De acuerdo, Nueva York es la ciudad más cool del universo y cualquier comparación que con ellase establezca es a pura pérdida. Pero convendría preguntarse cómo y por qué a los neoyorquinos laciudad les funciona y, a quienes vivimos en Buenos Aires, en cambio, nos oprime como una pesadilla.
Nueva York ha sufrido en los últimos tiempos gobiernos cuyas políticas urbanas no fueronparticularmente progresistas. Y sin embargo... Dejemos el sistema de transporte de lado, que enManhattan es casi tan eficiente como en cualquier ciudad europea y considerablemente más barato(por menos de tres dólares diarios se puede viajar ilimitadamente en el metro y los buses querecorren la ciudad de parte a parte). En Buenos Aires sería imposible que un funcionario municipalse pusiera a imaginar una respuesta al caótico y cada vez más fragmentado sistema de transportepúblico, donde cuaquier combinación de colectivo, tren y subterráneo supera holgadamente lastarifas de cualquier lugar del “primer mundo”.
Pero detengámonos en una acción al alcance de cualquier alcalde con un poco de imaginación: laHigh Line, el primer parque elevado del mundo, construido sobre las viejas vías de un ferrocarrilen altura que ya no funciona, casi a la vera del Hudson y más o menos simétricamente cortado por lacalle 14 de Manhattan. En poquísimo tiempo, además de haberse convertido en un lugar deesparcimiento, ha revitalizado una zona antes muerta de la ciudad.
¿No es exactamente eso lo que iba a ser el famoso “Parque longitudinal” tendidosobre el recorrido del ex Ferrocarril Sarmiento, desde Once a Caballito? Los neoyorquinos notuvieron que construir el basamento (la losa), que les vino dada, pero en cambio, tuvieron quecolocar barandas a lo largo de esas cuadras deliciosas de canteros, bancos y mesitas. No séexactamente qué longitud previeron para la High Line, pero es evidente que las obras continúan,como podrían continuar en Buenos Aires, poco a poco, si alguna vez hubieran comenzado. ¿Cuántopuede costar techar, no sé, dos o tres cuadras de vías por año, llenar de yuyitos nativos algunoscanteros y disponer bancos y mesas de ajedrez aquí y allá? La cifra, se me ocurre, debería estar alalcance de una ciudad como Buenos Aires, cuyas autoridades siguen proponiendo faraónicos túnelesque la atraviesen de parte a parte, no porque haya alguien que necesite tal cosa sino porque es laúnica manera de imaginar una ciudad que tienen.
Lo dijo Macri, el alcalde que no se babea públicamente porque cada mañana sus asesoses seaseguran de llenarle la boca de tizas, por televisión: “Desde Cacciatore, nadie ha pensado laciudad”. Cuando le pidieron explicación por una afirmación tan desafortunada, no tuvo empachoen justificar su aberración con el sencillo expediente de remitirse a las autopistas construidas,como si esa herida inexplicable de la ciudad no fuera un monumento al autoritarismo, a lafragmentación social y, también, como muchos sospechan, a la tortura y a la desaparición.
Nunca seremos tan cool como los neoyorquinos, eso es cierto, pero tampoco es justo que poreso nos obliguen a tener que soportar las desvergonzadas fantasías de aquellos para quienes unaciudad es tan sólo un lugar de paso, algo digno de ser atravesado de lado a lado en cápsulasatónitas selladas herméticamente unas respecto de las otras.
De transporte público, ni hablar. De parques longitudinales, tampoco.





