•recursos

Meados por los perros

24-08-2026 | 14:55

Las cosas no suceden solas. Quiero decir aisladas. Si eso pasa, la razón se de-sespera y hace loúnico que sabe hacer: yuxtaponerlas, acercarlas, buscar las reglas generales detrás de la inocenciaespantosa y particular de la catástrofe: su contemplación produce regodeo.
Cuanto más aislados estén los acontecimientos de la realidad que logran juntarse mágicamenteen la cabeza, mayor es el efecto de atracción-repulsión. Un pulpo elige su alimento de una caja conuna bandera; un equipo de fútbol a miles de kilómetros gana o pierde un partido. Un dios literariocrea a la mujer a partir de la costilla de Adán; millones de mujeres en el mundo viven la opresiónde género y lleva milenios revertirla. En cada caso la relación entre ambos acontecimientos essupersticiosa. Pero la relación causa-superstición-efecto ha regido políticamente el mundo tanto omás firmemente, que su doppelgänger cercano y opuesto: el procedimiento científico.
Unos amigos eslovacos me preguntan por qué se festeja en la Argentina cuando Brasil pierde.No sé, les digo. Supongo que los brasileños se presentan como los mejores del mundo. Entonces suderrota, percibida como catástrofe, constituye un deleite.
En Alemania es popular un experimento poco ortodoxo: alimentan a un pulpo (Paul) con doscajas de acrílico, ponen en cada caja las banderas de Alemania y de su eventual contrincante, yluego consideran la elección alimenticia del pulpo como un oráculo. Paul viene acertando todos lostriunfos. Incluso el fracaso ante Serbia. Ahora predijo que España les ganaría. Y sucedió. Yohubiera preferido ver ganar a Alemania, al menos para desarticular la relación pulpo-resultado,porque –lo confieso– la superstición me repugna. Las personas supersticiosas no me hanhecho nada malo. Ni yo a ellas, creo. ¿O sí? Realmente esperaba que ese molusco horroroso acabarala farsa. Ahora parece que el pulpo inteligente tiene razón y yo no. Es una derrota para los queamamos la relación causa-efecto que ocurre en las ciencias, tanto como la obturación de la misma,que se da en las ficciones.
En Santa Rosa de Lima, Santa Fe, en la pared de una agencia de quiniela (nada casual) unperro callejero orinó y “apareció estampada la imagen de Jesucristo”. La altura de laimagen es lo que hace presumir que fue el pichín del can. Los vecinos agradecen el hecho, y confíanen que es un signo de cosas venideras. Este perrito “tuvo la buena voluntad de orinar unJesús”, dice uno con voz quebrada, acá, en esta ciudad donde, ya lo ven, no todo lo que pasaes malo. No vale la pena discutir el remoto parecido entre el meo y esa eventual fotografía delJesús (que una vecina cita como prueba). Es una mezcla entre el (ya demostrado) falso Santo Sudarioy la iconología canchera que pinta a Jesús como un pelilargo cool y buena onda. Las cosas ocurrenpor separado. Y el que quiere ver, ve.
Pulpos, meos caninos, pasquines: el aburrimiento que yace en la causalidad hace que lasuperstición elija cada vez formas y colores más vistosos.
Es –lamentablemente– el mismo recurso político que persiguió a Galileo. Y a otrostantos.

También en Perfil