Hace unos días, compromisos laborales me llevaron cerca de Plaza Mayo. Cuando me liberé, caminéhacia la plaza, porque la tardecita estaba linda y anunciaba un crepúsculo amable.
Me detuve a ver las obras que, desde hace meses, transformaron el perfil de la plaza. Mepareció que el cercado perimetral de la Casa de Gobierno, si bien soy enemigo por principio decualquier forma de vallado, agrega majestad a un palacio que nunca consiguó serlo del todo.
Los canteros y las fuentes que se colocaron en lo que antes fuera la vereda de la CasaRosada, por el contrario, no me parecieron la solución decorativa más afortunada para esa fachadacompuesta.
Atrás, ya lo sabemos, la Casa ha ganado un jardín privado (y los ciudadanos han perdido unaplaza pública). Se supone que allí se instalarán los ya recuperados murales que Siqueiros pintópara el playroom de Natalio Botana en Don Torcuato. Tal vez no sea ése el lugar más adecuado paraEjercicio plástico (1933), una obra envolvente de temática acuática y desnudos enfáticos, pero estan imperiosa la recuperación de esa obra que nadie puede oponerse a su peregrina inclusión en elpatrimonio del Museo Casa Rosada (mayormente consagrado a la exhibición de objetos presidenciales).Por lo menos, se lo podrá ver en el playground soberano.
Adelante de la Casa de Gobierno, a la altura de la Pirámide de Mayo, todavía se sostieneninexplicablemente los vallados de contención policial que el 2001 incorporó definitivamente alpaisaje ciudadano, sin que se entienda demasiado bien las razones de su superviviencia. ¿Miedo aqué?
Miré alrededor de la plaza, donde no alcancé a percibir peligros mayores que el enloquecidotránsito de la hora. Hasta donde sé, hace años que la plaza no convoca a multitudes enardecidas.Las últimas protestas masivas que hubo en ese lugar fueron, si no recuerdo mal, las que sesucedieron durante la “guerra contra el campo”, pero ninguna de ellas, si bien muchoscreyeron que representaban al demonio destituyente, se propuso tomar el Palacio Presidencial porasalto.
Pero alguna pesadilla debe haber vuelto en los sueños de los sucesivos habitantes de esa casamaldita para que esos antiestéticos y ominosos vallados persistan en su desordenado tumulto ochoaños después de aquellas jornadas en las que parecía que todo podía suceder (y no pasó nada). Talvez la modificación de la fachada de la Casa Rosada no responde a principios de urbanismodecorativo sino al mismo terror: como si hiciera falta protegerse de la irrupción de quién sabe quémultitudes y qué desórdenes mediante sucesivos anillos de defensa.
El anacronismo es curioso, sobre todo si uno se deja llevar por la ensoñación crepuscular ymira, desde la vereda del Banco de la Nación Argentina, esa basílica financiera que opaca porcompleto a la sede del poder eclesiástico y que debemos al genio de Alejandro Bustillo, hacia elrío.
Allí, donde había un puerto (o nada), una costa cenegalosa (o nada), ahora se levanta esaciudadela insultante en su novísimo orgullo de recién nacida que, luego de haber agotado lasposibilidades de las edificaciones existentes, exigió y obtuvo permisos de edificación en alto queno sólo contravienen el buen gusto, la ecología y la sensatez urbanística, sino (y sobre todo) laseguridad de nuestros soberanos.
Aterrados por lo que pudiera suceder por el frente, nuestros imprudentes gobernantes no sepercataron de que dejaban completamente inerme la retaguardia y ahora hay allí gigantescas torresdesde las cuales sus movimientos y sus sigilosas conversaciones pueden ser monitoreadas.
Imaginé, mientras esperaba un taxi, a un grupo de sicarios o chacales que, disfrazados detécnicos especializados en la limpieza de tanques de agua, subían a la terraza de alguna de esastorres, instalaban una plataforma lanzadora de misiles de ésas que en las películas caben en elbaúl de un auto y la disparaban a la hora nona, haciendo saltar por los aires a la Casa Rosada, asu museo, a los murales de Siqueiros, a la nueva fuente de agua, a las verjas de hierro y a todoslos temores de disturbios por el frente que un fotógrafo inescrupuloso pudiera aprovechar paradesprestigiar a un gobierno (éste o aquél) que en verdad es tan generoso como para sacrificar supropia seguridad con tal de satisfacer el deseo de vistas bonitas de los habitantes de la ciudadcon nombre de Corporación que se yergue a sus espaldas.
Nunca antes Buenos Aires me pareció tan rara y tan desvalida. Y nunca antes percibí con talclaridad “el bajo” como una línea de conflagración: de un lado, al este, el mal; aloeste, nosotros.





