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Los sueños de Obama

En su autobiografía, Los sueños de mi padre, cuya traducción al castellano salió este mes en Buenos Aires (Debate), Barack Obama reflexiona sobre la herencia multirracial que le dio un perfil tan singular y recuerda cómo aprendió de su padre que la confianza es la clave del éxito. Palabras que cobran significado en momentos en que el presidente estadounidense afronta su primer desafío americano, en la cumbre de Trinidad y Tobago.

Los sueños de Obama
22-08-2026 | 11:03

Pocos meses después de mi vigésimo primer cumpleaños recibí la llamada de un desconocido paradarme la noticia. Por aquel tiempo yo vivía en Nueva York, en la calle 94, entre las avenidasPrimera y Segunda, en esa frontera móvil y anónima que separa la parte este de Harlem del resto deManhattan. Era una manzana inhóspita y desprovista de árboles, bordeada de edificios sin ascensorrenegridos por el hollín, que proyectaban densas sombras durante la mayor parte del día. Elapartamento era pequeño, de suelos desnivelados, calefacción que funcionaba a veces y un timbre enel portal que no funcionaba nunca, de forma que las visitas antes tenían que llamar desde unteléfono público que había en la gasolinera de la esquina, donde un doberman negro, tan grande comoun lobo, se paseaba por la noche vigilando atento y sujetando entre sus mandíbulas una botella decerveza vacía.

Nada de esto me preocupaba, ya que no tenía demasiadas visitas. En aquella época era impaciente,estaba ocupado con el trabajo y los planes pendientes, y solía ver a los demás como distraccionesinnecesarias. Esto no significaba que no apreciara su compañía. Me encantaba intercambiar algunasfrases en español con mis vecinos, la mayoría portorriqueños, y a mi regreso de clase solía pararmecon los chicos que se pasaban todo el verano en la escalera hablando de los Knicks o de losdisparos que habían oído la noche anterior. Cuando hacía buen tiempo, solía sentarme afuera con micompañero de piso, en la escalera de incendios, para fumar cigarrillos y contemplar el desvaídocolor azul del crepúsculo sobre la ciudad, o mirar a los blancos de los barrios elegantes de lascercanías que bajaban a pasear a sus perros por nuestra manzana para dejarlos que hicieran susnecesidades en nuestras aceras. “¡Recoged la mierda, cabrones!”, les gritaba furioso micompañero de piso, mientras nos reíamos en la cara tanto del animal como del amo que, serio y sinpedir disculpas, se agachaba para hacerlo.

Disfrutaba de aquellos momentos, aunque sólo brevemente. Si la conversación empezaba a desviarseo a traspasar los limites de lo íntimo, pronto hallaba una razón para excusarme. Había crecidodemasiado cómodo en mi soledad, el lugar más seguro que conocía.

Recuerdo que había un anciano que vivía en la puerta de al lado y que parecía compartir miactitud. Vivía solo, era un tipo demacrado y con joroba, que solía llevar un pesado abrigo negro yun deformado sombrero de fieltro en las raras ocasiones que salía de su apartamento. Alguna queotra vez coincidía con él cuando regresaba de la tienda y me ofrecía a subirle la compra por ellargo tramo de escaleras. En esas ocasiones me miraba, se encogía de hombros y comenzábamos elascenso, deteniéndonos en cada rellano para que pudiera tomar aire. Cuando finalmente llegábamos asu apartamento, yo colocaba con cuidado las bolsas en el suelo y él me lo agradecía con una gentilinclinación de cabeza antes de meterse dentro, arrastrando los pies, y echar el cerrojo. Nuncaintercambiamos una sola palabra, y ni una sola vez me dio las gracias por mis esfuerzos.

El silencio del anciano me impresionaba; pensaba que era un alma gemela. Más tarde, mi compañerode piso lo encontró arrebujado en el rellano del tercer piso, con los ojos abiertos de par en par ylas extremidades rígidas y levantadas como las de un bebé. La gente se arremolinó a su alrededor,algunas mujeres se santiguaron y los críos más pequeños cuchicheaban agitados. Finalmente llegaronlos enfermeros para llevarse el cuerpo. La policía entro en el apartamento del viejo. Estabalimpio, casi vacío: una silla, una mesa de trabajo; el desvaído retrato de una mujer de cejasespesas y sonrisa amable descansaba sobre la repisa de la chimenea. Alguien abrió la nevera yencontró casi mil dólares en fajos de billetes pequeños envueltos en periódicos viejos,cuidadosamente ordenados detrás de los botes de mayonesa y de conservas en escabeche.

Me conmovió la soledad de la escena, y por un breve instante desee haber conocido el nombre deaquel anciano. Inmediatamente lamenté mi deseo y me embargó la tristeza. Sentí como si se hubieseroto el entendimiento que había entre nosotros, como si, en aquella habitación desierta, el viejome susurrara una historia nunca contada y me dijera cosas que hubiera preferido no oír.

Algo así como un mes más tarde, en una fría y deprimente mañana de noviembre mientras el sol sedesvanecía detrás de una madeja de nubes, recibí una llamada. Estaba preparándome el desayuno, conel café en la hornilla y dos huevos en la sartén, cuando mi compañero de piso me pasó el teléfono.La línea estaba llena de interferencias.

—¿Barry? ¿Barry, eres tú?

—Sí..., ¿quién es?

—Sí, Barry..., soy tu tía Jane, de Nairobi. ¿Me oyes?

—Perdona, ¿quién has dicho que eres?

—La tía Jane. Escucha, Barry, tu padre ha muerto. Ha muerto en un accidente de tráfico.¿Hola? ¿Me oyes? Te digo que tu padre ha muerto. Barry, por favor llama a tu tío a Boston y díselo.Ahora no puedo hablar, ¿vale, Barry? Intentaré llamarte otro día...

Eso fue todo. La línea se cortó y yo me senté en el sofá oliendo cómo los huevos se quemaban enla cocina, mientras miraba fijamente las grietas en el yeso y trataba de calibrar la dimensión demi pérdida.

En el momento de su muerte mi padre seguía siendo un mito para mí, próximo y lejano al mismotiempo. Se había marchado de Hawai en 1963, cuando yo tenía dos años, de forma que de niño sólo loconocí a través de las historias que me contaban mi madre y mis abuelos. Cada uno tenía sus relatosfavoritos, bruñidos y desgastados por el constante uso. Aun puedo ver la imagen de mi abuelo Grampsrecostado en su vieja butaca después de la cena, tomando un whisky a sorbitos mientras se limpiabalos dientes con el celofán de su paquete de cigarrillos, contándonos cuando mi padre casi tira a unhombre por el mirador de Pali a causa de una pipa.

—Verás. Tus padres decidieron llevar a un amigo suyo de turismo por la isla. Así quefueron en coche hasta el mirador. Probablemente Barack condujo durante todo el camino por el ladoequivocado de la carretera...

—Tu padre era un conductor malísimo –me explicaba mi madre–. Acababa siempreen el lado izquierdo, por el que conducen los ingleses. Y si le decías algo simplemente seenfurruñaba por las estúpidas normas de los norteamericanos.

—Bueno, esta vez llegaron sanos y salvos; bajaron del coche y se quedaron en la barandillacontemplando la vista. Barack lanzaba bocanadas de humo de la pipa que yo le había regalado por sucumpleaños, señalando el paisaje con la boquilla, como un viejo lobo de mar.

—Tu padre estaba orgulloso de su pipa –vuelve a interrumpir mi madre–. Fumabadurante toda la noche cuando estudiaba, y a veces...

—Bien, pues aquel pobre hombre, era otro estudiante africano, ¿no?, acababa de llegar enbarco. Se ve que debía de impresionarle el modo como Barack hablaba haciendo aspavientos con lapipa, porque le preguntó que si podía probarla. Tu padre se quedó cavilando durante un minuto yfinalmente accedió. Y tan pronto como el chico le dio la primera calada empezó a toserviolentamente. Tosió tanto que la pipa se le resbaló de la mano y cayó al otro lado de labarandilla, casi treinta metros abajo en el fondo del acantilado.

Gramps se detiene para tomar otro traguito de su petaca antes de continuar.

—Pero bueno, tu padre fue lo bastante indulgente como para esperar a que su amigoterminara de toser, y después le dijo que saltara la barandilla y le devolviera la pipa. El hombreechó una mirada a aquel desnivel de noventa grados y le prometió a Barack que le compraría otrapara reemplazarla.

—Una decisión sensata –dijo Toot desde la cocina (a mi abuela la llamábamos Tutu,Toot para abreviar, que significa abuela en hawaiano, pues el día que nací decidió que erademasiado joven para que la llamáramos Grannyo). El abuelo frunce entonces el ceño, pero decideignorarla.

—Pero Barack se empeñaba en recuperar su pipa porque era un regalo y no podía serreemplazada. Así que el tío echó otra mirada y de nuevo sacudió la cabeza. ¡Y entonces fue cuandotu padre lo levantó del suelo y empezó a zarandearlo por encima de la barandilla!

El abuelo suelta una risotada y con gesto jovial se golpea la rodilla. Mientras se ríe, yo meveo mirando a mi padre, oscurecido por el contraluz del brillante sol, sosteniendo en alto alinfractor que agita sus brazos. Una implacable concepción de la justicia.

—En realidad no lo estaba sujetando por encima de la barandilla, papá –añade mimadre mirándome con preocupación, mientras Gramps toma otro sorbo de whisky y continúa.

—En ese momento, algunas personas comenzaron a mirarnos y tu madre le rogó a Barack queparase. Supongo que el amigo de Barack rezaba al tiempo que contenía la respiración. En fin,después de unos minutos, tu padre dejó al hombre otra vez en el suelo, le dio una palmada en laespalda y, tan tranquilo, sugirió que todos fuesen a tomar una cerveza. Y, ¿sabes?, tu padrecontinuó comportándose así durante todo el trayecto, como si nada hubiera sucedido. Ni qué decirtiene que tu madre estaba bastante disgustada cuando volvieron a casa. De hecho, apenas si lehablaba a tu padre. Barack no colaboraba mucho tampoco, porque cuando tu madre intentó contarnos loque había sucedido, él sólo agitó la cabeza y empezó a reír: “Cálmate, Ann”, le decía.Tu padre tenía una profunda voz de barítono y acento británico –mi abuelo metía entonces subarbilla hacia la garganta para darle mayor efecto–. “Cálmate Ann”, continuó,“sólo quería darle a ese tío una lección sobre el cuidado que hay que tener con la propiedadajena”. (...)

Gramps se levantó de su silla meneando la cabeza y, girándose, encendió el televisor. —Yatienes algo que puedes aprender de tu padre –me dijo–: la confianza es la clave deléxito para un hombre.

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