,supervisado políticamente por Rogelio Frigerio y tolerado pese a su carrera de militante de laizquierda revolucionaria, a menudo puso su vida en peligro, y la Feigele –pajarito eniddish–, periodista brillante que por entonces dirigía una revista de cocina, vinos yfrivolidades fundada por Brascó, y una mujer progresista reconocida por esa inteligencia quesiempre la preservó de caer en el feminismo.
No olvido la pasión con que, días después, el joven Horowitz nos explicaba en la mesa de LaPaz las razones de su compromiso con la gesta de Malvinas y su certeza en el inexorable triunfo denuestras tropas. ¡Y todo eso fundamentado en el cuadro de situación internacional de la lucha declases y el escenario de la crisis del imperialismo!

La marcha del jueves. Debió haber 25.000 personas. Mi cuenta surge de dos modelos.
El modelo más fiable es el del cómputo de los pequeños bloques que compusieron la columna quemarchó de Congreso a Tribunales. Había bloques de veinte o treinta manifestantes, otros dedoscientos, unos pocos de una docena, y cuatro o cinco de trecientos o poco más. El cálculoestadístico de la mediana me indicó un promedio de setenta y cinco miembros por bloque que bienpudieron ser de cincuenta o cien personas. El recorrido de la larga fila me dio no menos de 300agrupamientos. La estimación de curiosos participantes –gente aislada, la mayoría apartada encordones y veredas– era no menor a un quinto del conjunto. Calculé 18.000 distribuidos engrumos o bloques y otros siete mil repartidos en grupitos de cordones y veredas.
Otro modelo midió la compacidad de las filas de manifestantes en la avenida Callao –máscompactas– y en Corrientes y sus dos paralelas, más laxas. En la parte compacta severificaban 40 personas cada dos metros (unas veinte por metro) lo que me dio dos mil personas porcuadra en la zona compacta de cinco cuadras y mil para la zona laxa de ocho cuadras. La suma de lacolumna central se acerca a los 18.000 manifestantes ordenados, a los que hay que agregar unoscinco o diez mil que accedieron con sus bloques por calles laterales y unos dos mil que fuerondirectamente a Tribunales sin pasar por el Congreso.
Los dos cálculos coinciden entre un mínimo de 16.000 y un máximo de 34.000. Son cifras másconsistentes que este texto redactado a los apurones previos al cierre de la edición. Digamos, porahora, que hubo 25.000, lo que es mucho para una ciudad absolutamente despolitizada.

Grumos, brumas y motores. Esta crónica la paga generosamente PERFIL. Si la pagase Clarín,apostaría a que no hubo más de 12.000 personas. Si la pagase el Estado, o –lo que es casi lomismo, el reducido núcleo que rodea a Kirchner y su Frente para la Victoria–, estimaría entrecuarenta y cincuenta mil personas. Pero los números carecen de importancia. Aquí lo que vale es elpoder medido no por la cantidad, sino por las propiedades del conjunto que la mide.
Agrumados: las verdaderas movilizaciones políticas se caracterizan por integrar en la masa apersonas indiferenciadas, unidas sólo por una consigna común, sin distinciones de ningún tipo. Losgrumos de esta manifestación, en su mayoría –estimo yo que fueron no menos de 150 bloques depersonas–, respondían a cortes ecológicos: zonas de la división en partidos y barrios delconglomerado de Capital y Gran Buenos Aires, y secundariamente, dentro de esos barrios y partidossuburbanos de zonas de influencia de movimientos políticos y de punteros. En no menos de la quintaparte de los carteles de cierta magnitud figuraba alguna firma: la de un puntero político, la de unconcejal o un intendente o la de un mayorista distribuidor de planes sociales. Poquísimos de estosgrumos obedecían a líneas políticas identificables por propuestas diferenciales pese a susubordinación al orden de la transversalidad: CTA, Juventud Sindical Peronista, Partido Comunista,los trotskistas o ex trotskistas del MST y alguna otra apenas más trascendente que un sello degoma.
Abrumados: los primeros grupos en partir de Congreso hacia Tribunales, y los primeros enabandonar la concentración, aun antes del cierre del acto y de los discursos que ni se oían,parecían abrumados por el cumplimiento de un deber cívico que no les interesaba. Serían los míticosmanifestantes por el choripán, pero no había choripán y no venían para eso sino por lealtad a quienlos hubiera convocado. Predominaban entre ellos familias, –muchas con bebés– y parejasy tríos de mujeres mayores de sesenta años. Todos contaban con sus medios de transporte en losdoscientos o trecientos ómnibus que confluyeron a la zona y se distribuyeron en un radio de quincemanzanas alrededor del centro. En esos grumos abrumados no se registraban cánticos, consignas niseñal alguna de entusiasmo. Sus pancartas y carteles eran sostenidos por hombres o mujeres jóvenesque lo hacían como posando para una foto de Clarín, mostrando eso que César Aira llamaría unabnegado fastidio.
Motorizados: un mínimo de 100 y un máximo de 300 ómnibus rodeaban la zona. No eran la clasede micros precarios que andan por los barrios o se usan para transporte escolar o de hinchadas defútbol: más de la mitad de los que pude ver de cerca eran unidades con aire acondicionado,cubiertas nuevas y pintura intacta. En Congreso conté dieciséis coches cama de dos pisos. SobreCarlos Pellegrini se enfilaban cinco iguales, aunque más lujosos. Casi todos ellos, de líneas detransporte, como Chevalier, y otros pertenecientes a agencias de turismo radicadas, según susinscripciones, en partidos del interior de la provincia de Buenos Aires. Vi uno de Puerto Deseadoy, al comenzar el acto central en el que faltó un buen sistema de sonido, pensé que unos cincuentahabrían viajado durante doce horas para nada. O solamente para hacer bulto. Esos abultadores sonparte de nuestra realidad. Llenan las listas de escritores, de premios municipales y pensionesgraciables o de guerra, y engordan las listas de “abajo firmantes” de las solicitadas.Allí eran a lo sumo la tercera parte de la concurrencia. Son gente que, tal como hoy apenasabultan, mañana, en otras condiciones, pueden aprender a manifestarse y darles una sorpresa a losque durante tanto tiempo los usaron sólo para sumar.
Bultos. Si un tercio o, en el peor los casos, la mitad de la concurrencia se limitó aabultar, el resto –yo apostaría a que siete de cada diez manifestantes– participóemocionalmente de la marcha y la concentración. ¿Quién es esta gente que no se vio, por ejemplo, enlas movilizaciones antisojeras? Decidí llamarlos “los hijos del reflujo”. Sonkirchneristas de siempre que finalmente salen a la luz a causa de esos pocos puntos de recuperaciónde imagen que consiguió el Gobierno y por los muchos puntos que semana a semana y papelón traspapelón va perdiendo la oposición. La oposición: una entidad que, como esta masa de abultadores deidentidad precaria, es producto de la conducción de Néstor Kirchner.

Patético, yo. A medianoche leí por Internet un comunicado que anunciaba que habíanparticipado trescientas organizaciones. Patético, yo, me alegraba de la coincidencia entre la cifray mi cálculo de grumos o bloques de público. Patético también el movimiento transversal K, queparece enorgullecerse de su colección de sellos de goma de los cuales el noventa por ciento norepresenta más que a pequeños círculos creados ad hoc y que en la marcha estuvieron representadospor diez, veinte o treinta activistas. Debió haber representantes de la famosa Carta Abierta, perono llegué a verlos en la columna ni entre los oradores, en los que figuró como artista invitada lafilósofa y excelente folclorista Liliana Herrero, esposa del director de la Biblioteca Nacional. Afalta de Carta Abierta, a última hora ingresó a la plaza Lavalle un ómnibus destartalado y decoradocon chatarra, con carteles que lo identificaban como perteneciente a Carta Popular y cargaba en eltecho un par de actores o mimos representando algo que a nadie le llamó la atención. Patético elbloque de unos veinte manifestantes que sostenían un cartel que los identificaba como “Autoconvocados de Facebook”. Patéticos los dos militantes que sostenían una pancartade color naranja del Partido Humanista. Eran hombres grandes: tal vez los únicos que quedandel grupo fundado por el inolvidable Silo. Patéticos los dos bloques o grumos de admiradores de laantigua URSS agrupados bajo sendos carteles que los identificaban como representantes del viejo yglorioso Partido Comunista. Eran muy poca gente –dos grumos que sumarían ciento cincuentapersonas– y fueron los últimos en partir de Congreso. Patética esa señora de aspectodistinguido que recorría la marcha a contramano, sola y levantando una hoja manuscrita que decía:“Antes nos secuestraban los hijos, ahora a nuestras palabras”, evocando una metáforaparecida que alguna vez usó la presidenta Cristina. Lo más patético, el último bloque que ingresó ala plaza por Lavalle: eran seis hombres y su mujeres cuarentones y cincuentones de pelo blanco quesostenían bien por debajo de sus cinturas un cartel extendido a todo lo largo de la calle que losidentificaba como miembros de la Asociación de Abogados de Buenos Aires. El grupito dejó que losque iban delante tomasen distancia y se detuvo durante media hora junto a la esquina de Talcahuano.Estaban posando para las fotos. “Contentos como opa en sulki”, dijo un santiagueñosalido de una columna juvenil peronista, una de las pocas que entonó la marchita. El fotógrafo dePERFIL se entretuvo un buen rato tomándolos desde diferentes ángulos. Jamás vi a un opa en sulkipero, a la vista de estos doctores, lo imaginé muy feliz. A medianoche, googlié la asociación yaprendí que nuclea a cinco mil de los cincuenta mil abogados de la matrícula porteña, de modoque esos once felices representaban el 0,2% de su membresía. No patética, sino conmovedora, laescena de Plaza Lavalle: mientras hablaba la señora Bonafini, vi dos parejas de hombres y mujeresgordos, cada una con su bebé junto a un paquete de lona desenvuelto en el que se veían termos,mate, sándwiches, pañales, yerba y cuatro panes. Los dos hombres y una de las mujeres dormíansentados en el piso pero apoyados en un banco. La otra mujer, soñolienta, amamantaba a uno de losbebés y miraba en derredor como buscando a alguien. La gente ovacionaba a su Hebe y coreaba:“¡Patria sí, colonia no!”. Mientras, una parte del público cantaba el Himno siguiendolas voces junto a Teresa Parodi y la profesora Herrero, un grupo de mujeres jóvenes y muchachitos,tal vez familiares, se acercó a la mamá, alguien besó al bebé y los muchachitos despertaron a losvarones armaron su paquete y salieron en busca de su ómnibus. El acto había terminado.

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