•Panorama // Poder y drogas en america latina

Narcopolítica en la agenda

En una cena celebrada hace ya muchos años en Brasil, un alto jefe militar paulista compartió con sus compañeros de velada una preocupación: algunas de las estructuras delictivas simultáneas al carnaval de Río comenzaban a radicarse también en San Pablo.

Narcopolítica en la agenda
23-08-2026 | 16:01

En una cena celebrada hace ya muchos años en Brasil, un alto jefe militar paulista compartió consus compañeros de velada una preocupación: algunas de las estructuras delictivas simultáneas alcarnaval de Río comenzaban a radicarse también en San Pablo. A su juicio, eso era un claro indiciode que el narcotráfico viajaba al corazón industrial de su país. La alarma tuvo su misa iracunda enoctubre de 2002, cuando un contingente de camionetas cargadas con sicarios armados, ametrallaron elPalacio de Gobo para intimidar al gobierno ante la prisión del cabecilla narco Fernando da Costa,por entonces considerado el mayor traficante de América del Sur.
A principios de este año la televisión mexicana mostró los despliegues militares ordenadospor el presidente Felipe Calderón en Ciudad Juárez, quizá el lugar más violento del país azteca.Sobrecogía ver las imágenes de camiones militares descargando su carga humana de soldados, no enguaridas clandestinas o en lujosas mansiones de notorios criminales, sino en juzgados y comisarías.
A veces, alienados por las crisis cotidianas, los individuos no perciben los grandes cambiosque transforman la vida. A las sociedades les pasa lo mismo. Muchos comprenden que la droga es unadesgracia humana, que es un multiplicador del delito y que no es combatida con eficacia. Pero muypocos alcanzan a percibir que dentro del problema de la droga se está gestando la mayor amenaza delsiglo XXI para las instituciones democráticas y los derechos humanos en la América Latina.
Según ha informado la ONU este año, hay al menos 200 millones de usuarios de sustanciasilegales en el mundo censado. Y de ellos, más de 40 millones son adictos. Este enorme problemahumano es a la vez un inmenso mercado. Jean de Maillard, juez francés autor de un exhaustivoestudio global sobre la criminalidad financiera, estima en 400 mil millones de dólares anuales lasganancias del narcotráfico global, algo así como un 8% del comercio internacional.
El poder de corrupción y de contaminación social e institucional que ese enorme dinero generava rodeando cada vez más a los hombres en todo el mundo. Y muy particularmente, rodea y ahoga a loslatinoamericanos.
Recientemente, el Brooking Institute de los Estados Unidos –un conocido think tankdemócrata– sentenció en un informe que las guerras localizadas sólo producen mudanzas de loscentros de narcotráfico. América Latina es el mayor productor mundial de cocaína y marihuana.Dentro de unos niveles de producción global estabilizados en los últimos cinco años según lasNaciones Unidas (Unodc), la región ha crecido en producción, en consumo y hasta en el rubrorelativamente nuevo de las drogas sintéticas. A pesar del Plan Colombia y de los ingentes esfuerzosdel México de Calderón en la materia. Las segundas y terceras líneas de los carteles colombianos dela coca y de los mexicanos de la efedrina han resuelto sus dilemas migrando a nuevos países, comola Argentina.
Nuestros países contienden con el gran dilema del narcotráfico convirtiéndose en un factor depoder, en el dominador de territorios y poblaciones, en la principal amenaza a la política comoherramienta para transformar la realidad y en un abierto desafío a los derechos humanos. En elInforme de marzo de este año publicado por la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia,se advierte del peligro de criminalizar los conflictos políticos a causa de la droga enLatinoamérica. Los fundadores de la Comisión saben sobre lo que están alertando: son FernandoHenrique Cardoso –quien fuera dos veces presidente de Brasil–, César Gaviria, expresidente de Colombia, y Ernesto Zedillo, ex presidente de México. Para comprender apenas un pocola iniciativa de estos hombres, es pertinente recordar que los dos últimos accedieron a lapresidencia de sus países tras el magnicidio de quienes deberían haber sido los respectivoscandidatos: el colombiano Luis Galán Sarmiento, asesinado en 1989, y Luis Donaldo Colosio, muertoen 1994.
En Argentina y en toda la región se está comenzando a escuchar el llamado de estos líderes.Todo el que pretenda un lugar en el plano de los dirigentes debería intentar dejar a un lado lasdisputas políticas y ensayar unos acuerdos mínimos sobre estos graves asuntos. Cualquier acciónpolítica en este tema lo será ante todo en defensa de la democracia y los derechos elementales delhombre. Se debe dar prioridad a políticas de prevención y de contención de daños que lleven adesagregar el universo de drogas consideradas ilegales e impulsar regímenes especiales queconsideren al adicto cada vez más como a un paciente del sistema de salud. Deben profundizarse yasegurarse las medidas de control y represión del lavado de activos, como propone la AgendaNacional Argentina dictada en 2007 y de acuerdo con las 40 recomendaciones emanadas del Grupo deAcción Financiera Internacional (al que pertenece Argentina). Debe acelerarse la radarización delterritorio, acentuando la intensidad que ha impreso el Ministerio de Defensa, para erradicar cuandoantes agujeros de control y “vuelos no colaborativos”.
Pero todos los esfuerzos no alcanzarán si no se acepta que la tarea es conjunta, regional yglobal, y que debe ser colocada por encima de las diferencias políticas. Los centros más grandes deconsumo, de lavado de activos y de producción de armas están fuera de la región latinoamericana.Estados Unidos y Europa, aún con matices que los diferencian, no tienen en el problema de lasdrogas una amenaza a sus instituciones. América Latina sí. Está atravesada por el drama humanoindividual, los efectos sociales de violencia y marginación y la criminalidad compleja. Pero es enAmérica Latina donde este flagelo debe trascender con urgencia la crónica de noticias policíacasporque es el territorio, la libertad y las propias instituciones las que están en grave compromiso.
Si hay un proyecto de dominación por parte de algún hegemón global que transita, su nombre esnarcopolítica. Las visiones conspirativas, una golosina local, deberían enfocarlo. Así, el debatesobre los márgenes de la prohibición o la licitud del consumo trae con ingredientes de coyuntura ala polémica estratégica. Mientras las discusiones de margen encienden los espíritus, lanarcopolítica avanza y engangrena a las democracias en las que vivirán las próximasgeneraciones.

También en Perfil