Para este martes se imagina un show de entrega de premios de cine con el lanzamiento del informe“La verdad”, sobre la empresa Papel Prensa. Un combo anunciado que incluye laintervención presidencial de la compañía –en la cual participa el Estado–, acusada deilícitos no habituales en ese tipo de empresas. Anticipan que la ceremonia podría contar conembajadores, empresarios, políticos, artistas y, por supuesto, el coro gubernamental que en unmismo acto, y a través de la Justicia, concluiría para llevar a prisión sine die a Héctor Magnetto,el zar de Clarín. Tan cinematográfico el propósito que, con transmisión en directo, hastatestimoniaría el momento en que una comisión policial esposara a Magnetto en su reducto de la callePiedras, en el mítico cuarto piso del diario. Casi un reality. Aunque, en el fuero íntimo de losKirchner, ese desenlace parece lejano, improbable. Sin embargo, en este caso interesa el cacareo yel pomposo marco que podría rodear la presentación del informe; de ahí que cierta correntadaempieza a darse vuelta, por ahora, en silencio. Aunque faltan horas, mucha agua ha de correr hastaese día.
Al margen de si Cristina es menos tolerante y más proclive a las sanciones que el propio Néstor,cuestión que confiesan amigos del ex presidente, lo cierto es que en el núcleo duro del Gobiernohay dudas sobre el alcance de la denuncia y la intervención: algunos temen convertir a Magnetto enun caso Dreyfus. Otros, en cambio, insisten en que la flecha ya fue disparada, que el empresariopasará a ser un criminal de hecho, derecho, y la intimidación sobre él supondrá el adicional yautomático correctivo para el resto de la clase dirigente argentina, medrosa –como sesabe– para entender el juego político del todo o nada al que es tan afecto el matrimonio.Vanidosos imaginan esa jornada como un antes y un después en la vida política argentina (justocuando caducan y no serán avaladas las facultades delegadas en el Congreso). Tal vez lo sea, peroaun así ronda un razonamiento: imputarle el delito de lesa humanidad al numen del Grupo Clarín–y por lo tanto, ponerlo eventualmente entre rejas– podría exceder la propia categoríaque a esa violación le acaba de reconocer el jurista argentino Luis Moreno Ocampo, presuntoespecialista en el tema. Parece exagerado endosarle a Magnetto el mismo nivel delictual que asangrientos dictadores del Africa, de Ruanda a Darfur, o de los otrora castigados Balcanes. Por nohablar de los militares locales. Curiosamente, si bien abundan las prevenciones sobre Magnetto y elpoder de fuego poco escrupuloso que a lo largo de los años ejerció Clarín para sus negocios, amuchos les cuesta asociarse en una condena tan ignominiosa.
Se observa, entonces, otro impedimento para la magna presentación: la reticencia de losempresarios, por lo menos, para compartir la tribuna del escrache. Algunos se imaginan cómplices deun festín en el cual, más tarde, ellos mismos podrían ser parte del menú. De ahí que lo que parecíaun trámite habitual de persuasión/extorsión para Julio De Vido y Guillermo Moreno, tropieza conciertos obstáculos: quienes se fotografiaron con Magnetto últimamente, como si fuera un acto socialy no un aval a sus maniobras, los más buscados hoy por el Gobierno para presenciar la ejecución ymostrarlos a su lado, no parecen gozar de ese nuevo privilegio exhibiéndose tan repentinamentevolátiles y cambiantes. Amenazan resistir con la ausencia y no por encuadrarse con Alfonsín,Duhalde, Solá, De Narváez o Macri, también comensales. Y, lo peor, como cierto miedo los gobierna,se han atragantado con lecturas de Bertolt Brecht dirigidas al proletariado y empiezan a creer que,tras la deliberada ruina de Clarín y su jefe, progresarán otras escaladas persecutorias, caceríascomo la que se acaba de decretar sobre Techint, con denuncias de dumping sorpresivas y trabasimpuestas en sus plantas por los camioneros de Hugo Moyano. Justo él que, ni en su más tiernafantasía, se le ocurrió bloquear por zonceras la actividad de la principal multinacional argentina.Esto se explica por el cariz vengativo que nutre la operación contra Magnetto, quien en sudesesperada defensa había logrado alinear a Paolo Rocca, de Techint, el que a su vez se sumó a esaparada por el arrebato que advierte en el oficialismo para copar el mundo empresario y las propiasempresas. Ahora Rocca, ya un “colorado” antipático, aparece para el Gobierno como elbanco que garantiza a Clarín, ascendió un escalón peligroso; el poderoso empresario al cual se lepermitían extravagancias confesas como la de nutrir a Roberto Lavagna mudó al calificativo deenemigo. Y los Kirchner, contrariando hasta las reglas elementales de Maquiavelo, atacan todos losfrentes en forma simultánea; golosos, quieren comerse todas las fichas de una sola vez, cuando loeducado y estratégico quizá sería engullirse los elementos de a uno.
La espectacular movida del 24 –hay que insistir, una de las más trascendentes de laadministración Kirchner– viene precedida del intento de desguace económico del Grupo Clarín,ya manifestado con el cierre de Fibertel y su influencia en Internet. Y la presión para que laCorte Suprema habilite la aplicación de la nueva Ley de Medios. El ataque a Magnetto, sin embargo,rebasa lo económico y quizás afecte el espíritu noble –se supone– de podar la dominanteexpansión, casi monopólica, que han consolidado en los medios de comunicación los herederos deNoble. Magnetto era un contador que integraba el directorio de Clarín cuando este diario recibió elobsequio de los militares (una cuotaparte accionaria de la papelera Papel Prensa de la familiaGraiver) junto a La Razón y La Nación, casi de rebote debido a que Máximo Gainza Paz, de La Prensa,rechazó el regalo por razones éticas alegando que un diario no podía aceptar una gracia estatal deesa envergadura. Hoy será más que la familia Peralta Ramos, que los Mitre, inclusive que la propiaHerrera de Noble, pero entonces –hace más de treinta años– se alistaba en una hilerasecundaria. No lo libera de ciertas responsabilidades, de ser receptor de una anómala expropiaciónocurrida entonces a un empresario privado que se había abastecido de fondos provenientes de lossecuestros y, tal vez, hasta se lo puede comprometer con un posible pacto entonces con las FuerzasArmadas para disimular lo que éstas hacían en materia antisubversiva o amplificar su propaganda.Procedía como alto empleado, igual que los socios de su empresa en el nuevo emprendimiento, el cualluego se desarrolló con otras ventajas del Estado que pagaron el resto de los ciudadanos. Nonsancto, claro, pero para el crimen de lesa humanidad falta un trecho brutal.




