En otro tiempo, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en el que se abrían todos loscorazones, en el que todos los vinos se derramaban”
Arthur Rimbaud (1854-1891), de ‘Una temporada en el infierno’
Epa. No, no... Preferiría no hacerlo, como decía Bartleby, el escribiente de Melville. Al fin yal cabo, fuimos cuartos entre los cuatro que clasificaban. ¿Qué nos quedaría entonces, si somoscampeones? ¿Matrimonio? ¿Amor eterno? ¿Esclavitud sexual? ¿Presidencia vitalicia? ¿Piquito ondaGuillote como saludo oficial? ¿Qué pretende usted de mí?, pregunto como la Coca Sarli de Carne, enpaños menores y sobre el camastro del camión frente al quinto de la fila. Ya no sé qué pensar,aunque, como bien dicen los psicoanalistas, interpretación fuera de sesión... es agresión.
Muy bien; antes de seguir conjeturando sobre este derrame de oralidad maradoniana, quisieraconfesarles algo, amiguitos. Si algo me atrae de la personalidad de nuestro trágico nacional es,precisamente, este costado brutal, lo que le sale por instinto, sin filtro ni noción del deber ser.En fin, las cosas que escandalizan a la gente bienpensante de este mundo. No es el caso de Pelé, sucontracara, que supo cómo trepar en la escala social de la mano de su sobreactuada amabilidad dedesclasado. Hoy, él es un executive amado por las marcas; Maradona no. Maradona es un marginal delujo, un autodestructivo, un desequilibrado que no puede con su vida, un monarca estrafalario quesólo acumula súbditos y fieles, jamás pares ni discípulos. Otra historia.
Siempre adoré a ese provocador. El que reservaba toda la Primera Clase de losaviones para chancletear y tomar mate tranquilo con la parentela; el que después de ver al Papadeclaraba que lo mejor que podía hacer el Vaticano era vender todo el oro y ayudar a los pobres, elque no dejó entrar a su fiesta de casamiento al dueño de la editorial a la que le había vendido laexclusiva, el que le declaró la guerra al norte rico de Italia en nombre del sur humillado, aquelque descubrió que Fidel era “un fenómeno” un año antes del Mundial de EstadosUnidos.
Ese descarriado incorregible me divierte tanto como me enfurece su opuesto: el quebrado quenegocia mal y se entrega peor. El Maradona que le dedicó su biografía oficial a Menem, el queposaba con una remera estampada con la cara de Cavallo, el que ahora llama “el Jefe” aGrondona, después de tratarlo de mafioso, el que ama y odia según el día o la humedad, el que niegaa sus hijos, el que prepotea cronistas aterrados, el que nos manda a chupársela después de entrarde última al Mundial con un equipo que jugó espantosamente. Puro amor-odio, el único combustibleque lo alimenta.
Volveré a Sartre, si me lo permiten. Maradona fue eyectado a este mundo y pasó sin escalas delpiso de tierra de Fiorito al Olimpo inmaculado de los elegidos. Con la pelota en los pies fue elmejor. Sin ella, es lo que ha podido hacer con lo que antes hicieron de él: un hombre lleno deangustia, abrumado por una carga intolerable; mito viviente de un país que lo usa para negar sudecadencia. ¿Quién puede sorprenderse con esta reacción? No seamos hipócritas, muchachos: Maradonaes nuestra criatura. Nuestro monstruo de Frankenstein.
Ni la voracidad de las multitudes que lo consumen como a una droga ni la piedad que siempre meha generado ese status de ídolo inhumano disimulan una certeza tan incómoda como obvia: Maradona noestá en condiciones de conducir nada. Simplemente no puede, y los porqués están a la vista. Quienhaya sido el responsable de haberlo colocado en esa perversa situación de premio-castigo deberíahacerse cargo. Ningún negocio puede valer tanto, señores. ¿O sí?
Intenté explicarlo en esta misma columna, hace un mes: “Su imposibilidad, más quepráctica, es ontológica. Maradona es pura intencionalidad. Carece por completo de método; noconcibe al mundo más allá de su propia experiencia. Su universo se reduce a una cancha eternamentedividida en dos y su pensamiento responde a esa rotunda lógica binaria: blanco/negro,nosotros/ellos, compañero/traidor, amigo/enemigo. Para funcionar necesita del conflicto. Si noexiste, lo inventa”.
El circular Maradona odia la palabra “proceso” pero llama“antiargentinos” a sus críticos, igual que esos militares. Su nuevo enemigo son lospérfidos periodistas, los mismos que siempre lo adularon de manera repugnante, obligados –nohabía otra manera de relacionarse con él– o porque trabajaban “de amigos”. Meniego a hacer una defensa corporativa: el nivel de esta profesión ha descendido dramáticamente enlos últimos 20 años y me cuesta sentirme colega de más de uno. Tampoco caeré en el lamentoprovinciano de llorar por “la mala imagen que le damos al mundo”. Tarde piaron: eso queMaradona describe con sutileza de mamut es lo que pasa en este país cada vez que un poderoso ganasu partida. Sucede, aunque nadie lo escuche por la tele. Así somos.
Hace rato que el mundo nos observa con una mezcla de estupor y profunda desilusión,compatriotas. Damos más pena que vergüenza y el pobre Maradona, una vez más, es nuestro mejorespejo.





