Curioso: no hubo mención, ni siquiera un recuerdo para María Estela Martínez de Perón, Isabelitao Chabela, dos de sus apelativos más famosos en el peronismo (aunque Jorge Antonio, quien no laquería, la llamaba “la pájara”). Y fue ella la mandataria que voltearon los militareshace 34 años, a quien persiguieron judicialmente por haber comprado 200 gramos de jamón crudo conlos gastos reservados. Distracción premeditada, el último miércoles, de quienes organizaron lamagna celebración en la ex ESMA y en la Plaza de Mayo. Un olvido repetido de la Presidenta, quiendebe suponer que evitando citar el nombre de ciertos personajes (como hace el matrimonio con CarlosMenem) se puede cambiar la historia. Como suponen que, por haber censurado (o hecho desaparecer) elintroito de Ernesto Sabato al Nunca más, el pensamiento del escritor se habrá eliminado.
Curioso: la omisión parece negar un antecedente del género, como podría repetir ella orgullosadesde el atril, no hace tampoco justicia con una víctima de la barbarie castrense de entonces–la tuvieron detenida y humillada casi cinco años–, menos honor al legado que elGeneral Perón le reservó a su movimiento, ese que preside Néstor y al cual Cristina se debe comomilitante. Al menos, es lo que dicen. Nulo reconocimiento a esa viuda que Perón quería tanto, deahí que la haya dejado como heredera de su patrimonio político, finalmente su último deseo fueconvertirla en vice, como los Kirchner hicieron con Daniel Scioli o Julio Cobos. Inclusive, sinningún rédito político, ya que ella nada aportaba en ese sentido. Pero esa transferencia–para alegría y merecimiento de sus seguidores– no se tuvo en cuenta tampoco en estaocasión. Aunque, lo más grave y ni siquiera discutible, es que el fúnebre aniversario no reparó enque la Martínez (como la Fernández) fue una mandataria elegida por abrumadora mayoría en comiciosdemocráticos (seguramente votada por la propia Cristina) y bajo el celo estricto de laConstitución, la que, obviamente, fue vulnerada ese 24 de marzo. Al menos, ese hecho capital ynefasto debió ser evocado.
Curiosa también la ignorancia de los jóvenes que no vivieron aquel golpe, quienes durante elacto entonaban la marcha y cánticos de homenaje al General que reverencian, sin incluir a la viudaque les pertenece por delegación específica. Ignorancia prealfabeta de algunos y, de otros, lainterpretación de que Perón era como Julio Iglesias, con un solo perfil grato para las fotografías.Parecen desconocer que Isabelita fue su última esposa, compañera de los peores años de ostracismo ypersecución, muchos más que la recordada y luchadora Evita. En esa marea juvenil de imprecisonúmero que asistió a las ceremonias tampoco hubo memoria fecunda –justo cuando era unajornada para la memoria–, para precisar que sus parientes mayores o la otra parte de laconcurrencia de edad superior, compartieron con desgano o alegría aquella conspiración militar, elmismo advenimiento de la dictadura. Basta señalar que en la multitud de comunicados de repudioemitidos el miércoles pasado por cuanta organización se imagina, ninguno puede registrar unantecedente similar de ofensa datado el 24 de marzo de 1976. Entonces, nadie escribía, menos afavor de una presidenta constitucional, igual que ahora. Frente al funesto episodio, no semanifestaron, quizás hasta asintieron. Tampoco lo habían hecho en los meses previos, cuando tal vezuna protesta o una declaración hubiera detenido la catástrofe.
Tampoco, es justo admitir, ningún partido político se permitió esa actitud, hasta se puede citara quienes casi validaron la operación militar. Ni la gente del propio Gobierno se defendía a símisma. Lo que quiere decir que los cómplices, a los que aludió la señora de Carlotto en lacelebración, como si vivieran o estuvieran hoy en lo mismo, eran casi todos. Debe ser por esa causaque ella, al plantear esa denuncia genérica sobre cualquier ciudadano, no dijo quiénes individual ocorporativamente hoy pertenecen a ese núcleo de “cómplices”, aunque más de uno puede acreer –por los desmanes cometidos en el frente de la entidad– que fueron y son losdirigentes de la UIA. Aunque ese sector empresario, como se sabe, es el que suele concurrir aOlivos como parte del interés nacional con que la Presidenta imagina consolidar su“proyecto”.
Más paradójico para estos asistentes que saborean la palabra revolución como si fuera uncaramelo, es la curiosidad de que se prescinda de otra realidad: ellos, enrabiados con la utopíairrealizable, no computaron que las organizaciones armadas que en los 70 pugnaban contra el podermilitar –y el gobierno constitucional–, léase de Montoneros al ERP, se tentaban ypodían clamar por la interrupción del mandato de Isabel y el acceso castrense. Lo vivían como unacelerador de la buenaventura revolucionaria. Suponían que esa llegada militar eliminaba un factorque confundía (Isabelita y su mandato popular), desnudaba abiertamente la confrontación entre ellosy las FF.AA., determinaría por fin que los sectores apartados de su voluntad electoral –unavez producido el golpe– se inclinarían hacia sus propuestas. Por lo tanto, lo del acto del 24de marzo otra vez pareció vestido en la defensa del orden institucional, por los valoresdemocráticos, pero tantos olvidos indican que en muchos casos resultó una apelación a trágicasfantasías tan poco libertarias como la de los militares.
Pero estas líneas que exhiben candidez –o hasta semejan a defensa de una mandataria inútilcomo la mujer de Perón– tropiezan, además, con otro elemento: en los discursos oficialistasde los últimos tiempos siempre se recuerda el mismo hecho, pero cada año se le otorga unamotivación diferente. Esta vez, le tocó el turno protagónico a la identidad de niños que fueronocultados. Sin embargo, como el asueto del 24 sirve para rememorar ciertas gestas frustradas y nola violación constitucional, la referencia a la identidad apuntaba también en otra dirección: alpúblico y económico enfrentamiento que el Gobierno mantiene con el Grupo Clarín que, como todossaben, desde hace décadas persiste en conservar en un limbo, por razones íntimas o familiares, elorigen genético de los hijos criados por la ya octogenaria señora de Noble, adoptados en aquellostiempos aciagos. Ya no es curioso este hecho: la santa y dramática apelación por esas identidades–más allá de la justa causa– encubre otro propósito. Y, encima, por si no alcanzara eldisfraz, se le atribuyó a la Justicia en general por una demora deliberada para resolver otroscasos y esta particular cuestión que, por lo menos, encierra un dilema moral. Conclusión de quienesdecidieron escuchar a las dos partes, al margen de los intereses obvios que caracterizan alenfrentamiento entre el holding mediático y el Gobierno.
Lo curioso, para insistir con las singularidades de la última celebración, no transcurre por ladiscusión o los fundamentos legales del caso. Como un fogonazo ilumina a cualquiera otro dato: latardanza que han registrado los K –y también algunas organizaciones que revelan en suentorno– para reclamar por este descubrimiento. Durante un lustro, el matrimonio se sintióhalagado por compartir criterios, información e intereses con el Grupo Clarín. Hastaacontecimientos sociales infrecuentes (la mandataria admitió que no menos de 12 veces el verdaderoconductor del “monopolio”, Héctor Magnetto, asistió invitado a cenar en Olivos,concesión que los santacruceños no suelen facilitarles a sus amistades más cercanas). En todo esetiempo, además de facilidades al Grupo, jamás se preocupó por la influencia nefasta que ésteejercía sobre el libre acceso a la información de los ciudadanos y, al parecer, tampoco en esafluida relación hubo pródigos reclamos por la identidad de los jóvenes Noble. Si lo hicieron, fueen la trastienda y no hay ninguna evidencia. Ni archivo a desempolvar. Más bien, se vivió como uncapítulo a no tocar en la Argentina, como había ocurrido durante años, como la excepción a otrasbúsquedas familiares. Incluso pareció aceptada esa costumbre hasta por aquellos que“denodadamente” se deslomaban para conseguir verdaderas identidades. Quien repase elpropio diario, por no mencionar los otros medios afines, podrá detectar notas y fotografías de esepresunto consentimiento expreso.
Inclusive cuando un magistrado (Marquevich) avanzó en ese sentido, investigó y detuvo a laseñora de Noble, más allá de otras intenciones a debatir y de imputaciones que se dicen, perono se probaron, fue defenestrado en forma humillante con la firma de una comisión legislativa.Hasta tuvo que irse a trabajar al exterior por ese despido. En el núcleo de la sanción figuraban,por lo menos, dos legisladores que desde hace tiempo son de comunión diaria con los Kirchner,preferidos claro, uno para colmo integrante ahora de otra comisión que se dedica a observar los medios, seguramente en especial a Clarín. Algo más que curioso este detalle, que debe haberpasado inadvertido en la escenificación del últimos 24 de marzo. Sin embargo, debe ser bienvenidaquizás esta nueva actitud del matrimonio, aunque es ciertamente tardía. No vendría mal conocertambién algunas de las demandas que le plantearon al respecto en las cenas al señor Magnetto. ¿O esque nunca hablaron?




