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Los argentinos votamos con pocos motivos articulados

El sistema representativo sobre el que se sostiene la democracia argentina está endeble. Las causas no son del todo claras; posiblemente es una mezcla de aspectos de la cultura política, del fracaso del sistema de partidos y del perfil social de la dirigencia.

Los argentinos votamos con pocos motivos articulados
22-08-2026 | 21:53

El sistema representativo sobre el que se sostiene la democracia argentina está endeble. Lascausas no son del todo claras; posiblemente es una mezcla de aspectos de la cultura política, delfracaso del sistema de partidos y del perfil social de la dirigencia. Cuando el ciudadano promediodebe organizar su mente para decidir a quién dar su voto, se encuentra con distintas piezas deinformación que no logra articular adecuadamente.

Esencialmente, hay por un lado imágenes de dirigentes, por otro expectativas y demandas, yfinalmente opciones electorales. En los libros de texto sobre los motivos del voto se sueleplantear que los ciudadanos forman su decisión con esos tres elementos. En la Argentina de hoy nose los integra. Hay distintos naipes que se barajan de manera más bien errática y nunca se fundenen un conjunto de cartas consistente. En los libros de texto el votante sabe quién le gusta más yquién le gusta menos o no le gusta del todo; reflexiona acerca de las consecuencias que tendríapara él, o para sus preferencias colectivas, el triunfo de uno u otro candidato; normalmenteidentifica a cada candidato por lo que representa desde esa perspectiva. Al votar, efectivamente,elige a su representante –obviamente, sobre las bases de las reglas del juegodadas–.

Eso es precisamente lo que no ocurre en la Argentina. Hay un puñado de dirigentes con buenaimagen pública; algunos son candidatos, otros no, algunos procuran transferir su imagen personal aotros candidatos afines a ellos. Pero la correlación entre esas imágenes –que las encuestasrecogen y cuantifican– y el voto es notoriamente baja. Casi ningún votante puede estar segurode cuáles serán las políticas de gobierno que apoyarían aquellos que eventualmente sean votados.Nadie cree que por ser elegido legislador –concejal, diputado provincial o congresista de laNación– el votado se siente portador de algún mandato; y es que al votar los ciudadanos no lehan dado un mandato. En los hechos, como tantas otras veces, su voto es testimonial y no generadorde representación.

Esos naipes sueltos no sirven todos para al mismo juego. El juego de las imágenes tiene algo quever con necesidades de liderazgo político, también algo que ver con momentos fugaces en los que unaactuación del dirigente despertó corrientes de simpatía o adhesión –a menudo tan pocoduraderos como los ratings de las estrellas de la televisión–. Las expectativas y demandas desectores de la población no se procesan a través de la política; generalmente se procesan comofrustraciones colectivas; de vez en cuando afloran bajo la forma de la protesta directa, en lascalles o rutas, o a través de la identificación simbólica con quienes protestan –como lohacen los hinchas de fútbol cuando miran a su equipo por televisión–. Y el voto es unaresultante desarticulada de esas cosas y del impacto –bastante poco sistemático– de lascampañas electorales en sus fases intensivas –esto es, unas semanas antes del día de lavotación– y, en última instancia, se decide en función de premiar o castigar a un gobernante,con poca atención en lo que la alternativa a ese gobernante puede involucrar. La presunción comúnes que, tarde o temprano, el sucesor será igualmente premiado o castigado, y no por un mandatomejor o peor cumplido sino por resultados que ocasionalmente gustaron o no gustaron.

En la sociedad argentina –curioso caso de una “sociedad de clase media”abrumada por la enorme cantidad de personas pobres y pobrísimas–, sin un sistemarepresentativo bien articulado, se ha instalado la idea de que hay una corporación política queejerce el poder sin considerar a la ciudadanía. Como no se le tiene confianza, no se conecta elvoto con su desempeño posterior.

En nuestra numerosa clase media, cuyos estilos de vida dejan su impronta en la vida cotidiana detodos, también prevalece una tendencia a descalificar al “voto de la pobreza” porirreflexivo y clientelístico, lo que resulta propicio para hacerlo responsable de los resultadoselectorales que a uno no le gustan. Prejuicios aparte, todos los ciudadanos responden a un patrónparecido, todos tienen en sus manos esas barajas no combinables en un único juego y todos forman sudecisión de voto sobre criterios parecidos. Cuando ocurre –como es a menudo el caso–que el voto de las clases bajas es algo más homogéneo que el de las clases medias, la explicacióndebe buscarse no en una naturaleza humana distinta sino en la incapacidad de comunicación de losdirigentes que generan ofertas políticas y no encuentran los canales ni el lenguaje adecuados paratransmitirlas a esos votantes.

Todos votamos “a quien nos da más”. Pero no todos tenemos suficiente informaciónpara sopesar quién realmente nos dará más, porque ni siquiera sabemos qué nos proponen loscandidatos. Y a falta de esa información, votamos por alguna otra razón, desconectada de lasimágenes y de nuestras preferencias, expectativas y visiones del país preferido.


*Sociólogo.

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