Ya no me callo más.” Eso le dijo Rodolfo Walsh a Lila Pastoriza. Era Navidad, y estabadecidido entonces a dar el debate dentro de la organización. El desastre se profundizaba, lainercia triunfalista persistía en los documentos de la conducción, el futuro parecíainexorablemente oscuro. Y nadie decía nada. No era tiempo de silenciar las diferencias. Había queproponer una alternativa, aunque hubiese que pagar un costo político por la osadía. Eso noimportaba ahora. “Ya no me callo más”, dijo Walsh, cansado, decidido.
Mil novecientos setenta y seis había sido un año trágico. Se había llevado consigo a Paco, aVicki, a tantos compañeros. Hacía días apenas habían secuestrado a Pablo y a Mariana, los dosjóvenes compañeros con los que compartía un ámbito de militancia. Con ellos había debatido lascríticas; había escuchado con atención sus comentarios, sus protestas y sus problemas; sus hastíosy sus esperanzas. Con ellos repetía con frecuencia las rutinarias recomendaciones en materia deseguridad, el cuidado extremo a cada paso, la desconfianza constante. Pero nada de eso fuesuficiente. La garra criminal desconocía cuidados, ignoraba nombres falsos, se burlaba de“berretines” y “minutos”. Avanzaba, ahora.
El sueño de la patria socialista se desvanecía en una pesadilla sangrienta de la que no habíaforma de despertarse. Algo había que hacer, y había que hacerlo ahora. “Ya no me callomás”, dijo Walsh, y dejó todo y buscó la máquina de escribir y empezó a politizar su furia, afiltrar su tristeza más profunda cuidando cada adjetivo, a hurgar en su dolor hasta extirpar deallí la crítica justa, en busca de la raíz que había echado todo a perder. La “furiafría”, otra vez. Como en tantas otras ocasiones, iba a intentar cambiar la historia armadoapenas con una máquina de escribir y una tonelada de palabras que no podía callar más.
Las primeras semanas después del golpe militar habían sido devastadoras para la orga. El cercose estrechaba desde el interior hacia Buenos Aires, y la garra criminal de los militares parecíacapaz de aniquilar cualquier estructura clandestina. Un día uno, al día después otro, loscompañeros faltaban a las citas, se ausentaban de las reuniones, se esfumaban sin dejar rastro. Lascaídas se sucedían y no había respuesta. La efectividad de los grupos de tareas en su faena asesinano dejaba célula de pie. Para octubre de 1976, el Consejo Ejecutivo Nacional de Montoneros habíagirado un extenso informe sobre resoluciones tácticas y estratégicas que debía cumplir lamilitancia en sus frentes de trabajo.
En el documento, se destacaba el fracaso del gobierno militar en su intento de apertura hacialos partidos políticos, la profundización de contradicciones internas en el seno de las FuerzasArmadas y la carencia de reservas estratégicas del enemigo para persistir con la represión contralas masas y su vanguardia. Sin embargo, y a pesar del diagnóstico optimista con respecto aldesarrollo de una dictadura que contaba con la iniciativa táctica y un “claro avancemilitar” sobre las fuerzas propias, la conducción montonera aprovechó el informe para admitirproblemas y fallas a nivel político y militar. “Las insuficiencias en la política de poderpara las masas, el déficit de propaganda, el aparatismo, el militarismo y el internismo nos hanimpedido capitalizar hasta el momento la hostilidad popular hacia la dictadura para convertirla enacumulación de fuerzas”, señalan como eje de la autocrítica.
Otra preocupación recorre y se repite en cada página del informe: el “internismo”.La conducción evidencia en este aspecto una clave de la situación actual de sus fuerzas, a la vezque se hace eco y responde propuestas y críticas deslizadas por un sector de la organización. Ladíscola Columna Norte, más precisamente, había insistido en su idea de descentralizar laorganización y distribuir las finanzas en cada regional, para intentar preservar a los cuadrosligados a la militancia de base; aquellos más expuestos ante la represión. La respuesta fueexactamente lo inverso: centralizar aún más el mando sin otorgar autonomía táctica, y personificarla conducción a nivel popular bajo la consigna: “Firmenich conduce la resistencia”.Asimismo, también desaconsejaba suponer que el aparato partidario era “un espacio seguro parael repliegue del conjunto de las fuerzas propias” y recomendó para la preservación de lamilitancia “la mimetización en los niveles sociales más numerosos”. La propuesta eraconfundirse con la población a través de un mecanismo supuestamente sencillo: “La preguntaque debemos formularnos para resolver cada uno de estos problemas es: ‘¿Cómo resolvería unobrero común esta situación?...’”.
Este informe es el que provocaría la respuesta por escrito de Rodolfo Walsh (entonces oficial2°), a partir de la discusión en su ámbito de militancia. Fueron, en total, cinco documentoscríticos enviados a la conducción nacional, con una distancia de seis semanas entre el primero deellos, fechado el 23 de noviembre de 1976; y el último, el 5 de enero de 1977. A lo largo de esasseis semanas, los informes que después recibirían el nombre de “Los papeles de Walsh”,van agudizando la crítica desde resoluciones tácticas particulares y el señalamiento de diferenciascon respecto a ciertas visiones estratégicas, hasta plantear de forma concreta una líneaalternativa a nivel político para preservar a la militancia; además de proponer cambios en laestructura interna de la organización con el objetivo de evitar el aniquilamiento y buscar lasraíces de los problemas que determinaron una lectura equivocada de la realidad por parte de laconducción. Si el primero de los documentos se plantea como un aporte a la discusión en el ámbitopartidario, en el último se especifica que las divergencias y las dudas manifestadas no debenentenderse “como una forma de cuestionamiento, sino de diálogo interno”.
¿Se trata, en definitiva, de documentos de ruptura? ¿Supo interpretar Walsh la opinión y elsentir de una porción importante de la militancia de base montonera? ¿“Los papeles deWalsh” constituyen un esbozo de plan alternativo del escritor, más allá de cuestionestácticas, en oposición a la estrategia de la conducción nacional? ¿Generaron estas críticas eldebate interno que pretendía provocar entre los militantes de base en la organización? ¿Respondióla conducción a las críticas allí expuestas?
Esos han sido, a lo largo de décadas, algunos de los interrogantes que generó Rodolfo Walsh consus aportes críticos en tiempos de un cerco criminal que se estrechaba cada día un poco más. Suvalidez, en todo caso y como primer aspecto por resaltar, no radica en la exactitud o no de sucaracterización de la etapa o en la eficacia (incomprobable, por otro lado) de sus propuestasconcretas para preservar a los cuadros; sino en la valentía y la coherencia de intentar ofrecerotra opción en un momento donde nadie lo hizo. El objetivo era urgente: modificar una política quellevaba al exterminio. “En los momentos más difíciles, cuando el enemigo intensificaba suspropósitos de aniquilamiento, también se intensificaba en Rodolfo su empeño por encontrar unasalida y una respuesta eficaz. El dolor exacerbaba en él el odio y, consecuentemente, la necesidadde una lucidez implacable”, destaca Lilia Ferreyra, quien también cita dos frases de Walshque permiten comprender mejor el contexto en el cual incorporó sus críticas. “Tendríamos queser muy sabios para encontrar la salida correcta”, admitió Walsh, dando cuenta de lasdificultades para dar con el camino acertado ante una realidad que ponía en juego la vida misma dela organización y de buena parte del activismo político argentino. “Tal vez haya que hallarotros medios, otras vías, otras concepciones que nos aseguren el triunfo”, planteaba,abriendo la puerta a la polémica, exponiéndose también a recibir algunas de las clásicasdescalificaciones con las que se protegía una conducción más preocupada por ajustar la realidad asus dogmas que por asumir, de una vez por todas, una profunda derrota a nivel estratégico.
Otro aspecto por destacar con respecto a “Los papeles de Walsh” es su caráctercolectivo. Si bien la primera persona emerge en la mayoría de las expresiones, resulta indudableque Walsh se ocupa de sintetizar en sus críticas las opiniones de otros amigos y compañeros de sumisma célula. “Su tarea no fue sólo impulsar y estimular el pensamiento crítico de suscompañeros, sino sintetizar las ideas de quienes lo rodearon, una tarea tal vez más difícil que lacrítica individual”, sostiene Lilia. En ese sentido, Horacio Verbitsky señala que en muchasoportunidades realizaron encuentros al margen de la estructura orgánica para analizar lo que estabasucediendo: “Recuerdo un verano, que tiene que ser enero de 1977, donde fuimos a la playaunos días y tuvimos una larga discusión sobre los planteos que se estaban tomando. Con Rodolfo, conLilia, con Pirí Lugones y su marido, y mi mujer, estuvimos diez días en una playa alejada”.De todos modos, el cuadro responsable de “subir” las críticas a la conducción eraWalsh.
De frente a una catástrofe a nivel nacional (y también personal), Walsh intentó“politizar” sus diferencias con muchas decisiones tomadas por la conducción y provocarun debate en tiempos en que cualquier diferencia era señalada como desviación; toda crítica, unatendencia a priorizar el “internismo”, y cualquier duda, como signo inequívoco dedebilidad ideológica.
*Periodistas, directores de la revista Sudestada.




