Mercenarios

Mercenarios
24-08-2026 | 14:57

Hablamos de un tercero. Me cuenta: hace lo que le pidan. No tiene problemas. Al narrarlo, admiteel hecho con naturalidad exasperante. ¿Qué problema va a tener? No, claro, respondo, seguro, ¿quéproblema?
En serio te digo, reitera. Es uno de esos tipos que denuncian un día negociados en elGobierno e incluso que el ministro o secretario fulano ya está liquidado, y al día siguientedesmienten todo y hablan de la “máquina de impedir”. Así, de una, de frente manteca. Esun mercenario asumido, murmuro. Exactamente, ratifica.
Hablamos de un mercenario, una persona que opina y opera a sueldo, o mejor dicho a façon,como se dice en el gremio del vestido, a pedido del comprador. Espeso silencio. Barruntamos lasproyecciones de esta porquería. Sabemos que no es un caso único. Sólo hablamos de la faunamediática, pero en el país que acuñó el verbo borocotizar, a ninguno se nos caen los anillos.Argentinos, todo lo vimos ya, no hay asombro.
¿Tierra de mercenarios? Me recrimino e incluso me pregunto si no será un vocablo demasiadoapocalíptico. Me imagino a los detractores, recordándome los crímenes de sicarios en las ciudadesnarco-devastadas de México. ¿Qué, entonces? ¿Sería más indulgente hablar de comodines, mano de obradisponible, prostitutas ocasionales, toda buena gente a la que resulta un poco fuerte describirlacomo profesionales del crimen, cuando sólo son módicos inquilinos de la infracción, arrendatariosde la marginalidad?

Proliferan en la Argentina personajes cuyas opciones actuales suscitan mucho asombro,incredulidad, desasosiego. ¿Qué le pasó a fulano? ¿Cómo puede decir hoy todo lo contrario de lo queopinaba hace dos años y medio?
No tengo respuestas satisfactorias, naturalmente, ni explicaciones. No sé qué les pasó, peroes raro, admito desde ya, y además es muy desconcertante.
Hay casos que uno conoce de manera fehaciente. Como ese famoso tan notorio, por ejemplo, queme confesó aquella tarde en un bar de Avenida de Mayo y Chacabuco que un columnista de su programase le había ido, sencillamente, porque en una radio kirchnerista le pagaban 30 mil por mes, seisveces más de lo que cobraba con él hasta ese momento. No mencionó convicciones, ni ideales, sinouna pedestre y tangible cuestión de dinero. Tarasca. Algo simple.
Pero ese famoso me daba, hasta ese momento, imagen de integridad y transmitía la sensación deser una persona de una pieza, a la que algunas (pocas) cosas del poder le gustaban y otras (muchas)no, aunque seguía dispuesto a preservar su independencia y su decoro. ¿Por qué no sacaría,entonces, las conclusiones de esa renuncia, la de su colaborador, al que, incómodo con las críticasal Gobierno, una empresa privilegiada por los Kirchner fichaba por un cachet desproporcionado yfuera de lo normal? El no quería sacar conclusiones, pero en la retaguardia de su mirada ya seanticipaban sus propios y sórdidos cambios, un patrón de conducta formateado:progresismo-devenido-oficialismo como forma superior del cinismo.
Periodistas otrora indómitos, como aquel que solía ladrar en los años noventa, alegando quedar buenas noticias es propaganda y no periodismo, terminan consumiendo sus credenciales en arasdel nuevo mundo feliz anunciado y –dicen– ejecutado por el matrimonio presidencial.

Ancianas mujeres que dedicaron más de tres décadas de sus vidas a impugnar el terrorismo deestado y negarse a convalidar todo tipo de impunidades, ronronean hoy con beneplácito bajo lafrazada caliente de la protección del Estado, no sólo olvidadas ya de sus míticasirreductibilidades ante la seducción corruptora del poder, sino incluso explícitamente deleitadaspor integrar el aparato de conducción.
¿Todo era tan barato y simple? Confieso mi atragantamiento ante esta pregunta. ¿Cómo es queel silencio o la complicidad clamorosa de alguien del mundo de los medios, podría valer diezmillones de dólares? ¿Cómo una universidad fraudulenta y un plan de viviendas populares van aimplicar la firma de un contrato letal con ese mismo Estado contra el que sus hijos y nietos selevantaron en armas? ¿Cómo se entiende que personas habituadas al prisma inquisidor, riguroso ysiempre insatisfecho del verdadero intelectual, sean domadas por migajas monetarias y la promesa deesa notoriedad mediática que en el fondo siempre codiciaron?
Espasmo de desconcierto. Durante el mortuorio siglo XX no pocas purezas heroicas mutaron entraiciones épicas. Pero en aquellas circunstancias, colaboracionistas y traidores diversos emergíandesde el miedo al horror de los crematorios y los campos de concentración, y la certeza de no habernacido para ser héroes.

También aquí en los años setenta, no pocos guerrilleros marcaron a sus ex compañeros aún enlibertad, o directamente colaboraron con sus torturadores.
Pero en la cachonda Argentina de 2010, a nadie le aguarda el potro de tormentos si se anima anegar que la ley de medios sea “la madre de todas las batallas”. No es cierto que lasalternativas de convertirse en tropa del poder sean la muerte o el exilio amargo. Lo más llamativoy desesperante de lo que acontece, ahora mismo, en este país es que el Gobierno fue exitoso enreclutar adultos que encaran ya la edad del retiro y que, como varones maduros ilusionados con lapromesa de un orgasmo juvenil y rotundo como los de antes, advierten que parte el último tren yque, por lo tanto, dale que va, por qué no montarse a él.
¿Mercenarismo de baja intensidad? Podría decirse eso, pero en cualquier caso no deja de seruna taciturna moraleja, que surge del espectáculo enervante de un trastrocamiento fenomenal, unapoderosa ficción, armada a
puro “relato”.
La revolución no la hicieron, ni tampoco asaltaron el Palacio de Invierno, pero seconvencieron de que es progreso lo que les pintaron como progreso: Lo aceptaron y vivieron como sifuera realidad. Como me dijo una vieja novia de los años de plomo, hoy oficialista de paladarnegro, “les banco todo, incluyendo el Botox y las carteras Louis Vuitton”.
Ah, bueno, acabáramos. ¿Era eso entonces?

También en Perfil