Llegaron las carabelas

Llegaron las carabelas
24-08-2026 | 16:12

La edición del 1º de agosto de este suplemento incluyó en las páginas cuatro y cinco dos notassecretamente conectadas. En una de ellas, Hernán Arias reseña la reedición de un libro de Tom Wolfeque contiene La palabra pintada, un ensayo en el que el autor traza con cínica elocuencia latransformación de las artes plásticas entre 1945 y 1975. En particular, se ocupa del auge y caídadel expresionismo abstracto y de su reemplazo por el arte pop, y adjudica la desaparicióndefinitiva del público al abuso de la teoría. Wolfe creía en 1975 que en literatura las cosas erandiferentes, dado que aún existían los lectores como entidad independiente del aparato crítico y lasmodas, pero escribía lo siguiente: “1) El mundo del arte es una aldea; 2) una parte de esaaldea, le monde, siempre está pendiente de la otra, la bohemia, atenta a la nueva ola que puedesurgir, está aleccionada para creer en ella; 3) la bohemia consta de cenáculos, escuelas, grupos,círculos y camarillas. Por lo tanto, si un cenáculo alcanza a dominar al resto de la bohemia, suspuntos de vista serán los que dominen la totalidad de la aldea”.

Cambiando lo que deba cambiarse, esta frase nos lleva a la nota de la página de enfrente en laque el mismo Arias entrevista a Agustín Fernández Mallo, integrante del cenáculo, escuela, grupo,círculo o camarilla de escritores españoles llamado “la generación Nocilla”, que haceun mes desembarcó con gran ímpetu en Buenos Aires, donde Mallo y sus colegas Jorge Carrión y EloyFernández Porta fueron recibidos con algarabía y admiración por figuras rutilantes de la culturavernácula.

Desconocedor hasta ese momento del fenómeno, leí lo que pude del material nocillista durante unlargo viaje en avión. Empecé con Afterpop; la literatura de la implosión mediática de FernándezPorta, texto muy oportuno para leer a continuación del de Wolfe. Porta escribe con gracia einspiración y su propuesta de terminar de una vez por todas con escrituras de medio pelo como la deJavier Marías –falso “garante de alta cultura”– para sustituirlo por losautores postpop, dominadores de la cultura contemporánea (alta y baja), tiene su atractivo. Enplena euforia triunfalista, incluye este fragmento: “Digámoslo en forma algebraica: Ei = S xC – (M?). Es decir: la escena literaria independiente es el resultado de la presentación ypuesta en valor de las obras partiendo de una actitud coolhunter, presuponiendo que el primerdestino es el slipstream y manteniendo el Mainstream como incógnita”.

Allí dejé de leer a Porta y pasé a Los muertos, la novela de Jorge Carrión que ejemplifica labuena nueva y está construida como la transcripción de una serie televisiva donde los personajes deficción muertos violentamente resucitan en un universo inspirado en Blade Runner y Los Soprano,premisa que tiene un antecedente en la saga El mundo del río de Philip José Farmer. El libroincluye una reseña de la serie en el New Yorker y un paper que terminan de redondear la alianzaentre narrativa, discurso académico y medios audiovisuales. Ingeniosa y cuidada, la novela tiene elproblema de buena parte de la ciencia ficción, el género del que no puede escapar: la imaginacióndel planteo apenas disimula sentimientos, políticas y escrituras terriblemente convencionales.

Me quedaba la obra en prosa de Fernández Mallo, es decir la trilogía que lleva el nombre delgrupo, de la cual tenía a mano Nocilla Experience y Nocilla Lab. Descubrí que me faltaba la primeraparte, Nocilla Dream, que todavía no fue distribuida en la Argentina, y dejé la lectura para otraoportunidad. Dado que hay tres poderosas editoriales detrás del desembarco de las carabelas,supongo que seguiremos oyendo hablar por un rato de la Nocilla, la golosina ibérica que acompañó alpop.

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