Cuando hace treinta años J.F. Lyotard anunciaba el fin de los grandes relatos, no podía imaginarque si bien su diagnóstico era válido para las grandes ideologías del siglo XX, no era aplicablepara todo el mundo. En un alejado rincón austral del planeta, en una república sudamericana, losgrandes relatos no sólo resistían a “los vientos huracanados de la historia”, sino quese prolongaban como en las Mil y una noches.
No hay duda de que las masas están entusiasmadas. Al menos lo están en algunas asambleas de laFacultad de Ciencias Sociales de Parque Centenario y en la falange que acompaña a losadministradores actuales de la Biblioteca Nacional. Lo están los que leen Página/12, tambiénquienes se ofrecen como redactores de periódicos distribuidos gratuitamente, o en folletinesbancados por el Gobierno, los televidentes de los programas oficiales y oficialistas, todos ellostienen derecho a su entusiasmo. Batallar contra Ricardo Alfonsín, Eduardo Duhalde y Mauricio Macries verdaderamente estimulante. Un par de guantes y a pegarle a la bolsa de arena. Lo que sorprendees que se hayan vuelto tan religiosos, que crean vivir algo inédito, que digan con fervor bíblicoque “un flaco y desgarbado muchachito de Santa Cruz vino a catalizar fuerzas visibles ysubterráneas de una realidad en estado de intemperie”, y que la presidencia de Cristinainaugura “el espacio del amor generoso materno en el campo patriarcal piadoso”.
Desde aquellos cursillos de la cristiandad que arrasaban con los carritos de la costanera,cerraban hoteles alojamiento, perseguían hippies y echaban a los profesores de la universidad queno se ve una avanzada de teología política de esta intensidad.
Es comprensible que en una historia en la que su tercera parte se nutre de un mito inacabable,que tuvo sus momentos de tragedia y otros de farsa, cualquiera que quiera estar a la altura delpasado pretenda al menos llegar a empardarle la inmortalidad a Perón y Evita. Y si como está demoda decirlo: “¡Vamos por más!”, con el corazón inflado la grey aún se proponga ganarlela partida al mito heredado y apostar por más de sesenta y cinco años de kirchnerismo.
Que por primera vez en décadas nuestro país viva nuevamente de su campo, que nuestro vecinoahora gigante nos compre autopartes, que la cesación de pagos nos habilite a no pagar deudas por untiempo, que el dinero fresco de hoy permita realizar política social aunque fuera mínima, sondetalles prosaicos, ordinarios, la mera apariencia de una realidad celestial que unos pocoselegidos visitan.
Las Madres y las Abuelas son el símbolo vivo de esta nueva fe. No está bien visto pensar que lostorturadores y asesinos deben ser juzgados sin adherir al relato setentista. Es poco compromisoasumir una posición que no parece ser más que un recurso jurídico. No alcanza con esa conviccióndemasiado laica. La conversión debe ser total, así lo establece la Madre Superiora: “Con lasnuevas madres y abuelas argentinas ha vuelto a ocupar la escena política esa primera mujer-madrecorporal, gozosa y generosa que todos –hombres y mujeres– hemos tenido para poderllegar a la existencia y ahora a la vida política de la que el terror de Estado nos habíadistanciado”, dice el filósofo León Rozitchner.
Volvió mamá, y con todo. Los polluelos bajo su sombra. El que se aleja será excomulgado: ¿porquién? Mejor preguntarle a Melanie Klein, que inventó eso de la madre devoradora.
Pasa con estos personajes consagrados a la nueva fe que cuando uno se los cruza y aflojatanta tensión condensada, hace un chiste, una bromita, toma un poco de distancia respecto deltabernáculo sagrado, siente que comete un pecado. Nos alertan de que hay cosas con las que no sejode. En seguida salta la recriminación condenatoria en nombre de la muerte, del martirio, de losdesaparecidos, de los torturados, y nos vamos al infierno por desacato.
Para quien está acostumbrado a que cada vez que se toma el atrevimiento de criticar la políticaisraelí le arrojen seis millones de cuerpos de las víctimas del Holocausto al grito de“¡traidor!”, este resurgir de la melancólica “idishe mame” ahorafortalecida es un poco preocupante. Tanto amor da espanto. Y si a esta remembranza Rozitchneragrega: “Por eso, tantas mujeres sumisas y ahítas de alta y media clase, tan finas ydelicadas ellas, no nos ahorran sus miserias cuando se muestran al desnudo al dirigirle (aCristina) sus obscenas diatribas: no ven lo que muestran. Son mujeres esclavas del hombre que lasha adquirido –o ellas lo hicieron– y al que se han unido en turbias transacciones,donde el tanto por ciento y las glándulas se han fusionado (…) ¿Y el odio de sus maridos? Deesos machos viriles que ven en Cristina, mezclados con sus maduros atractivos femeninos que leshacen cosquillas desde el cerebro hasta sus partes pudendas, a esa mujer que un flaco feo y bizcoha conquistado, no se la tragan”.
Me doy cuenta de que Rozitchner se ha inspirado en la Las viudas de los jueves, pero amigo León:yo te juro que sí me la trago, no pienses mal de mí, nos conocemos hace mucho, yo me la trago ybien doblada, para seguir con tus imágenes místicas. Y mi mujer de clase media te promete borrar desu mente todas las miserias del mundo y no tener más turbias transacciones conmigo.
Vivamos en paz. Empujemos el carro para adelante que los melones se acomodan solos, según elrefrán de un conocido pensador de onda corta y amplitud modulada. Con un crecimiento chinodesconocido en toda nuestra historia, con un porvenir cristilino por años, y tantas bendicionesmás, podemos discurrir en armonía. Como lo dice en sus epifanías el doctor Forster:“Kirchner, su nombre, habilitó, bajo nuevas condiciones, de lenguajes emancipatoriosextraviados entre las derrotas y los errores; hizo posible una lectura en espejo de otrascircunstancias históricas al mismo tiempo que nos desafió a que encontráramos las palabras quepudieran nombrar lo que permanecía sin nombre de este giro de la historia”. El doctor–que no parece distinguir entre “creersela” y creer en algo– las encontró,y son unas cuantas.
Los que tenemos más de un par de años de vida hemos conocido muchos momentos proféticos en laArgentina. Nos han prometido el ingreso al paraíso si éramos católicos sumisos al Escorial Rosado.Tuvimos la posibilidad de tener una patria socialista al grito de Perón o Muerte. Vinieron luegolos que nos auguraron la paz, la reconciliación argentina y la liberación de islas sojuzgadas.Disfrutamos de la modernidad democrática en la que se come y se dialoga con tolerancia y espíritupluralista. Un señor otrora muy querido nos ofreció el salto al progreso, la definitiva estabilidadde precios y la integración al Primer Mundo ante el aplauso de la platea de Davos. Y ahora estanueva santidad femenina y la imagen del loco del sur, que nos llevan hacia… La verdad es queno sé, no soy escéptico por naturaleza, no quiero tener el destino de Moisés que muere antes dellegar a la tierra prometida, no me resigno a ser un posmoderno relativista burgués, Dios me librede ser de derecha. Yo también quiero tener una Pachamama de izquierda, seguro que debe haber algobien grande detrás de la cortina del presente, el Bien de Platón al salir de la caverna, un solbien amarillo quizás, grabado en un yuan reluciente.
*Filósofo, www.tomasabraham.com.ar.





