Lo nuevo de lo nuevo

Si algo hemos aprendido los que alguna vez transitamos el medio cinematográfico es que la generosidad del INCAA alcanza a todos, no solamente a los directores que se benefician con los subsidios.

Lo nuevo de lo nuevo
23-08-2026 | 23:08

Si algo hemos aprendido los que alguna vez transitamos el medio cinematográfico es que lagenerosidad del INCAA alcanza a todos, no solamente a los directores que se benefician con lossubsidios. Gracias a Ventana Sur, el dispendioso e inexplicable mercado que el Instituto organizóla semana pasada, me pude reencontrar con James Hewison, un gran amigo australiano al que no veíadesde hace mucho tiempo, que supo dirigir el festival de Melbourne y ahora se dedica a ladistribución como Pascual Conditto. Aunque recién había llegado de un largo viaje, la curisiodadnatural de Hewison y la moral protestante lo obligaron a preguntarme qué había de nuevo einteresante en la reciente producción argentina.

Tras pensar un rato, me di cuenta de que la única respuesta posible a su pregunta era Vikingo,el segundo largometraje de José Celestino Campusano, que participó de la competencia internacionalen Mar del Plata. Campusano nació en 1964 y en la vida civil es un vidriero que habita losalrededores de Bosques, zona semirrural del tercer cordón Conurbano de la que el cine ha dado muypocas noticias. Pero hace tiempo que Campusano intenta hacerlo, primero con un par de cortosdocumentales y luego con sus dos largos. El primero, Vil romance, está centrado en una relaciónhomosexual que termina con una ejecución y muestra un mundo en el que la violencia impera al abrigode cualquier intervención de las autoridades. Hay algo de sensacionalista en la propuesta y lomismo ocurre con Vikingo, una historia de motociclistas y delincuentes juveniles que, bajo laexcusa del registro antropológico, es también una invitación a espiar a las clases marginales. Enefecto, los heavies y las motos de Campusano, las orgías entre gordos y gordas, la falta de dientesde los protagonistas y hasta un fantástico baile con música de tango-rockabilly son testimonios deuna verdad flagrante que requiere, sin embargo, de un dispositivo cinematográfico losuficientemente sofisticado para escapar de la tentación del freak show.
Campusano es plenamente consciente de ese problema estético. En principio, esas caras, esoscuerpos y esas calles soleadas, esos actores que dicen los textos con una mezcla de alegría,torpeza y distanciamiento brechtiano son una fiesta para el ojo voyeurista, que no es otra cosa queel ojo del cinéfilo. Pero el cine debe intervenir, paradójicamente, para preservar esas imágenes ysonidos que iluminan la película, para defenderlas de su propio exhibicionismo. Para ser tomado enserio y establecer la intención artística de su obra, Campusano se refugia en un discursoinusualmente rico para un cineasta argentino, que incluye un nombre provocador para su productora(“Cine Bruto”), precisiones importantes (“quiero presentar y norepresentar”), frases rebuscadas (“las cuatro herramientas que poseo como cineasta sonel riesgo, el azar, la incertidumbre y la composición colectiva”), y proclamaciones deautenticidad (“en mis películas se nota que somos gente de armas llevar”), y deafinidad con sus personajes (“es gente que aún hoy posee códigos, a la que uno puede tenerconfianza”).

A esa teoría cinematográfica sui generis, Campusano le suma en la práctica elementos clásicoscomo una estructura de western y modernos, como la inclusión de un documental sobre el protagonistaque ven los otros personajes. El resultado de tanto eclecticismo es desprolijo, confuso, brutal pormomentos, pero está vivo como pocas películas argentinas recientes, menos por la frescura intuitivaque las críticas condescendientes le suelen dedicar a Campusano, que por la reflexión y la peleadel cineasta frente a sus materiales y sus recursos. De todos modos, me gustaría saber qué piensanen Australia, donde también hay marginales, motoqueros y un gran conservadurismocinematográfico.

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