Quien gana una elección no es moralmente superior al resto de los ciudadanos. Lo único quesignifica esa mayoría circunstancial es que existe una presunción revocable de que las ideaspostuladas por ese líder gozan, en un momento determinado, de cierto consenso. Nada más que eso.Esto es lo que nunca entendieron los Kirchner y lo que desdeñan los presidentes latinoamericanosque tercamente se empeñan en buscar sus reelecciones indefinidas. Los Kirchner creyeron (después de2003, 2005 y 2007) que, al ser votados, habían adquirido una condición totémica que les permitíadisponer a su antojo del poder que detentaban. Así, cuando los representantes agrarios alzaron suvoz de queja, y gran parte de la clase media los apoyó, los Kirchner les dijeron a los gritos queeran “cuatro señores a los que nadie había votado”, como si terminadas las eleccionesse abriera un hiato de rígido silencio hasta el siguiente escrutinio y nadie pudiera abrir la bocani terciar en la discusión pública.
La democracia tiene sentido porque no existe la verdad objetiva y absoluta, ni procedimientosracionales para validar juicios éticos, ni oráculos o cartabones donde compulsar si cierta conductaes buena o mala en sí, razón por la cual, teniendo todas las opiniones un rango paritario, gozandotodas a priori de una presunción de validez, el dispositivo para meditar sobre las preferenciasmorales es el procedimiento del recuento estadístico de voluntades individuales. La democracia noes más que una técnica para sintetizar en cierto momento el balance moral que una sociedad deseaadoptar. Pero exige humildad, pues todos podemos ser fuentes de argumentos, como señalaba CarlosSantiago Nino, aptos para concitar eventualmente el consenso mayoritario. Lo que hoy es mayoríamañana es minoría y viceversa. Y el hecho de ser minoría no implica que su voz quede anulada.
Por ello, la conclusión de una elección no cierra sino que abre el diafragma de la polémicapública entre los ciudadanos. Esto no quiere decir que la democracia no sea delegativa, sino quedurante esos dos años en que no se vota el debate queda abierto, vivo, y el gobernante no puededesentenderse del flujo de argumentaciones que van emergiendo. Los Kirchner confundieron unaelección con una designación divina, se sintieron investidos del carácter de patovicas ideológicosde la patria: ellos administraban la circulación de ideas, decidían quién entraba y quién no,subrayaban o tachaban. Así, quisieron entronizar a Rodolfo Walsh por arriba de Borges, cambiaron elprólogo del Nunca más, rompieron la asimetría entre alumno y profesor, invirtieron los signosaxiológicos de víctima y victimario en el vocabulario del delito, convirtieron a los meros vagos en“luchadores sociales”, establecieron la idea de que las bandas armadas que operaron enel primer lustro de los setenta fracasaron exclusivamente por la feroz represión militar–ocultando el rechazo del pueblo al sistema marxista que pretendían implantar–, y hastaalentaron a Felipe Pigna a disfrazar a Mariano Moreno, un indiscutible liberal, como undesaparecido. En una palabra, no les bastaba encarnar ciertas ideas por un breve lapso de tiempo,querían renombrar la realidad, querían operar como si ellos gozaran de un monopolio moral.
El 28 de junio, al darles la espalda y repartir las preferencias en un matizado mosaico deverdades relativas, de Macri a Pino Solanas, de Cobos a Reutemann, el pueblo recuperó la llave deldiálogo público, del ágora donde procesar las distintas tensiones, recordándoles dónde reside lafuente del poder. Emborrachados por la hybris, los Kirchner se han blindado: ¿un Dios puede recibirretos o contrarréplicas, puede ser desafiado a la odisea del disenso? La actitud recalcitrante delmatrimonio, su lectura disparatada de las elecciones estaba ya inscripta en el ADN de su confusiónsobre qué es una democracia.
*Escritor y periodista. Su último libro es El surmenage de las ideas.




