Papá

Papá
24-08-2026 | 14:15

Vení a la mesa, papá, hoy es tu día, acercate, queremos quererte y celebrarte. Imponente esto deser el viejo, ¿no? Tu sabiduría presunta, o al menos la que preferimos y queremos constatar en vos,¿es acaso mayor o diferente de la de mamá? Mamá resuelve asuntos, se sabe. ¿Cómo que no hay nada enla heladera? Lo que pasa es que no sabés ver. Va mamá, entonces, rasguña del fondo de la alacena unpaquete de fideos y de inmediato organiza una salsa sabrosa con tres restos miserables quesobrevivían en rincones de la cocina. No se ahoga mamá, ésa es su clave, podés dormir sin frazada.Papá, en cambio, se abruma.

Como me dijeron una vez, ¿no será porque su padre era tan estricto que se quebró tantempranamente? ¿Qué hay de admirable, entonces? A mí, al menos, me impresionaba esa integridadmedio fastuosa de él. Creo. O tal vez me encandilaba que fuese tan congruente. Lo cierto es quedesde ese fondo de los tiempos, papá ha sido y es una evocación tronante y resuelta.

Nos debe pasar sobre todo a los varones, esa percepción sutil y poderosa de convivir con nuestraherencia. Es inexorable, pero es una vivencia resistente. Papá (¿todos los papás?) marcó surcosprofundos, demandantes. En las sagas existenciales, ahora que historias y raíces y trayectoriasestán en la yema de nuestros dedos porque, insomnes, podemos zambullirnos en Internet para iluminarla oscuridad del pasado, todo indica que los lazos familiares entre varones son rotundos ypremonitorios. Es imposible, a la larga, escapar de ellos. Sos padre y vivís preguntándote cuántoestás determinando el camino de tus hijos, esas criaturas grandes que uno apellida como quiencondena a ser prolongación de nuestras vivencias y ¿miserias?

Así que sentate hoy a la cabecera, papá. Te toca verificar que este día tenemos mimos tangiblespara vos y queremos que los recibas. En verdad, lo necesito. Cuando miro a los ojos de tu foto,allí, en la parte nueva de Tablada, sigo constatando que la sonrisa te era inaccesible, casiimposible. ¿Trazos remanentes de milenarios dolores heredados e incrustados en vos? Capaz que sí,pero pasan las décadas y desde esa sepultura serena y austera sólo surgen y llegan imágenes de tutaciturna lejanía. Con esa lápida yo dialogo y me peleo hace tanto que ya es una rutina. Aunqueconfieso que la evocación indispensable y el diálogo incesante no cierran la posibilidad deplantearse dilemas.

Aquel papá de aquellas décadas proveía, sí, pero desde la severidad. Sin embargo, contenía sincontemplaciones. Seguramente, sin mucha ternura ni abrigo suave, lo admito. Pero la felicidad esque ahora este hijo de aquellos rigores bebe, regocijado, la miel de la permisividad, ya en clavede abuelo, sumergido en la dicha apacible de no exigir, ni juzgar, ni menos castigar, consagrado ala mera caricia, al puro placer de gratificar.

Veo muchos padres así. Transitan una era inasible y ebria de demandas. Bancan, recogen, llevan,visten, limpian, cocinan, lavan, quieren, imparten penalidades menores, “chirlos”simbólicos, que rápidamente compensan con abrazos fundacionales.

Y los padres cartoneros con su cría mordiéndoles los tobillos en sus largas caminatascallejeras, niños que crean juguetes con la basura en medio de la cual gatean, montados a veces enesos ominosos carromatos desbordantes de desechos que para ellos son mercancía valiosa, esospadrazos, ¿cómo será ser padres para ellos?

Es en días como éste cuando me dejo resbalar por un tobogán de minuciosa admiración por elgremio de mis camaradas progenitores. Esa fruición por querer y apreciar y admirar me reconciliaincluso con quienes están hoy lejos de mí. También tiñe de dulce melancolía el recuerdo de losmuertos, esos amigos idos a quienes empecé queriendo cuando eran hijos como yo, y que luego fueronpadres, cambiaron pañales, cortaron cordones umbilicales, prepararon mamaderas, empujaroncochecitos de bebé, limpiaron mocos y dieron de comer, trozo por trozo, milanesa, ravioles, papasfritas.

¿Por qué negar entonces que es un placer fastuoso padrear? Padrear digo: creer de buena fe queenseñamos, ilusionarnos con que marcamos vidas, imaginar que protegemos seres vulnerables. Año aaño, así surgís en mi vida, desde esa imagen agridulce de tu lápida, papá, fuerte y no obstantefrágil, tronante aunque abrigador, exigente en tu disciplina estricta, aunque risueño en tublindaje excesivo.

No caben dudas de que son tiempos distintos, pero como es tan grande el abismo de lasdiferencias, hasta los lugares comunes valen. Me pregunto si acaso valieron la pena aquellasintemperancias de otrora, y si fueron ellas las moldeadoras de vidas significativas emocionantes.Aquellos padres de las eras estrictas asociaban la realización personal con una rectitud casibotánica. Como retoños, éramos tutorados en la condición de vacilantes arbolitos en ciernes; esarectitud posterior sólo sería viable, creían, si desde la parvulez fuéramos debidamente sostenidosen andamios vitales. Hoy hasta dudamos de que eso sea tan así y en la alborotada laguna de laexistencia, un rudo oleaje destripa las certezas más potentes, las ortodoxias másirreductibles.

La propia figura del padre como “el viejo” que guía está ensombrecida no sólo por lacanallesca e imperdonable vileza de los abusadores-violadores, sino incluso por la progresivaaceptación social de familias en las que hijos adoptados o de laboratorio son criados por dosmujeres o dos hombres en pareja.

Pero eso eran ustedes, papá, y tal vez eso seamos hoy nosotros: guerreros pertrechados en viejasverdades temblorosas, dueños altaneros de aseveraciones que ya no son tan sostenibles. Ahora sóloimporta, por eso mismo, la voluntad de apreciar y amar el padreo de los padres, la guía del tutor,la promesa de calor en la intemperie y luz en las tinieblas. Disfrutalo hoy, entonces, encabezandola mesa y contando tu historia. Aunque no haya mucho para repartir, ni grandes razones para abrigaresperanzas desorbitadas. Feliz día. Te lo merecés y nos lo merecemos.


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