•el drama cotidiano de la hiper inseguridad

O juremos afanados morir

O juremos afanados morir
24-08-2026 | 16:12

Alberto es remisero por las vueltas de la vida y, pese a varias de esas mismas volteretas, es untipo feliz. El miércoles pasado, las vueltas de la vida lo pararon en la cola de un banco de Morónpara cobrar su primera jubilación: ocho lucas de un saque, retroactivos incluidos. Pensó en jugarleal ocho. En celebrar con un asado y un blanco bien fresquito. Y en esos y otros bueyes perdidospensaba cuando se vio frenando el remís de vuelta en casa. Cuando cerraba la puerta del auto, unavoz lo hizo darse vuelta:

—¡Dame la plata!

—¿Qué plata? Si yo no tengo plata... –le dijo al chabón que lo apuraba con elcompinche esperando en la moto encendida.

Ni una palabra más. La piña le partió la nariz, el tirón para arrancarle la plata le desgarró elpulóver y terminó de desestabilizarlo. Alberto quedó tendido sobre un charco de sangre y la vidadándole vueltas a mil por segundo en la cabeza. No fue noticia, pero sí bien atendido de urgenciacon tomografía y todo en el tan desvencijado como heroico Policlínico Posadas. El tema del día erala toma de rehenes en un departamento de Palermo, mientras los senadores le ponían los puntos alGobierno por el Indec y los diputados hacían lo propio por los glaciares.

El Gobierno ya no dice más que la inseguridad es una “sensación”: ahora dice queestá “sobredimensionada” y que es un problema de los jueces, porque son blanditos,permeables. Los jueces dicen que es culpa del Gobierno, porque no hay prevención. Es decir, porqueno hace nada de lo que debe hacer. La oposición... la oposición anda en que Lilita está chapita oCleto es un pelandrún o Ricardito transa con los K o que mejor Solá que los movimientos productivosde Duhalde o el tatuaje del Colorado o el eterno “ni” del Lole y Macri que no pega unani en el Ludomatic y ¡mueran los salvajes pingüinos!

Los que mueren de veras o están a punto comiéndose un garrón por cuadra resultan ser,curiosamente, los que votan. La mayor preocupación de los porteños y quienes se amontonan del otrolado de la General Paz es la inseguridad. Coronados de cuiqui vivamos o juremos afanados morir.

Si las estadísticas del Indec están viciadas de manipulación, las que permitirían dimensionar elverdadero incremento del delito callejero, directamente, brillan por su ausencia. En lascomisarías, que aportan con frecuencia sus propios asesinados al luto, suelen desalentarse lasdenuncias de víctimas de robos que no llegan a mayores, un poco por desborde y otro poco para noperjudicar a “la dependencia” en un ranking extraoficial de efectividad que, como lasbrujas, que lo hay, lo hay, y pone los pelos de punta.

La novedad es que la truculenta moda de las salideras está provocando medidas concretas en unpar de municipios bonaerenses (Tigre quiere poner más cámaras de video y en Avellaneda nadieentrará a un banco sin dejar antes sus huellas digitales), mientras el Banco Central y la Comisiónde Finanzas de Diputados (no el Ministerio del Interior ni la Comisión de Seguridad) hacen susindagaciones para ver cómo se quita el problema de los bancos y se lo traslada a otra parte. Loschorros deberán pensar un poco más.

Casos como el de Alberto tenemos a montones todo el tiempo. Ni “sobredimensionados”por los “medios sensacionalistas, opositores y destituyentes” ni tomados en cuenta porlas estadísticas oficiales, pasan a ser de inmediato episodios anónimos, inexistentes a los ojosdel otro, y, cuando se desinflan los hematomas, con suerte, se entrelazarán con las anterioresvueltas de la vida. El consuelo generalizado de “y bueno, ponete contento que la sacastebarata... la plata es un detalle, che” ya se irá haciendo cicatriz, después callo y anécdotamás tarde. Sobrevivir para contarla, esa es la cuestión. Sin vueltas.

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