•la mirada DE ROBERTO GARCIA

Los cuzquitos

Tal vez la desbordante y diaria inventiva que aplica Néstor Kirchner para lucubrar embelecos en los futuros comicios, medios cuestionables y poco edificantes para una fe democrática, le impidan descubrir el eclipse al que será sometido su altar político desde la madrugada del próximo 28 de junio. Bondadoso, el cronista. Quien adelantó octubre a junio en votos sabe que la oscuridad, entonces, hubiera sido total; quien utiliza a gobernadores, intendentes y funcionarios como escudos humanos no ignora que sin este auxilio de cultura oriental jamás habría, en términos políticos, un día siguiente.

22-08-2026 | 10:49

Tal vez la desbordante y diaria inventiva que aplica Néstor Kirchner para lucubrar embelecos enlos futuros comicios, medios cuestionables y poco edificantes para una fe democrática, le impidandescubrir el eclipse al que será sometido su altar político desde la madrugada del próximo 28 dejunio. Bondadoso, el cronista. Quien adelantó octubre a junio en votos sabe que la oscuridad,entonces, hubiera sido total; quien utiliza a gobernadores, intendentes y funcionarios como escudoshumanos no ignora que sin este auxilio de cultura oriental jamás habría, en términos políticos, undía siguiente. Inclusive, aun con asistencias indeseadas –e indeseables–, con unaingeniería electoral digna de mejor propósito, para esa jornada se le reserva al autor unadesagradable información: se consagrará el fin del monotrolio del santacruceño. Es decir, si hastaahora era un dios supremo entre dioses minúsculos (ya que nunca alcanzó el monoteísmo político, laexistencia de un solo Dios, su verdadero objetivo), aquellas deidades menores casi ignoradasdurante un lustro comenzarán a imponerle condiciones de vida, le amputarán territorios yprivilegios, finalmente habrán de establecerle plazos fijos para su propia vigencia (y la de suesposa). Los cuzquitos que nunca consideró, a los que podía alquilar o comprar, de los que aúnpretende servirse, esos que merodeaban la trastienda en busca de algún desecho, ahora le husmean ymordisquean su carne en la parrilla como reza el refranero gauchesco. De la decadencia a la caída,sin cumplir la mitad siquiera del sueño dinástico de los 20 años en el poder (cuatro de él, ocho desu esposa, otros ocho posteriores de su coleto), algo así como la modesta y fallida década quehabía diseñado para sí en el trono, desde la fuerza militar, Juan Carlos Ongania, con el argumentode que pretendía cambiar la Argentina. De que había instalado un “modelo” al cual sedebía preservar. Aún con 70 días por delante frente a lo ineluctable, la pregunta en la intimidadde Olivos es la siguiente: “¿Qué nos pasó?”.

Una manta chica

Basta aludir a Carlos Reutemann como ejemplo de la venidera y obligada poda a sufrir por eloficialismo. Quien supo ser hasta hace poco –y lo escribió– admirador político deCristina de Kirchner, quizás no tanto del esposo, en Santa Fe, el decepcionado senador no sóloderrotará –probablemente-– al dominante socialismo que gobierna la provincia, tambiéndestruirá al kirchnerismo en las urnas reduciéndolo a un escuálido porcentaje de votos. Y, comoderivación de ese doble mérito electoral, emergerá Reutemann como el hombre a tomar en cuenta paradestinos presidenciales. Con fecha cierta de 2011, por lo menos. Este fenómeno de progresivadesaparición con vida del kirchnerismo no sólo se remite al distrito santafecino: sin unpersonalismo complementario, en Córdoba se propaga el mismo virus y allí los seguidores de la CasaRosada parecen condenados a alojarse en el fondo de la olla sin alcanzar quizás dos dígitos para elrecuento. Por no hablar de la Capital Federal, otro distrito clave no sólo por la densidadpoblacional, donde en cinco años Kirchner ni siquiera ha sido capaz de forjar un candidato, unpartido o un sello de goma. El mapa del país, salvo excepciones, tiende a asimilarse en unaconducta semejante. Aun con la presdigitación y los trucos impuestos para votar ese día, inclusivehasta con un voto favorable en la decisiva provincia de Buenos Aires, la manta se vuelve chica paracubrir el fin de un ciclo que amenazaba ser más inextinguible que el de Onganía. ¿Qué hizo Kirchnerentonces para merecer tamaño deterioro? ¿Cuál ha sido el origen del mal que lo conduce a un tristedesenlace? ¿Cómo un hombre que se vanagloria como doctorado en el poder, sin universitariossiquiera enfrente, se escurre como el agua hacia el vertedero? Son muchas las explicaciones,algunas se han transitado en exceso. Sobre él llueven los cargos, casi nadie sin embargo seinterrogó por la responsabilidad compartida que anida en su misma casa para semejante aterrizajeforzoso. ¿O sólo a él le cabe la titularidad del agente tóxico?, aunque esa degradación violenta laasuma por razones de caballerosidad marital y ese protagonismo soberbio que lo acompaña desde queuna madre inflexible le endilgó favores que le negaba a su hermana.
Lo cierto es que algunos –ingenieros, para colmo– le revisan el armario paraprobarse ese mínimo guardarropa que alberga trajes cruzados, camisas blancas, corbatas celestes, yaque el mendocino jamás se atreverá con el más atractivo vestuario de la esposa. Aunque, claro, sumisión en los papeles es reemplazarla a ella. Una afrenta, sin duda, pero más que verosímil si laliquidación electoral del 28 no garantiza un fondo suficiente para sobrevivir. El peor de losescenarios, ya que Kirchner no dedicó su vida para legarle el bastón a ese personaje que detesta;hasta suena mejor en sus oídos que el otro parta en el mismo tren de la familia y habilite unaelección general que luego lo tenga como uno de los competidores en el año de la catástrofe.Alternativas poco gratificantes en ese universo deprimido de Olivos en el que se habla del fin delmundo con la misma fruición con que hoy se analizan las encuestas bonaerenses, esa tierra que el 28determinará el pasaporte al olvido o la dolorosa continuidad temporal hacia el The End que culminaen toda película. De ahí que se aluda a la pérdida de gobernabilidad con el desparpajo de DanielScioli, se piense en la seguridad personal para el futuro o algún acólito intimide –como sialguien le importara– que “si perdemos, nos vamos”. En rigor, lo que dijo fue:“Si perdemos, incendiamos todo”. Como si fuera un frustrado general alemán a la hora deabandonar París.
Pero, antes de esos presuntos epílogos tan en boga, hay que volver al interrogante delprincipio que en ocasiones asuela en Olivos. ¿Qué nos pasó? Algunos ensayan desde la crítica, comocausa del derrumbe ante un vasto y creciente sector de la sociedad, la falta de formas o las burlasa ellas, el atrevido estilo, una arbitrariedad constante, la intimidación y el agravio a quienespiensan diferente, el desprecio a los otros, cierto mesianismo insular y, por supuesto, la malaeducación: si se quiere, formalidades; odiosas, abusivas, pero formalidades al fin. Más de fondo,en cambio, aparece como explicación del desvarío la nula voluntad por aclarar penosos enigmas sobremalversaciones u oscuras venalidades, desde el inicio con el destino de los fondos de Santa Cruz, ala posterior constitución del patrimonio de la pareja, los fideicomisos sospechados, la alegreconcesión de subsidios o de obras a empresas determinadas, el fulminante despegue económico de esasmismas empresas, las licitaciones teledirigidas, episodios difusamente aclarados como el deSkanska, los sospechados viajes de funcionarios a Venezuela como si fueran un premio al buencomportamiento –para no complicarse con las devoluciones en contantes billetes desde Caracaspor esos mismos viajes--, el affaire Greco o las curiosas bolsas con dinero encontradas en el bañode una ministra, a quien se protegió con el descaro de que Santa Claus premia divinamente y sin lajustificación de la AFIP a los creyentes. Amplia la lista, casi infinita como Infinity, en unaadministración parida como espejo contrario a las desprolijidades de ciertos antecesores. También,a modo de explicación por el naufragio, el apartamiento deliberado de temas sensibles y crucialescomo la inseguridad, en los cuales -–se creía– preocupaba nada más que a los ricos.Todo un proceso, entonces, que se ocultaba innoblemente tras el estandarte de la reivindicación porderechos humanos perdidos en otros tiempos. No podía durar, ahora se reconoce.

El síndrome del gordo

Pero se ganó, Cristina llegó a la Rosada a pesar de ese goteo poco prestigioso, junto adislates institucionales que hasta se convirtieron en política: por ejemplo, el establecimiento defalsas estadísticas, como si un gordo se engañara con una balanza que él mismo corrige. Para unosojos, ese curso nefasto fue una de las razones del descrédito que ahora comienza a pagar elkirchnerismo. Otros, sin negar esa realidad, convierten a la interminable batalla con el agro en elfundamento del declive oficialista, la pugna en la que se anotaron otros argentinos, con interesesencontrados inclusive y actividades opuestas, pero que se inscribieron en el enfrentamiento comopretexto para expresar su disgusto con el Gobierno. No sólo hubo, dicen, plata en juego. Ni fallóla comunicación oficial –como gustan justificarse los kirchneristas– para explicar laendeblez de sus actos, aunque jamás hayan intentado comunicar algo. Bajo el calmo ruido del mar, seagitaba una tormenta subterránea de protestas múltiples, del mismo modo que debajo de las marchasde Blumberg se estremecía el gentío por la desidia gubernamental de no ver –o de no quererver– el drama de la vida cotidiana acechada por el crimen y del robo. El episodio del campo,menos grave quizás que la otra lista de desaciertos, por llamarlos de algún modo, produjo un hechoirreparable en la infalibilidad del kirchnerismo: fue derrotado, su mandíbula era débil, sedestrozó la fama de imbatible que presumía el peso pesado del barrio.
Entre esos dos capítulos explicativos, desde la herencia del hombre a la falla de la mujerpara conducir un conflicto, hubo otro no escrito pero evidente: la rajadura por donde entró lahumedad que hoy se ha hecho crónica. Una cuestión de libros, elemental, como la anécdota de Peróncuando se enteró, en Madrid, de que habían frustrado un conato de rebelión contra la hegemonía deLanusse en lo que se denominó la asonada de Azul y Olavarría. Si bien entonces perdieron aquellosmilitares que parecían afines con el ideario peronista –por exudar ciertonacionalismo–, el general desde Puerta de Hierro se alegró ante el estupor de sus amigos.“Hemos ganado igual –dijo–, ya que el régimen demostró que está herido pordentro.” Se amparaba en su educación castrense, en el conocimiento de las formaciones tortugaque innovaron técnicas militares y les permitieron a los ejércitos romanos invadir parte del mundo(un cuadrado de hombres protegidos en todos sus flancos por escudos), entendiendo que si algunossoldados se desprendían del interior de ese cuadrilátero invencible, éste perdía todo su sentidobélico ya que, como dice la canción comunista (contra los trotskistas), “puede más un traidorque mil valientes”. Y, en el caso de los Kirchner, la crisis de su formación tortuga comenzócon el eslogan de campaña de Cristina sobre “la necesidad del cambio”, unacontradicción en sí misma cuando se trataba de una continuidad.

La reacción

Esa frase representaba un pensamiento liderado por el jefe de Gabinete Alberto Fernández con lacomplacencia de la futura jefa de Estado. Se pretendía –juraban– adecentar laadministración que iban a recibir, desplazar funcionarios cuestionables (Julio De Vido, RicadoJaime, para señalar algunos), levantaban la necesidad de una mejora institucional planteando uncondicionamiento ético hacia el futuro con el cual habían convivido en el pasado. Buena parte de laprensa acompañó esa propuesta y Néstor Kirchner parecía dormido frente a los acontecimientos.Empezó a reaccionar cuando se alcanzó el extremo de que se hiciera decir que el intrépido Fernándezno continuaría en funciones si persistían como ministros determinados personajes. Y en ese ínterinhasta propició la llegada –entre otros– de los transparentes Lousteau a Economía yOcaña a Salud. Uno, después, diseñó el enredo fenomenal de la fracasada 125 y la otra se dedicó aponer en la pica la administración de su predecesor, Ginés González (cabe la pregunta: con estemédico menos transparente que la no médica Ocaña, ¿hubiera habido epidemia de dengue en el país?).También el régimen, entonces, estaba herido por dentro a pesar del aparente unicato. Luego de unfin de semana memorable y estrepitoso en el sur, Néstor abortó el operativo de la duplaFernández-Fernández, quienes, no curiosamente, se conocieron antes que Néstor por primera vez lediera la mano a Alberto. Mantuvo a sus hombres, objetados o no; hipocresías aparte, Fernándezsiguió como jefe de Gabinete y todos se acomodaron como una tradicional familia italiana. Después,claro, se sucedieron las malas nuevas: empezó Cristina con la dilapidación de la herencia recibida,deficitaria pero triunfadora, del ominoso caso Antonini Wilson (confirmación de que traía dineropara la campaña de Cristina) a la absurda confrontación con el campo, y las estrellas que antes seconjuraban por el éxito de Néstor de pronto dejaron de mirar a la Argentina: la humedad y loshongos se habían diseminado ya en las paredes.
No es la única explicación sobre la grieta y el deterioro, sin duda, pero algún créditomerece esta interpretación: en las encuestas del segundo cordón bonaerense –los más pobres,los más indigentes–, en los sectores que a duras penas pueden salvar al kirchnerismo de ladebacle electoral, se reconoce que la gente apoya a Néstor y niega a Cristina. Lamentablemente, nolo justifican, apenas lo expresan.
u Hubo más de un propósito con la estatización de las AFJP: el menos conocido pero tal vezmás buscado resultó la colocación de directores y síndicos en aquellas empresas en las que habíaninvertido los responsables de la jubilación privada. Aparte de la utilización de los fondos porparte de la ANSES –sin duda, para proteger a los jubilados–, ahora en catarata seabalanzan hombres cercanos al Gobierno para integrar directorios. Una discreta forma de laburguesía oficial para hacer política, cobrar un sueldo y observar contabilidad y movimientos delsector empresario. Ninguno representa a los jubilados, por supuesto. La maniobra, controvertida–dicen que el reglamento de la ANSES no habilita para esa interferencia–, entró en susemana de apogeo, en algunos casos con enfrentamientos, en otros con negociaciones; finalmente huboquienes abrieron las puertas y ni siquiera preguntaron la identidad de los que entraban. El grupoTechint (Siderar) dio batalla, logró que le designaran un delegado ideal, el economista AldoFerrer, quien desde 80 años debe soñar con integrar ese directorio. En Metrogas también habránovedades, conversadas, se supone que habrá aportes de personal directivo en los bancos y hasta enYPF, aquejada por la crítica situación de Repsol, una empresa que no se imaginaba que podíanecesitar más delegados estatales.

Techint reaccionó

Por primera vez, ante este avance, las distintas cámaras han coincidido en comenzar a defendersebajo cierta unificación jurídica. Parece algo tarde, pero existen otros temores. En el caso deTechint, por ejemplo, pelearon para instalar un representante que les gustara a pesar de que elGobierno, a través de Julio De Vido –como enviado de Néstor Kirchner– le avisó a lafamilia Rocca que si persistían ciertas decisiones empresarias (despido de personal), hasta podríannacionalizar la empresa. Como hizo Hugo Chávez, ejemplificaron el mensaje, con el mismo grupo enVenezuela (en verdad, ese tipo de intimidación también se ha extendido a otros rubros y compañías,bancos por ejemplo). Nadie sabe si se contempló esta posibilidad ciertamente, pero Paolo Rocca–un hombre con escaso humor, como es tradición en la familia– sí debió evaluarla: más,tanto él como el resto de los empresarios imaginan que “la consolidación del modelo”(si les va bien a los Kirchner en las elecciones) bien podría derivar en este tipo de medidasextremas por los faltantes de caja.

Como se sabe, el cardenal Jorge Bergoglio viajó a Roma para un encuentro de obispos y lasmáximas autoridades de El Vaticano. Hecho frecuente, común, de la alta jerarquía católica. Sinembargo, Bergoglio tuvo sus dificultades, al menos ciertos comentarios le amargaron la residenciavaticana. Es que proliferaron versiones –con epicentro en la embajada kirchnerista en laSanta Sede– sobre la naturaleza del viaje de Bergoglio, no referidas en exclusividad a temasde la Iglesia, sino vinculadas a críticas sobre el gobierno argentino. Para el cardenal, eloperativo proviene de quienes le controlan vida, salud, encuentros y conversaciones, se sienteignominiosamente herido y no puede creer que funcionarios de la administración de una devota comoCristina se dediquen a esos menesteres. Por suerte es católico y pone la otra mejilla.

Desde la CGT, al margen de los “aumentos Obama” (en negro, como suelen coincidiren la expresión sindicalistas y empresarios), se considera que el porcentaje a cerrar con el sectorprivado rondará entre el l5 y el 20% de incremento. Al menos, para titular los diarios. Al Gobiernole importa poco ese aumento, sí –en cambio– la paritaria que se lleva a cabo con losempleados estatales: sus datos económicos entienden que una retribución superior al l0% hará volarel presupuesto, colapsar la economía. Este es un intríngulis clave para antes de las elecciones. Ytambién para después.

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