Más deletérea que ciertas calamidades de campaña, la ola antipolítica sigue enseñoreada entrenosotros y, para colmo, luce prestigiosa y adecuada al peor sentido común.
Esta semana el productor de uno de los programas de radio más escuchados comentaba que no bienponían al aire a algún dirigente o candidato, empezaban los llamados de los oyentes diciendo que noquerían escuchar más a ningún político. Extraña paradoja de no querer oír a quienes se acusa de noescuchar.
El desarrollo pleno de nuestras capacidades de ciudadano requiere afinar el oído y discernir,desentumecer el cuerpo y participar, y abandonar los prejuicios e ir más allá del sonido y la furiade los discursos de campaña.
Todos repetimos que en esta campaña faltan ideas y sobran insultos, que hay denuncias canallas,que la renuncia a los mandatos en ejercicio y las candidaturas testimoniales están al borde de lalegalidad. Pero sepamos que si perdemos toda confianza en la política, cinco personas, entre cuatroparedes, decidirán nuestro destino nacional.
Si creemos que la política fue, es y será inevitablemente una porquería, mejor quedarse en casacon nuestros asuntos privados. Pero hay otra realidad, no apta para cínicos.
La decisión de involucrarse personalmente en la vida política es difícil. Aquí y en todo elmundo, es una actividad dominada por las más densas pasiones y nace de una vocación que, porcierto, tiene mucho de ilusión omnipotente: la de representar y ser mediador de los deseos ypreocupaciones de los demás para cambiar el estado de las cosas, combatir las injusticias y darlefuerza a la comunidad para que su voz se escuche y sea tomada en cuenta.
Un país puede estar determinado, en algún punto, por su geografía y sus condiciones naturales;pero nuestro destino comunitario está determinado por la voluntad participativa de quienes laintegramos y de los liderazgos que nos inspiran.
Una comunidad viva y dinámica es una construcción permanente; no viene dada de una vez y parasiempre. Quien se decide a participar activamente en ella abandona el cinismo tan nuestro del“no va a andar”, e intenta que sus palabras y sus acciones le acerquen la confianza desus pares y de la sociedad que quiere representar.
Hay cientos, miles de mujeres y hombres con esa vocación política y muchos de ellos desplieganese compromiso en su partido político, en su organización barrial, en su sindicato o en su lugar deestudio o de trabajo. Lo hacen sabiendo que es una iniciativa de éxito incierto y frustraciónprobable, en la que quizá termines arrojándole tu honra a los perros.
Muchos de los que participan hoy en la arena política despojándose de todo cinismo y ambicióncorrupta supieron desde el inicio que iban a tener que lidiar, dentro de sus mismas organizaciones,con los que sólo buscan notoriedad o beneficios personales. Dividir las fuerzas políticas entrehonestas y deshonestas es cándido y erróneo. Ser de derecha o de izquierda, peronista, radical osocialista, creer que el mercado lo ordena y arregla todo o que el Estado debe intervenir, regulary orientar, son marcas de identidad ideológica. Pero nunca han dividido las aguas de la ética o lamoral.
Por eso se requieren ciudadanos curiosos e inquietos, que estarán más entusiasmados si losdirigentes asumimos nuestra obligación, a partir del 29 de junio, de renovar, democratizar yreorganizar nuestros partidos con padrones genuinos de afiliados y elecciones internas deautoridades y candidatos. Ahora mismo y sin demoras.
Por mucho que nos disguste esta campaña, a los candidatos en disputa no los separa solamente elespanto, sino las distintas ideas acerca del cómo y cuánto debería participar el Estado en laeconomía; o si nuestros recursos naturales deben ser explotados y administrados por el Estado o laempresa privada; o cuánto deben aumentarse los presupuestos de educación y salud, y de dónde sacarel dinero para ponerlo allí; o cómo y cuánto de la renta nacional se transfiere de los más ricos alos más pobres, por razones humanistas o para bajar la criminalidad.
La tarea de separar la paja del trigo y acompañar finalmente a la fuerza política y al candidatoque mejor representa las ideas de cada uno es hoy más compleja que otras veces –aun paramuchos que tenemos pertenencia partidaria– pero es posible. Como también es posible, a pesardel desencanto –o precisamente por eso–, que como ciudadanos participemos más, buscandomás información sobre los partidos y sus candidatos, o proponiéndonos como autoridades de mesa ovoluntarios en la fiscalización de los votos.
El ejercicio de nuestros derechos y el cumplimiento de nuestras obligaciones nos haceciudadanos.
Pero hay algo que no podemos reclamar ni se nos puede exigir, y sin embargo hace la diferencia:asumir nuestras responsabilidades.
*Ex jefe de Gobierno de la Ciudad.




