Cierto divismo dominó la escena: Carlos Menem por un lado, los Kirchner por el otro.Otrosmiembros del elenco político también tuvieron su cuota adictiva al eslogan “famoso por cincominutos”. El ex presidente, aunque ya había enviado señales –cortar el teléfono, noresponder mensajes, ni de sus ex ministros más queridos, desde una semana antes– no aparecióen la sesión del Senado en la que se impondría con su asistencia, presuntamente, el quórumopositor. No contaron con su astucia para convertirse en la estrella de la semana, sorprender yconfundir a diestra y siniestra: quienes lo ignoraban deben tenerlo en cuenta (sus aparentes sociospolíticos); quienes lo odian, el matrimonio K, que infantilmente ni siquiera pronuncia su apellido,podrían reverenciarlo si el favor transitorio de su faltazo se convirtiera en permanente. Menemdemostró que podía ser más gravitante que el pampeano Carlos Verna, ese legislador al que cortejóel oficialismo mientras la oposición le abría las comisiones para integrarlo a las que se le dierala gana. El riojano omitido, al no presentarse, provocó un efecto pasajero pero explosivo: aunqueolvidó sus obligaciones como senador –cobra por asistir a la Cámara, hablar y presentar unproyecto–, su ausencia le señaló al arco opositor que tal vez no pueda vivir sin supresencia.
Emitió un comunicado explicativo y, ante quienes se acercaron, desnudó palabras menos elegantes:“Me apartaron (del peronismo federal) como si no hubiese sido dos veces ex mandatario, nadieme habló de las maniobras legislativas, me postergaron en un par de actos, algunos pensaban que eracontaminante sacarse una foto conmigo (Solá) y hubo quienes se adueñaron de la representación delinterior (Rodríguez Saá y Romero)”. Tampoco escondió el rebenque para sus parientesinmediatos: “Hablan por mí, dicen que estaré el miércoles 3 y que votaré contra el Gobierno;ignoran que para hablar estoy yo. Solo yo”.
Si Menem busca algo de cariño y fama perdidos, los Kirchner no le van en zaga. Al menos, asíconcluyó ese encuentro repetido con los empresarios en Olivos, en el que Néstor se mostró radianteluego de la operación y Cristina habló hasta de sus experiencias con el acero inoxidable. Losinvitados se disolvieron en elogios y zarabandas a favor del Gobierno (contra lo que dicen enprivado). Baste señalar que el poderoso Alfredo Román dijo que, después de la crisisnorteamericana, la gente hará cola para pedir la visa argentina, no la de los EE.UU. Un Nostradamusde Barrio Parque. Habitualidades felpudistas de Klima, Cornide, Lascurain, Fernández, para regocijodel matrimonio y el ego artístico que lo alimenta. Debe suponerse que el dúo no debe creer en esaspalabras ni en el asentimiento cómplice de la mayoría. De inflación, nada; de gasto público, menos;de inversiones, sólo promesas; de recorte de subsidios, palabras al aire. Ni siquiera se aludió ala salida común y repetida en caso de incendio: el pacto social.
Ocurre que el almuerzo se tramitó, en su inicio, como respaldo al Fondo del Bicentenario que elGobierno ha visto evaporar por incompetencia, el match con Redrado, la acción de la Justicia y elbloqueo parlamentario. Esa pretensión se hundió antes de preparar el menú. También la absurdabúsqueda de declaraciones escritas a favor, cuestión que nadie pudo lograr. Entonces, caído elmotivo de la reunión y las expectativas, quedaba el catering encargado y, como nunca viene mal unalmuerzo en el que se halaga al anfitrión, se mantuvieron las invitaciones que, a fuerza deesfuerzos, armó a los trompicones Julio De Vido –“porque me va la vida en estareunión”, le atribuyen–, apoyado por su influyente secretario José María Anasagasti yun personaje que navega entre el sector privado y la función pública, Gustavo Cinosi, dueño de unamínima cuotaparte del Sheraton de Pilar.
Anasagasti, para muchos, intervino junto a su jefe en las reuniones previas, se sentaba a lamesa, opinaba; más sorprendió, sin embargo, cuando concurrió como asistente (o comisario político)a un almuerzo protagonizado por el alicaído Amado Boudou. Extrañezas del poder, a menos queAnasagasti sea mucho más que un organizador de citas o un portador de celular. Así se explicaríanel auge y la prosperidad de los secretarios del kirchnerismo. Otro enigma es la febril actividad deCinosi (muchos pícaros de sus interlocutores desgranan Ci-no-si, otros Ci-nuo-si), hombre que entiempos recientes se filtraba ya con Alberto Fernández, acompañaba en los viajes a Cristina y,ahora, casi transpirando, colabora y presiona a favor de De Vido. Le debe sobrar tiempo a Cinosi enel sector privado –participa de otros emprendimientos turísticos, también de fluida relacióncon la embajada norteamericana–, ya que consume sus horas en el servicio patriótico a laactual administración. Un Pilar, claro, del Sheraton. Al menos, así lo ven los empresarios, muchosde los cuales se encuadran en la misma misión.
Por este encomio general, tal vez, los asistentes hasta evitan confesarse entre ellos; cada unovive y disfruta lo suyo, apenas si observan una tendencia por la cual el Gobierno induce aresponsabilizarlos por el alza creciente del costo de vida diciendo, además, que la futuradiscusión de salarios no es la causa de la inflación. Sin duda, es una consecuencia obvia. Lasempresas alertan por demandas excesivas mientras los precavidos gremios han sido los primeros enanticiparse a las estadísticas: sólo firmarán acuerdos por seis meses. Ellos parecen ver subas queel Gobierno no reconoce. De esto pocos hablaron, más bien se gratificaron con las fantasíaschistosas del jefe empresario de los camioneros, al tiempo que se expresaba cierta queja por HéctorRecalde, a quien le atribuyen la absurda versión –título de más de un diario– de queTechint negociaba productos con Malvinas mientras el país acentuaba su política de restricción conGran Bretaña. También asombró la alineación del gobernador Schiaretti con la Rosada. Por lo menos,en el encuentro gastronómico.
Para no generar suspicacias, se soslayaron comentarios en torno a modificaciones en el gabinetea la aparición de figuras a convocar: se habla de León Arslanian para mejorar el trabajo con laJusticia; del ex gobernador pampeano Rubén Marín para entenderse sin fricciones con la oposición y,sobre todo, con los gobernadores pedigüeños; de un dirigente cordobés, Eduardo Accastello, concierta inclinación por el rubro productivo. Por supuesto, esos nombres surgen en oposición alposible eclipse de otros funcionarios, sea la persistente oscuridad de Boudou (¿lo sucederá DéboraGiorgi?), a novedades con las carteras de Justicia y el propio Aníbal Fernandez, quien–dicen– tuvo un encontronazo con Kirchner. Quizá sólo sea un rumoreo proveniente delpropio corazón del Gobierno, ese que en ocasiones se muestra más autocrítico que los empresariosasistentes a Olivos. Aun así, por más que esas fuentes sean importantes, nadie se atreve adesentrañar lo que piensa el matrimonio. Son dos cabezas que también observan diagnósticoscotidianos poco diáfanos, pero confían en que los ingresos a partir del próximo mes por lasexportaciones de soja alivien el cuadro económico y éste no se mezcle, como ahora, con el declivepolítico que atraviesan.




