•mas dolor que felicidad

Nuestra fijación culpabilista

Las mangueras barren la 9 de Julio, es el fin de fiesta. Ojalá que el agua no se lleve lo más puro de esas jornadas del Bicentenario: la expresión entregada de la multitud en torno de un momento patrio, unitivo, transpolítico.

24-08-2026 | 13:26

Las mangueras barren la 9 de Julio, es el fin de fiesta. Ojalá que el agua no se lleve lo máspuro de esas jornadas del Bicentenario: la expresión entregada de la multitud en torno de unmomento patrio, unitivo, transpolítico.
Las pequeñeces de nuestra falta de estilo y de tanta verbosidad ya no cuentan. Macri y laPresidenta, infatigable, se manejaron finalmente con eficacia y corrección. Pese al error de laausencia presidencial, el Colón recobró su fasto. La fiesta de la calle fue como si hubiésemosganado un Mundial. La reflexión fue escasa. No hubo palabras memorables o convocantes sobre nuestramediocridad política, y la urgencia de un cambio profundo.

Hubiese sido el momento de pensar adónde hemos ido a parar, qué es lo que falla en nosotros, quéenfermedad secreta nos hace retroceder como en el juego de la oca. Tenemos todo, menos la capacidadde administrar eficaz y legítimamente ese todo. Ya somos un “caso” internacional.¿Quién puede entender nuestra patológica contradicción? En el desfile final de artefactos ycarrozas los libretistas destacaron más el dolor que la felicidad. No exaltaron la realidad y lapujanza confiada del país que se arrancó del desierto en tres décadas y se transformó en el másculturalizado de Iberoamérica. No aparecen los millones que hicieron la América y tuvieron el hijodoctor; ni las generaciones de chicos con infancias felices. El clima predominante fue el luctuosocon las escenas de más intenso expresionismo: los anarquistas, las Madres con el hallazgo de suspañuelos fosforescentes; los soldados de Malvinas con más cruz que ametralladora. Todo muy sombríocon abundante lluvia e inclemencia como para subrayar lo que ya es extremo. Sabemos que somosprobados y grandes veloristas. Tenemos genes etruscos: la casa de la muerte nos parece másatrayente y sólida que la de la vida.

Pensé al ver ese despliegue descompensado en las conmemoraciones similares en Estados Unidos, enFrancia en el doscientos aniversario de la Revolución, o en el centenario de San Petersburgo. No secentraron en las atroces matanzas de yanquis contra sureños, ni en los bombardeos de Vietnam, ni enel monstruoso acto de Hiroshima. Los franceses reencontraron su orgullo nacional en las batallasnapoleónicas, más allá del desastre de Waterloo. Cantaron el logro, lo feliz, lo grande, lovaliente. No prefieren creer que la vida fueron las ratas devorando los cadáveres de sus soldadosen el fango del Marne. Nosotros parecería que queremos ocultar la aventura argentina y presentar elpasado como un persistente triunfo de la trampa y el complot, de la injusticia y de sufrimiento.Cuando la Presidenta elige su film conmemorativo que muestra a sus pares elige rebeldes más bienhistóricamente fracasados: Pancho Villa, Sandino, Arbenz, Cárdenas, Allende, nuestro Guevara,¡Tiradentes!, Evita. Y Perón… El mundo fue más bien en contra de lo que pensaron estasfiguras fascinantes. Es como si Argentina negase lo que pasó en Rusia desde 1989 y con DengTsiaoping en China, o con la larga economía sin independencia de la querida Cuba. En el caso deldesfile de carrozas ¿por qué no una con Sarmiento y los millones de niños de guardapolvo blanco? ¿Ylos creadores de momentos de armonía y esperanza nacional: Carlos Pellegrini, Alvear, Mitre,Frondizi? La exclusiva selección de rebeldes latinoamericanos era como prepararse a una corrientehistórica que llevaria a un improbable chavoleninismo. Chile, Perú, Uruguay, Brasil, México,Colombia, van para el otro lado de la nostalgia gubernamental argentina. Nuestra insistencia acontramundo es inquietante y un poco ridícula como ese final a toda orquesta y frenesí arrojandobilletes de banco y gozando la crisis o muerte del capitalismo. (Uno tiene datos sobre mucha gentedel Gobierno que más bien no arroja ni destruye billetes ni pantallas de cotizacionesbursátiles…)
Pero más allá de la escenografía gubernamental, la verdad que permanecerá es que losargentinos salieron por millones con banderas y no pensaron para nada en los insistentes mensajestrasnochados.

*Escritor y diplomático.

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