Mientras en Buenos Aires se gestaba la investigación periodística que a mediados de los noventa terminaría costándole la vida a José Luis Cabezas, Derek Alderman empezaba a elaborar en Estados Unidos una valiosa tesis académica que ahora permite iluminar la decisión que tomó esta semana la Legislatura porteña, cuando le rindió homenaje al fotógrafo de la revista Noticias, asesinado hace tres décadas. Geógrafo urbano y docente de la Universidad de Tennessee, Alderman dedicó buena parte de su carrera a estudiar por qué el cambio de nombre de calles permite recrear una memoria colectiva y socialmente compartida, al acuñar el concepto de “paisaje conmemorativo”: se trata de los espacios públicos en los que se disputa qué parte del pasado merece perdurar en el terreno cotidiano y quién tiene derecho a decidirlo.
Alderman analizó el devenir por el cual el nombre de Martin Luther King se impulsó en las calles del sur de Estados Unidos luego de su asesinato. Fueron procesos que demostraron que el renombramiento de calles no suele originarse en el poder, sino que surge como una reivindicación desde abajo: la insistencia de familiares, colegas o de la propia comunidad, que durante años empujaron una demanda simbólica, hasta que el Estado la recuperó para convertirla en ley. Ese patrón de la memoria que se abre paso desde la sociedad civil, no desde el aparato estatal, fue exactamente el que atravesó el proyecto para que la calle California pase a llamarse José Luis Cabezas.
Todo comenzó a principios de año, cuando estaba dictando clases en la Universidad del Sur de Buenos Aires (USBA), que funciona en la sede de Editorial Perfil. El calor del verano se empecinaba en permanecer en la ciudad y estábamos analizando –otra vez– los insultos de Javier Milei a muchos periodistas. Los estudiantes estaban enojados con el Presidente y, en mi rol de docente, compartía la gravedad de la situación y coincidía en que era algo que no podíamos naturalizar, pero me esforzaba en señalar que debíamos poner las cosas en su real perspectiva: era una situación compleja para ejercer el periodismo, claro, pero no era el peor momento de nuestra profesión. Ahí fue cuando recordé a Cabezas. Lo mencioné como al pasar, entendiendo que no necesitaba mayor explicación.
Pero, entonces, descubrí algo que no esperaba. Algo que me sorprendió. Algunos de los estudiantes comentaron que no conocían a fondo la historia, otros dijeron que sabían quién era el fotógrafo asesinado, pero no estaban seguros de las causas. “Yo no sé quién fue Cabezas”, completó desde el fondo del aula una joven de 19 años. Ninguno había nacido cuando el 25 de enero de 1997 apareció el cuerpo de José Luis en una cava de Pinamar, con dos tiros en la nuca, esposado y en su auto carbonizado. Esa mañana entendí que si la memoria no se construye, la memoria se apaga.
La vinculación con el barrio de Barracas no se detiene en esa coincidencia territorial. También es necesario reparar en los antecedentes que ayer recordó Jorge Fontevecchia en este diario: el edificio de Editorial Perfil, ubicado en la calle California, fue atacado con bombas dos veces, en noviembre de 1992 y en diciembre de 1995. Fueron años en que la revista Noticias investigaba a Alfredo Yabrán, con artículos en los que se detallaban sus negocios oscuros, pero en los que no había fotos del empresario para ilustrar los textos periodísticos. Hasta que el 3 de marzo de 1996 se publicó la tapa de Noticias con la imagen que Cabezas logró de Alfredo Yabrán caminando por la playa de Pinamar. Esa revista se imprimió en este edificio y de aquí se distribuyó a todo el país. Y aquí también se imprimió y se distribuyó más tarde, el 26 de enero de 1997, la tapa negra de Noticias, en la que se anunció el horrendo crimen de José Luis.
Todo eso fue lo que me llevó a impulsar, como rector de la USBA, el proyecto para que la calle California sea rebautizada José Luis Cabezas. Lo presentamos formalmente ante la Legislatura porteña el 20 de abril, bajo el expediente 1257-P/2026, dirigido a la presidenta del cuerpo, Clara Muzzio. El vicepresidente del organismo, Matías López, del bloque Vamos por Más, tomó la iniciativa y lo convirtió en proyecto de ley. Se sumaron como coautores los presidentes de bloque del macrismo, del peronismo, del radicalismo y del larretismo. La Libertad Avanza no lo firmó. El 14 de mayo se votó en primera lectura y salió aprobado por unanimidad: 58 presentes, 58 votos afirmativos, con La Libertad Avanza sumándose al consenso en honor a Cabezas. Pero en la votación definitiva, que se produjo el jueves pasado, el bloque libertario optó por la abstención. El resultado quedó en 44 votos afirmativos, cero negativos y 12 abstenciones. Había nacido la calle José Luis Cabezas.
Hay que sumar una escena que no entra en ningún expediente legislativo pero que termina siendo el verdadero corazón de esta historia. Cuando salí de la Legislatura, llamé a Gladys Cabezas, hermana de José Luis, para contarle la novedad. Le conté también que el 25 de enero de 2027, cuando se cumplan 30 años del crimen, la Legislatura inaugurará en la esquina de Editorial Perfil un monolito con el nombre de Cabezas. Emocionada, me agradeció y me dijo algo más: “El año que viene yo quiero que hagamos ahí el acto. No quiero ir más a Pinamar. Y quiero cerrar un ciclo”. Lo que no me dijo Gladys, pero pude entender sin palabras, es que durante tres décadas, cada 25 de enero, la familia de Cabezas viajó a Pinamar para recordar a José Luis en un ambiente inhóspito: era volver al lugar donde lo habían asesinado. Ahora sería distinto: la calle Cabezas habla del legado, habla del futuro, habla de la memoria.
Entonces le conté a Gladys algo que en Perfil veníamos pensando: el próximo 25 de enero de 2027 haremos un recital gratuito para inaugurar el monolito y la calle en honor a José Luis. Porque con los vecinos de Barracas y con todos los periodistas que quieren venir al homenaje, queremos celebrar juntos que no nos vamos a olvidar de Cabezas.





