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Los mundos irreales

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) es, quizá, la única cuentista de raza de la nueva literatura argentina. No parece haber nada que le interese a Schweblin más que crear pequeños artificios narrativos, ninguna otra forma que la seduzca más allá del relato.

22-08-2026 | 19:22

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) es, quizá, la única cuentista de raza de la nuevaliteratura argentina. No parece haber nada que le interese a Schweblin más que crear pequeñosartificios narrativos, ninguna otra forma que la seduzca más allá del relato. Escribe poco, pausado(entre El núcleo del disturbio, su primera publicación, y Pájaros en la boca, su nuevo libro decuentos, pasaron ocho años), corrige mucho y se mantiene al margen de rencillas, discusiones ypolémicas. Pero todo lo que escribe se convierte en oro: con El núcleo del disturbio ganó lospremios Fondo Nacional de las Artes y Haroldo Conti; con Pájaros en la boca, el Casa de lasAméricas 2008 (lo que empujó la edición de todos sus cuentos en un solo volumen, previsto en elmercado europeo para el 2009).


Schweblin participó en casi todas las antologías sobre literatura argentina que se editaronen los últimos años: su nombre aparece en volúmenes franceses, españoles, alemanes, cubanos. Uno desus primeros cuentos, Matar un perro, está dentro de lo mejor de la narrativa breve en lenguacastellana, y algunos de los que integran este nuevo libro correrán, seguramente, la misma suerte.Me arriesgo con algunos: Pájaros en la boca, pero también Conservas y, sobre todo, En la estepa(muchos pueden encontrarse fácilmente en la Web). ¿Qué es lo que tienen sus textos, que llevó amucha gente a decir que se trata de la mejor cuentista argentina actual? Las ficciones de Schweblinson universos abiertos, por momentos absurdos, por otros perturbadores, siempre inquietantes. Haymujeres que revierten su embarazo con extrañas técnicas de meditación, seres obsesionados por lafertilidad, adolescentes que comen pájaros vivos, niños que parecen adultos y adultos que seconvierten en niños, actos de violencia inexplicables y calmas aterradoras. ¿A qué se parece suliteratura? Por momentos, al clima enrarecido de los pocos buenos cuentos de Silvina Ocampo, comoLas fotografías o La sed. No hay más que rastrear sus influencias declaradas, para hacerse una ideamás clara: Adolfo Bioy Casares, Antonio Di Benedetto, Juan Rulfo, Patricia Highsmith, Grace Paley,John Cheever, Raymond Carver, Ray Bradbury, Dino Buzzati. El trabajo de lo inverosímil es, en ella,central, como declaró en una entrevista: “Pero para que lo inverosímil funcione, es requisitoun método riguroso. Confío en la corrección, en la reescritura, en las relecturas atentas. Se puedeproducir a partir de la espontaneidad, pero en mi caso ese material precisa de un trabajo posteriornecesario”.


Hay en sus relatos una obsesión por el detalle y la construción de la trama pero, sobre todo,de los personajes. Lo que parece absorber cualquier otra preocupación formal. No sería extraño quela crítica académica pase de su literatura: la prosa de Schweblin es transparente, a vecesdemasiado limpia y correcta. De los quince cuentos que componen su nuevo libro, incluso, hay ideasque hubieran necesitado un mayor desarrollo, o textos cargados de simbolismo que parecen fábulas.Pero todo esto poco importa, al lado de la potencia de sus mejores relatos, que están aquí paraconvertirse, sin ninguna duda, en verdaderos clásicos.

*Desde Barcelona.

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