Literatura y condena

Literatura y condena
24-08-2026 | 19:11

En los congresos de escritores ocurren cosas que, como pequeñas miniaturas, recrean alguno delos hábitos que a mayor escala se derraman por toda la sociedad. Una de esas facturas, son laspequeñas partidas de poker (simbólicas) y los comportamientos esquivos (incluidos los míos, porsupuesto). Hace exactamente un año, estaba yo en uno de esos encuentros en Santiago de Chile. Habíacompartido el desayuno con un prestigioso escritor argentino, seguramente uno de los dos o tres quemás admiro. Entre medialuna y medialuna, me preguntó (o yo le pregunté, lo mismo da) qué iba ahacer más tarde, y respondí (o él me respondió) que nada, que pensaba caminar un poco, sin muchosmás detalles, y sin dar cabida a la posibilidad de hacer algo juntos. Así que después del desayuno,baje directamente al subte para ir (solo, sin nadie más, bien como me gusta a mí) a las libreríasde viejo de las Torres de Tajamar, en Providencia. Pero cuando llegué, el escritor prestigioso, yaestaba ahí (había tomado un taxi). Y no sólo eso: tenía en la mano una primera edición de Lavorágine, de José Eustasio Rivera (me consuela saber que le había costado una fortuna). Traguésuave, oculté el dolor de la derrota y, no obstante, mantuvimos una larga e interesanteconversación sobre la novela, una de mis favoritas en la literatura latinoamericana; sin dudas, lamás grande novela colombiana. Rivera nació en 1889 y publicó su obra maestra en 1924.Inmediatamente fue un éxito y, hecho raro entonces y ahora, al poco tiempo fue traducida al inglés.Cuenta la leyenda que murió, en 1928, en Nueva York mientras estaba firmando ejemplares (pocoimporta si la historia es verdadera, aún como leyenda, es una de las más literarias que conozco).Hasta ese momento, Rivera no había publicado prácticamente nada, apenas un poemario menor, con locual integra dos subconjuntos de escritores formados por muy pocos: primero, el de debutar con unlibro genial, insuperable, perfecto. Segundo, el de morir inmediatamente después. Rareza que elevasu mito a un lugar único.

De La vorágine se ha dicho que es la gran novela de la selva, la gran narración de laproliferación de humedad, vegetación, salvajismo y ansiedad. Y en parte es cierto. Nada es mástremendo que sus últimas líneas: “El último cable de nuestro Cónsul, dirigido al señorMinistro y relacionado con la suerte de Arturo Cova y sus compañeros dice textualmente: ‘Hacecinco meses búscalos en vano Clemente Silva. Ni rastros de ellos. ¡Los devoró laselva!’”. Recuerdo ahora el diálogo con el escritor en cuestión. Primero, sobre los muymalos escritores que, bajo el aura de Rivera, se dedicaron a escribir novelas más o menosparecidas. Y luego, una frase dicha por mí (que recibió, como respuesta, una mirada levementeavergonzada), y que vuelvo a pensar cada vez que, como ahora, releo la novela: la comparación conSarmiento. La selva es a Colombia lo que el desierto es a la Argentina. Busqué más de una vez unafrase idéntica en el Facundo. No la hay. No importa: perfectamente Sarmiento podría haber escrito:“¡Se los devoró el desierto!” O mejor dicho, lo dice. Lo dice todo el tiempo, pero conotras palabras que apuntan al mismo sentido. Por supuesto, en todo lo demás, ambos textos divergenabsolutamente; ya en las fechas de publicación (muy distantes el uno del otro), ya en el género (Lavorágine es claramente una novela moderna), ya en las influencias (en Rivera es Proust, enSarmiento, Tocqueville), y por supuesto, en sus biografías (la muerte rápida de uno, la longevidadpresidencial del otro). Pero convergen, de manera impensada, en el carácter fundador de unatradición. En la creación de un espacio, una geografía de la que nunca más podremos escapar, a laque siempre estaremos condenados.

También en Perfil