•Ensayo

Madiba le dio color al perdón

Hoy, Nelson Mandela –Madiba para su pueblo– cumple 92 años. El experimentado periodista argentino Edgardo Martolio rememora aquí sus viajes a Sudáfrica, en los que pudo ver cómo evolucionó un país del que se enamoró perdidamente. Una nación de once lenguas, con blancos que construyeron una potencia y con negros que “perdonaron desde el alma”, estimulados por un líder que no quiso ser endiosado.

24-08-2026 | 15:13

La primera vez que llegué a Sudáfrica fue en 1996. Estaba recorriendo Africa, en 4x4, hacíavarios meses y había bajado desde Alejandría, Egipto, por toda la costa inglesa, la que baña elOcéano Indico. Me habían sorprendido Etiopía y Malawi, desencantado Tanzania y Sudán y entristecidoRuanda y Mozambique; de Uganda guardaba en mi memoria la montaña de los gorilas y de Kenia elKilimanjaro, pero soñaba desembarcar en la mágica Madagascar… sólo que llegué a Sudáfrica yfue amor a primera vista.

Hacía dos años que había terminado el apartheid y en el día a día poco se advertía. Los blancoscontinuaban manejando ese día a día. Los negros, salvo en casos puntuales, no aparecían condestaque en la escena cotidiana. Todo me llamaba la atención. Había leído mucho y no encontraba, enel trato con las personas, elementos que me revelasen la angustia recién concluida. No habíacicatrices visibles.

Tengo anécdotas maravillosas envolviendo a los blancos y también historias estupendas con losnegros. Todas positivas. Mi recorrido, nada rígido, me dictaba que no debía pasar más de un mes enningún país si quería dar la vuelta completa al continente negro en dos años. Y cumplí el planhasta Sudáfrica, donde me quedé ¡cuatro meses! La recorrí toda, incluyendo Lesoto y Suazilandia.Después viajé a Botsuana, Zambia y Zimbabue, pero antes de cruzar a Namibia para buscar Angola, enel norte, volví al sur, a Sudáfrica… Me había apasionado por ese país: de su gente, sugeografía, del Kruger y el Kalahari, del Cabo de Buena Esperanza y la Mountain Table. Queríamás.

Sudáfrica era un ejemplo de prosperidad (más allá de su política). Sus fronteras cerradasdurante décadas no limitaron el país a un estremecimiento africano más. Por el contrario, loponderaron a una escala que, como argentino, me ahogaba de envidia. Ignorante, pensaba que ahora,sin los temibles bóers en el poder, todo decaería. “Ignorante” dije, sí.

Nelson Mandela, como lo escriben los diarios, o Madiba como lo llama su gente, por entonces eraun nombre del que se hablaba con respeto, pero poco; permanentemente me quedaba la impresión de queafuera de sus límites se lo nombraba y reconocía más. Hacía poco menos de un año que Sudáfrica sehabía consagrado campeón mundial de rugby, por su gestión política más que por la calidad deportivadel “quince”. Y el país estaba realmente unido. Eso era claro y evidente, tal como bienlo retrata Invictus, el film de Clint Eastwood. Un silencio similar sucedía con el premio NobelDesmond Tutú, que ese año de 1996 concluyó el informe final de los horrores del apartheid.Bienvenido informe que la población, sin embargo, no lo leyó para justificar su revancha; apenas loguardó “para que quede registrado”. Una lección de paz y construcción de futuro.

Cuando comencé a acompañar la fría corriente de Benguela, subiendo el Atlántico para desbravarel Africa francesa, “la otra mitad”, sabía que no volvería a ver nada semejante en laveintena de países que encararía. El Limpopo, los suricatos y el amarula empezaban a ser recuerdo.Imborrable recuerdo. Y esa sensación se convalidó en los 70 mil restantes kilómetros recorridos porlos deltas del Congo y el Níger, el golfo de Biafra y las arenas del Magreb. Nada parecido.Sudáfrica es única. Mandela también.

Volví doce años después, en 2008, y vi pocos cambios. Mandela continuaba siendo un nombreimportante, pero él mismo no había permitido su endiosamiento. Prefería seguir siendo Madiba. Otravez la envidia. ¿Por qué no tener alguna vez un líder con esa estirpe? El país no habíaevolucionado económicamente mucho, pero tampoco se había deteriorado como mi ignorancia presumióuna década antes. Esta vez tuve más contacto con los negros, aunque –como fui pornegocios– percibí que ciertas cosas aún eran dominio de los blancos. La convivencia, de todosmodos, continuaba pacífica y de respeto mutuo. Jamás presencié ninguna escena que reprodujesealguna imagen propia del retrato que la información internacional pudiese haber almacenado en miimaginación. Me preguntaba cómo puede ser que las hinchadas de Boca y River se peleen más que estagente. Continué enamorado de Sudáfrica.

Por fin, el Mundial. Inversamente a lo que pensaba en mi primer retorno, desembarqué en este2010 pensando que con los créditos de los bancos mundiales ahora sí encontraría “un cambiopara mejor”. Y aquí me detengo. Me obligo a reflexionar y me pregunto ¿qué es “uncambio para mejor”? ¿Más autopistas de las varias que no fueron terminadas? ¿Un tren bala quehoy es una tímida flecha? ¿Estos estupendos estadios en los que faltó el famoso “cinco parael peso”? Si todo estuviese concluido según el cronograma del Comité de la FIFA, ¿yo diríaque encontré una Sudáfrica mejor? ¿Sería tan torpe de evaluar esos elementos que, en definitiva, eldinero soluciona, por sobre lo auténticamente importante, lo verdaderamente trascendente, que es laaún mayor unión de este pueblo que antes supo dividirse, para odiarse, como casi ningún otro? Nopuedo permitírmelo. El progreso físico, económico y financiero no es todo. ¡Las reservas morales nopueden cotizar menos que las reservas de Estado! Por eso debo decir, feliz, que encontré unaSudáfrica superior y superada.

A los blancos les atribuyo inmensos méritos, principalmente el de haber hecho de este paísafricano, cortado por el Trópico de Capricornio, una pequeña potencia, digna de otro continente(separado por el progreso y la convivencia del resto de Africa). No es poco. Más aún si lo pensamosdesde esta desteñida y destemplada Argentina. Pero los blancos representan poco más del veinte porciento de la población y en cualquier otro lugar, al perder el (descontrolado) poder que poseían,hubiesen sido sino masacrados, mínimamente expulsados y no sin razón. No obstante, la poblaciónnegra, abrumadoramente mayoritaria, hizo como si nada hubiese pasado. Insisto, “hizo comosi…” porque es imposible olvidar, pero nunca quiso recordar para vengarse. Y es allícuando aparece en todo su esplendor, sin necesidad de primeras planas, sin voces microfónicas nicámaras ufanas, la figura de Nelson Mandela, como lo conocemos nosotros. Madiba, como lo llamanellos. Figura única y gigantesca. Un Gandhi moderno. Un ejemplo eterno.

Mandela lo predicó. Sudáfrica lo hizo. Esta Sudáfrica actual, la última, la que el planetaobservó en el campeonato Mundial de fútbol, dejó una infinidad de retratos interesantes, capaces demostrar a todos su actitud de “mejor que recordar por qué nos odiábamos tanto, unámonos paratal vez un día querernos”. Este cronista, si algo no tiene, es inocencia, y por ello noignora que en tantos días no vio una única pareja mixta (hombre negro y mujer blanca o viceversa)de sudafricanos besándose en una plaza o un estadio. Salta a la vista la unión de este pueblo, perosi se desea encontrar el detalle “incomodo o inconveniente”obviamente aparecerá, igualque en mi familia o la suya. Como en un antiguo matrimonio arreglado por sus progenitores, se ve labuena convivencia como también que aún falta el amor. Sería infantil pretender que –apenas 16años después de “todo aquello”– este pueblo, además de perdonarse, se amase,inclusive físicamente. Montescos y Capuletos, por ahora, sólo en la Europa del siglo XIV.

Ross, un buen amigo de Durban, una región bastante radical en cuestiones segregacionistas en sumomento, me confirmó que “si bien existen algunos casamientos interraciales, todavía llama laatención cuando se cruza en la calle una pareja con esas características”. Mientras Argentinaaprueba el matrimonio gay, parece un atraso al pacifismo sudafricano que no exista atracción sexualsólo porque la raza no coincide. Para quien vive en Brasil, como yo, resulta difícil entender quela pigmentación le gane la batalla a la imparable testosterona... Pero no lo es, porque nada puedeobservarse y mucho menos juzgarse sin su correspondiente contexto. Es mucho más atrasada la condenaa la unión homosexual en países supuestamente evolucionados que este fenómeno del (aún) nocristalizado cruzamiento de razas sudafricano.

Ni siquiera el propio Mandela pudo, en sus tres matrimonios, enamorarse y mostrar una mujerblanca a su lado. Hubiese sido una acción de marketing tan inédita como alucinante y peligrosa.Pero Mandela no es un político marketinero, palabras que hoy suenan a sinónimos. Mandela es unsabio de estos tiempos y en su sabiduría, además de la paz, está la verdad (posiblemente su armamás contundente para eliminar diferencias y derribar adversarios).

Elementos como la mestización, que el tiempo irá consolidando y acrecentando, hacen que laSudáfrica que continuaremos viendo en el futuro sea tan apasionante como esta feliz y actual y,aunque llena de dolor, como aquella que vimos en el siglo pasado. Infelizmente, pronto Mandelasaldrá de escena, pero es posible que un nieto suyo se case con una blanca. Me gustaría vivir paraverlo. El mundo empezaría a ser un poco mejor que esto que tenemos hoy y que el club de líderesKinderberg bautizara de globalización.

Volví del Mundial más apasionado que nunca de ese insólito territorio de once lenguas oficialesy mil motivos para destriparse los unos a los otros, donde –sin embargo– reina lasonrisa, el orgullo, la predisposición, la solidaridad y el mañana. Esta Sudáfrica es la obra deMandela y un modelo universal. Y como este asunto me ocupa tanto el pensamiento como el corazón, nome pasa inadvertido que en la raza negra hay algo distinto y para mejor. Creo haber aprendido quelos únicos que –de verdad– “saben perdonar” son los negros.

La historia del mundo lo demuestra y Sudáfrica es su último y más bien encarnado ejemplo. Porqueperdonar perdonamos todos, pero saber perdonar, me parece, sólo los negros saben. Perdonar es unacosa; saber perdonar otra. Yo, como usted, perdono desde la razón. Los negros sudafricanosperdonaron desde el alma. Allí reside su sabiduría. Creo que si a los sentimientos les atribuimoscolores, al perdón sólo podemos pintarlo de negro, el primer color en la paleta de Mandela.

Y quien lo dude que le pregunte a un tal Madiba.


*Periodista.

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