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Los treinta mil desaparecidos

Reflexiono sobre desapariciones desde la de Martins y Centeno a fines de 1971. Meses después unos pocos participamos, en el barrio de Belgrano, en la protesta por la desaparición de Juan Pablo Maestre y Mirtha Misetich. Mirtha había sido alumna mía en la facultad.

Los treinta mil desaparecidos
23-08-2026 | 06:18

Reflexiono sobre desapariciones desde la de Martins y Centeno a fines de 1971. Meses despuésunos pocos participamos, en el barrio de Belgrano, en la protesta por la desaparición de Juan PabloMaestre y Mirtha Misetich. Mirtha había sido alumna mía en la facultad. Juan Pablo, que fuebibliotecario del Departamento de Sociología, era, desde sus oficinas de Gillette, mi último nexocon Carlos Olmedo. Supe tempranamente de los centros de secuestro y ejecución, y conocí laexperiencia piloto de Patricios, por relatos de militantes desactivados del ERP –Hopen del 22de Agosto y Molinier, de Fracción Roja–, y del PCML, cuyo secretario de organización, RobertoCristina siguió visitándome hasta la víspera de su desaparición, en 1978. Por entonces publiqué unpoema dedicado a Roberto que hablaba de esas mujeres que aparecen siempre a cierta altura del poemay prometía que “esta vez lo evitaré, preferiría/que apareciesen las mujeres que nunca mas seencontrarán” y más adelante, advirtiendo que la represión sembraba terror y a la vez lasemilla de un tópico humanista para la literatura, reflexionaba: “tantos se montarán sobreellos y ellas para mercar, soñar/parecer corazones o lágrimas.” Estaba –y sigo–convencido de que la tragedia, con su excedente de terror, iba a crear un tópico culturalinconducente y destinado a multiplicarse reemplazando el “algo habrán hecho”, vigenteen la clase media de entonces, por “vean lo que les puede pasar”, vigente en laactualidad. Entre 1978 y 1979, en los que publiqué dos ediciones del poema, perdidos mis viejoscontactos, comencé a encontrarme con valerosos militantes de la UJS del P.O. y a aportar fondos asu trabajo de denuncia y gestión sobre desaparecidos. Por ellos y por los organismos solidarios,pude conocer la cuenta de las bajas, que hacia 1981 se estimó en siete u ocho mil, a los querecomendé sumar un millar, por mi conocimiento de numerosos cuadros del ERP venidosclandestinamente de Chile, Perú, Francia, Oriente Medio: ninguno de ellos figuraría en las listas.La magnificación de las cifras data de 1983 y desde entonces vengo denunciándola, mal que le pese aese comentarista de cine, que cree que la verdad es “de derecha”. Esos 30.000 figuradosbajo el auge alfonsinista representaban numéricamente una “minoría” del uno en mil dela población argentina de la época. Magnificar hasta la alícuota como argumento propagandísticoservía para acentuar la amenaza del terror, y postulaba una graduación posible en la criminalidaddel Estado como si la barbarie hubiera sido menor si “apenas” hubiesen torturado yeliminado a trecientas personas.

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