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Literatura y política

Ya sabemos a qué se dedican los mejores de nuestros poetas: a desviar a la lengua de su norma, a transgredir nuestros hábitos de ritmo y de cadencia, a subvertir radicalmente el sentido corriente de las palabras.

Literatura y política
24-08-2026 | 12:23

Ya sabemos a qué se dedican los mejores de nuestros poetas: a desviar a la lengua de su norma, atransgredir nuestros hábitos de ritmo y de cadencia, a subvertir radicalmente el sentido corrientede las palabras. Y como no es otra cosa que el lenguaje lo que da forma a nuestra percepción delmundo y a nuestra capacidad de comprenderlo, lo que desbaratan los poetas, los mejores de nuestrospoetas, es ni más ni menos que nuestras ideas fundamentales sobre la realidad, lo que no deja deser un primer paso en el camino del desbaratamiento de la realidad misma.

Los narradores les van en zaga, sí, hay que admitirlo, pero a veces no tan en zaga. Porque losnarradores, los mejores de nuestros narradores, pueden practicar en la prosa transgresionessemejantes en las leyes de la lengua, y en todo caso hacen estallar los órdenes establecidos en laconvención de lo que es narrar: ni linealidad, ni secuencias temporales regulares, ni puntos devista fijos, ni estabilización de causas y efectos, ni conclusividad de sentido. Es decir, ladescomposición narrativa total, lo que equivale en definitiva a la descomposición de la historiaque vivimos y de nuestra manera de interpretarla, ya que tanto la historia que vivimos como lainterpretación que podemos hacer de ella se concretan por medio de un orden de relatos.

Allá están, son esos que van ahí: los mejores de nuestros poetas, los mejores de nuestrosnarradores, los subversivos del orden social, los que no dejan norma en pie, los que transgredenlas bases de todo. Se bajan del 152 o emergen del subte D, cruzan Plaza Italia a paso sostenido, laflamante doble mano de avenida Santa Fe les llama un poco la atención. ¿Adónde van? Van a la Feriadel Libro, por supuesto. Qué no irá a pasarles allí. A ellos, los que tienen a la realidad socialya jaqueada; qué no irán a espetarles a sus mesas redondas los conservadores del mundo existente;qué sillas no habrán de arrojarles por la cabeza los que no pueden aguantarse las ganas de abrir eldebate con ellos; qué barras del ascenso no se harán presentes en las salas afelpadas de la Feriapara manifestar su preocupación y su disidencia, su desacuerdo y su profunda inquietud.

Pues no: nada de eso. Los va a escuchar por lo común un modesto puñado de espectadores, los oyencalmos y hasta adormecidos, los aplauden en el final –los que hayan tenido a bien quedarsehasta el final–, se ponen los abrigos y se vuelven a sus casas previo paty en el puestito queda a Cerviño.

Una de dos: o bien la subversividad de la literatura es tan secreta y sigilosa que nadie porahora parece haberla advertido, su implacable desbaratamiento de las cosas tal como son es tansutil y tan indirecto que no se verá sino en el futuro; o bien la literatura es un asunto tan almargen y tan de pocos que a casi nadie le importa, su labor de horadación se pierde en lainoperancia, su mundito es tan estrecho que el mundo ni se mosquea.

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