•pasado y futuro

Para volver a confiar

Si algo caracteriza a la Argentina es que sigue depositando sus ilusiones en el pasado más que en el futuro. Un pasado que se juzga mejor que su presente y que vuelve una y otra vez.

23-08-2026 | 08:41

Si algo caracteriza a la Argentina es que sigue depositando sus ilusiones en el pasado más queen el futuro. Un pasado que se juzga mejor que su presente y que vuelve una y otra vez con lanostálgica aspiración de ser, al decir de Halperín Dongui, “un país que se resistevigorosamente a entrar en la historia contemporánea”.

Muchos de los países que nos rodean ya están subidos a un tren bala del progreso que, en nuestrocaso, sólo podemos atisbar desde el andén.

Hace unos meses, en un encuentro internacional sobre el impacto de la crisis financiera mundialen América latina, Felipe González comentaba que, de acuerdo a su experiencia, gobernar es saberadministrar expectativas. Administrar expectativas no es lo mismo que sembrar ilusiones. Lasexpectativas sobre el futuro de un país se nutren de factores como la confiabilidad de susdirigentes, la pertinencia de los discursos y las señales relativas a la sustentabilidad de laspropuestas que se ofrecen a la sociedad, entre otros aspectos.

¿Qué puede decirse de nuestro país? Aun siguen sin ser descifrados ni comprendidos por laciudadanía los trazos gruesos del sistema político que surgió del voto del 28 de junio. El paísvive días de enorme confusión. La vida del ciudadano promedio transcurre entre una variedad desobresaltos, como el temor a perder el empleo, de ser objeto de un asalto o de no poder pagar lasboletas de los servicios públicos. La sensación de no estar yendo a ninguna parte. ¿Dónde está laoposición? ¿Dónde el oficialismo? ¿Cuál es la agenda alternativa que proponen llevar adelanteaquellos que esgrimen los resultados electorales como fundamentos de sus aspiraciones en el espacioopositor? ¿Qué grado de consistencia existe entre las promesas electorales de hace un mes y lasactuales acciones y estrategias llevadas adelante estos días? Gobernar es sostener expectativaspero no sólo eso. Es también recrear comunidad política allí donde hay alteridad. Eso es lo querepresenta la búsqueda del bien común. Todo eso nos empuja hacia un concepto que se transformado enuna especie de palabra mágica de un tiempo a esta parte: las instituciones. Pero, a la luz denuestros recurrentes fracasos, lo que Argentina pareciera estar necesitando no es sólo nuevas omejores instituciones. Lo que pareciera estar fallando crónicamente es nuestra capacidad –o,nuestra disposición– para someternos a las reglas de juego que establecen las institucionesexistentes. Esa secular incapacidad de proponer como norte de nuestros comportamientos elsometimiento a la ley en lugar de buscar atajos para eludirla o interpretarla de acuerdo al propio–y no siempre, legítimo– interés. Esa falta de disposición a “ser iguales”en el respeto a la ley nos aparta de la principal oportunidad para vivir en una sociedadverdaderamente democrática. Si algo permite a las sociedades pasar del estado de simple agregaciónde individualidades al de comunidad, es el compromiso tácito de sus miembros de que la tensiónpermanente entre las aspiraciones individuales y las colectivas será resuelta en función delpredominio del bien común. La percepción generalizada de que la dirigencia política y social estáorientada al logro de sus propios intereses e incapacitada para buscar puntos de encuentro en tornoa metas y objetivos de largo plazo, deja al ciudadano “liberado” para lanzarsemiméticamente a una lucha donde la norma parece ser “sálvese quien pueda”. Una luchadonde quien puede es quien más fuerza –y no necesariamente más argumentos– puedeexponer. Es un lugar común que nuestro país adolece de una baja densidad institucional, percepciónratificada por la larga tradición de inestabilidad política y múltiples quiebres institucionales.Esa es, también, la imagen que recurrentemente se proyecta de nuestro país en el exterior. Sinembargo, en las tendencias más recientes de los comportamientos ciudadanos pueden adivinarse loscontornos de una nueva sensibilidad política. Esa nueva sensibilidad ciudadana parece disminuir losmárgenes de aquellos que han hecho de la “cultura de los resultados” un argumentopragmático a favor de la centralización y la delegación política. Esa nueva sensibilidad pareceempezar a advertir que el “cómo” también importa y que ese desdén institucionaltermina, a largo plazo, privando al país de oportunidades y de las consabidas ventajas de reteneren manos de los ciudadanos la última palabra en materia de soberanía política.


*Socióloga. Analista de Opinión Pública.

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