Una de las características de la evolución reciente de la economía nacional, la da la“evaporación” del superávit fiscal, con un serio capítulo provincial. En tiempos máspropicios del modelo competitivo productivo –por ejemplo, en 2004–, el superávitprimario consolidado (nación más provincias) alcanzaba un 5,4/5,6% del PIB, aportando lasprovincias un punto o algo más de esa cifra. Actuando las políticas de tipo de cambio competitivo yla política monetaria expansiva con tasas de interés bajas como fogoneros dinámicos, el superávitfiscal fungía como ineludible “cable a tierra”. Esto no impedía que aumentara el gastopúblico anualmente, pero con una densidad que no alterara ese criterio.
Con el tiempo, el superávit se desdibujó. En base a una lectura estricta, esto ya se evidencióen 2007. Sin que nos guíe hacer historia en detalle, lo cierto es que desprovistos de un fondo deestabilización auténtico –un símil lo aportó el traspaso jubilatorio–, cuando llegó elvórtice de la crisis externa, se apeló a la política fiscal, en especial al gasto, como principalresorte anticíclico. No se trató de una política de sistemático deficit spending (gastodeficitario), pero de hecho, la fuerte desaceleración de la economía y los menores recursosconsecuentes, decantó en un mayor deterioro del superávit primario. En lo nacional, este año seráarduo alcanzar el 1% de superávit. Por su lado, las provincias, en el agregado, se precipitandirectamente en el déficit primario, con un pronunciado déficit financiero.
Siempre dijimos que la penuria fiscal provincial perfilada era tratable atendiendo a un menú:ajuste propio, cuasimonedas, regateo de recursos con la nación y endeudamiento. Hay datos“salpicados” de ajuste; no aparecen las cuasimonedas.
El ajuste genera antipatía; las cuasimonedas, aprehensión. El regateo, una incómoda fricción. Enel presente, se verifican algunas pujas y reclamos puntuales entre las provincias y la nación–mientras ésta asegura que “prestará atención” a las urgencias deaquéllas–, sin que por ahora se cuestione frontalmente, en sí, el régimen de los recursos.Luego, en lo inmediato el elixir es el endeudamiento, que parecería evitar antipatías,aprehensiones y fricciones. Y “todos ganan”.
En rigor, en 2010, la jurisdicción nacional podría volver a mostrar un superávit primarioacotado. Para las provincias, el tema es más complicado. A todo evento, por un par de años, semodifica la ley de responsabilidad fiscal con vistas a “formalizar” el nuevo cuadro.Ahora caduca por ese lapso el límite para el aumento del gasto, cabe endeudarse para sufragargastos corrientes y gastar por encima de los recursos y las provincias pueden endeudarse rebasandoel 15% de sus recursos.
Apretando los dientes, la nación podría en 2010 pagar los vencimientos de deuda sinasistencia financiera y hasta cubrir algunas cuotas debidas a eventuales arreglos con los holdoutsy el Club de París. Entonces, el tomar deuda es algo más exigido para las provincias. ¿Cuál seríael costo?.
La nación puede facilitar el asunto a través del famoso operativo de “vuelta” alos mercados financieros externos, que enarbola, aunque aún no efectivizó a pleno. Por rebote, dadoel clima que podría despuntar, las provincias se beneficiarían al tomar deuda. Recuérdese,asimismo, que las provincias le están pagado deuda a la nación y, aquí, algún reclamo derefinanciación puede tomar cuerpo.
En fin: la pregunta clave es si enfrentamos una “roncha aislada” o podemos“sufrir un sarampión”. En otras palabras: si, en medio de presiones hacia laapreciación cambiaria y avanzando en términos de evaporación del superávit fiscal y de un mayor usodel endeudamiento externo si fuera la hipótesis, de lo que se trata es de un enfoque meramentecircunstancial o pragmático y a la postre transitorio o, por el contrario, se trata de los hitosiniciales de un nuevo ciclo “sistemático” de déficit fiscal, endeudamiento externo yapreciación cambiaria. Las implicancias difieren mucho, según sea el caso.
*Economista.




