No existe el “bacheletismo” en Chile. Tampoco el “laguismo ni elfreísmo”. No conocemos el “tabareísmo o el pepismo” uruguayo. Nadie nos hahablado del “lulismo” paulista. Claro, existe el chavismo y el castrismo, hasta elpinochetismo, pero nosotros tenemos a todos los “ismos”. Somos acreedores de estasingularidad que nos permite el amplio espectro que lanza al mundo de la política al kirchnerismo,el duhaldismo, menemismo, cobismo, delaurrismo, cristinismo, alfonsinismo, macrismo. Al pobre DeNarváez le va a costar integrarse a esta serie.
El peronismo y el irigoyenismo, el rosismo… vienen de antes, y se reencarnan en cualquierpolítico que construya su espacio de poder. Qué bella expresión de la politología: espacios depoder. Es una idea que viene de Michel Foucault. Llegada al puerto hace décadas, se despachó haciala gran urbe, se distribuyó por el segundo cordón, pasó por las universidades de Quilmes, Lanús,viró a Tres de Febrero, San Martín, Morón, pagó un módico peaje y bajó a la Capital, permaneció untiempo en Caballito y Parque Centenario en las sedes de Filosofía y Ciencias Sociales, se inscribióen un postgrado de la Flacso, y la frase ya diplomada apareció por los medios en los años ochentapara sustituir los paradigmas inspirados en la democracia pacífica de Norberto Bobbio y la ética delos procedimientos comunicativos de Jünger Habermas. Hoy los “espacios de poder”pululan por todas nuestras carreras de comunicación, ciencias sociales y casas de familia.
¿Cómo se construye un espacio de poder en la Argentina? Con plata y chistes. Comencemos por elprimer recurso. ¿Alcanza con la plata? No, se necesita alguien que la“construya”… no, perdón, que la consiga. Una vez que se la tiene, se lamultiplica, como los panes de la Biblia. Después, es posible retirarse con una buena posición en elmercado y una banca en el Congreso.
Saber hacer plata no es para cualquiera. En el caso de la política se queda corto el sentidocomún que nos dice que para eso hay que trabajar. El escepticismo popular está más cerca de larealidad cuando cree que debajo de toda gran fortuna se oculta un crimen. Pero no es con sangrenecesariamente aunque ocurre, sino de algo no dicho, velado, forzadamente olvidado.
Kirchnerismo es lo que hay. Es lo que nos toca estos años. Cuando aparece algo así vieneapareado por sus soportes carnales: los kirch-neristas. Parafraseando a Lenín, se supone que elúltimo estadío del kirchnerismo es el cristinismo. Hay cristinistas. Existe una asociación demujeres cristinistas que envían insistentes mails en los que dicen que morirán de pie en defensadel “modelo”, otra palabra importante en el léxico de la asociación.
Cuando el filósofo francés Jean François Lyotard firmó el diagnóstico que establecía que sehabía terminado la era de los grandes relatos, no pudo prever debido a su lamentada muerte, quenacía la era de las ideologitas como resultado del virus chistoso inoculado en las ideologías.
A nadie se le había ocurrido que en una de las fases tardías de la historia de las ideologíasirrumpiera la “joda” ideológica. Se había discutido mucho sobre el tema. Desde losideólogos del siglo XVIII que concebían a las ideas como átomos asociados por circuitosmodificables que determinaban las conductas, hasta el giro marxista que adosó las ideologías a unesquema de luchas entre grupos de poder, en este trayecto tan rico en aportes, nadie anticipó estafase paródica de la teoría de las ideologías. Una veta circense que se destaca más en nuestro paísque en cualquier otro lugar.
El historiador Paul Veyne ya había alertado que era necesario despegar al contenido de la nociónde ideología de su vertiente racionalista. De acuerdo a ésta, la ideología es la representaciónconsciente de nuestro lugar en el mundo y del mundo tal como se nos aparece. De aquí en más todoslos enriquecimientos teóricos son bienvenidos para precisar que esta representación estádeterminada por la clase social a la que pertenecemos, o que es segregada por una concienciadeformada por un “dispositivo” –otra palabra imprescindible en los discursos dela corporación cultural– de poder, dominada por los aparatos de estado y los medios masivosde comunicación.
Veyne subraya el aspecto cosmético de la ideología, su función de confortar, agradar, complacery no sólo legitimar a los que han tomado una cierta decisión y llevan a cabo acciones en sunombre.
A partir de este punto de vista la ideología es lo que le da sentido a la acción, pero no entérminos morales, sino más bien estéticos, nos ubica en la sociedad en un lugar estimable, disimulalos factores prosaicos desagradables de cualquier escalada o trepada en la jerarquía del poder, nosda una mística, una fidelidad, una pertenencia, y nos hace sentir importantes. Por supuesto que lamuerte de las ideologías o el fin de los grandes relatos no suponía que desparramaría, comohormiguero pisado, esta infinidad de ideologitas que pululan por todas partes.
Hay una traducción de este fenómeno en términos orgánicos, viscerales, que hace honor a nuestraafición vernácula por las achuras. Nos permite decir, por ejemplo, que tal persona viene del“riñón” de Julio de Vido, o del “riñón” de Rodríguez Larreta. Antes, paradesignar a quien respondía a un jefe, se decía que era “un hombre” de tal o cualcaudillo, pero por el mismo proceso que ha descompuesto los grandes relatos en una constelación desecuencias representacionales o ideologitas, el organismo ha sido desmenuzado en sus entrañas y lasimbología termina por enlazar a la facultad de medicina con las parrilladas.
Todo chiste de acuerdo a Freud debe sortear una dificultad originada por los aparatos decensura. Una vez liberado el contenido transgresor y atravesada la barrera moral, se produce unacto celebratorio, nos reímos. Pero no hay peor bromista que el chistoso. Es lo que pasa con unlegislador como el señor Juez de Córdoba que hace excesivo honor a la picaresca de suprovincia.
Pero los chistes no son todos explícitos. Hay situaciones chistosas protagonizadas por gente muyseria. Basta ver el rictus de nuestra presidenta cada vez que habla –es decir todos losdías– y su reto inclemente hacia todos los que nos portamos mal antes de que Aníbal loconvierta en el grotesco del día.
Una de las genialidades de Tinelli es haber sabido percibir este aspecto risible de la gente delpoder una vez que son personajes de ideologitas, y no sólo se dispuso a imitarlos con sosías delespectáculo, sino que los hizo integrar en la troupe de su programa.
De todos modos, la posibilidad de que estos encuentros cómicos colaboren en mejorar el sentidodel humor de los portadores y sostenedores de este nuevo gadget doctrinario es muy limitado.
La función de las ideologitas es llenar de sentido en donde cuesta encontrarlo, y su efecto esde producir fanatismo en el lugar del ideal. Cuando los nenes y las nenas se juntan para cantar“somos todos cristinistas”… la tonada parece graciosa, pero mejor escucharla delejos.
*Filósofo (www.tomasabraham.com.ar).





