Lejos de la pompa acosadora, mutantes y buscas patrullan con displicencia la “CiudadBicentenarizada”. El estruendo hiriente que envuelve al Centro suscita la respuestadespreciativa de un sarcasmo sordo. Las gentes van y vienen, rodeadas de un pronunciado aire deajenidad. Los fastos encarados a alto costo para celebrar los famosos doscientos años del país nolos afectan, ni tampoco interpelan.
En varios sentidos, las muchedumbres porteñas miran de reojo y con fastidio el desparramo en unaciudad colapsada por preparativos de gruesa teatralidad. Se nos informa que estamos de fiesta.
Con la 9 de Julio literalmente intervenida, las laterales son corredores de pintorescoexistencialismo, patrullados por merodeadores de todo pelaje. Al mediodía del jueves, camino porLima desde Avenida de Mayo, y paso junto al sobredimensionado stand de las Madres de Bonafiniconvertidas en estatuas. Por la acera, innumerables tarjeteros, uno cada diez metros, reparten unafolletería reveladora de un país envilecido donde innumerables desocupados rasguñan el fondo de laolla. Entregan unas pequeñas octavillas de 8x5, las mismas que decoran las derruidas cabinastelefónicas, vergonzosamente subsistentes.
En Buenos Aires la explosión incontenible de la promoción de servicios sexuales es llamativa.Las pequeñas tarjetas incluyen dirección formal y teléfono de línea de los burdeles. Susapelaciones son pedestres. Completita, dulce y atrevida. Cumplimos todas tus fantasías. Sólo paraexigentes. Sensual y atrevida. Ambiente climatizado. Solita en mi departamento. Te espero. FirmanCandela, Pamela, Sofía, Aby, Brisa, Abril.
Ruidosos, beligerantes, invasivos, los bondis marchan a paso de hombre, paragolpe contraparagolpe. Nadie entiende por qué, ni para qué tamaño desbarajuste, pero por todas partes unpatrioterismo banderillero y desfachatado pretende justificar el desorden, como si esta gestualidadcallejera tan desaforada fuese equivalente a la exaltación de nobles ideas nacionales.
Esas gentes caminan a mi lado, rozan o chocan sus cuerpos, enajenados y miran sin ver nada.Habitan este tablado nacional de fines de la segunda centuria. ¿Estamos molestos? Claro que sí,pero nuestra reacción encarna la irritación arquetípica de esta época argentina, ya que nuestroprurito de fastidio no sale de un intrínseco aislamiento. No cambia nada.
El Teatro Colón muestra su formidable estampa recuperada, puesta en valor tan impresionante quesólo será debidamente valorizada dentro de algunos años, pero hasta en su propio entorno no se hanpodido evitar las radiografías más elocuentes de la rispidez social. En una Plaza Lavalleembellecida a fuerza de rejas para acotar el vandalismo galopante que barbariza los espaciospúblicos de este país, y cuya impronta de destructividad más furiosa se hace ver en Buenos Aires,césped, arbustos, canteros y árboles coexisten con grupos de indigentes que duermen al sereno, bajotolderías vergonzosas. Hay que ser necio o deshonesto para no advertir la ostensible degradaciónhumana patentizada en las calles de esta ciudad.
En una metrópolis donde había por lo menos diez espacios abiertos, enormes y propicios paramontar la gran exhibición del patrioterismo gubernamental sin asfixiar a la gente, el Gobiernoexhibe su desaforada espectacularidad en torno del Obelisco, para enloquecer aún más la vidacotidiana de decenas de millares de personas durante un mes, antes y después de este 25 de Mayo. Nooptaron por la Costanera Sur, el Parque Indoamericano, el Autódromo, o el Parque de la Memoria enla Costanera Norte. No. La idea es de un populismo primitivo y rutilante, para enfadar a la mayorcantidad de gente, la mayor cantidad de tiempo posible y al mayor costo.
Supuestamente “autónoma” desde 1994, la Ciudad de Buenos Aires padece impotente latrituradora estatal, que cierra calles, desvía tránsito y destruye espacios oportunamentereparados. En muchos sentidos, todo lo que acontece pareciera sugerir que hay en curso un“máster plan” perverso, indómito e imparable, destinado a cambiar la sustancia yespíritu de una ciudad a la que el poder nacional desdeña, por demasiado burguesa.
Sentadas en cuclillas, a la manera andina, personas ataviadas como indígenas del Altiplanovenden objetos, supuestamente artesanales, exhibidos en sus mantas en la esquina, supuestamentepeatonal, de Avenida de Mayo y Perú. Para acentuar su apariencia de habitantes legítimamenteoriginarios, beben mate y fuman unas imponentes pipas, junto a la legendaria confitería Londoneternizada por Julio Cortázar en Los premios, sitio otrora encantado en apasionantes tiempos yaidos.
Recorrer la ciudad observando sus intersticios con morosa y atenta prolijidad revela existenciassorprendentes. ¿Qué tienen que ver esas estampas de derrota y abatimiento con la prepotente ygrosera exhibición nacionalista que se agiganta este 25 de Mayo?
Cerca del Congreso, los que viven y duermen en la calle dejan sus colchones sobre los altosalfeizares del edificio del Senado, en la esquina de Solís y Rivadavia. Cuando anochece los bajan,se acurrucan en ellos y ahí se quedan hasta la madrugada. No menos de 50 seres duermen en esoshuecos, alimentados de noche desde camionetas del Gobierno de la Ciudad que reparten comidacaliente en la Plaza del Congreso. Pocas cuadras más al sur, en la esquina de Solís y Belgrano, acien metros del Departamento de Policia, un chico está casi todo el día echado al piso junto a unaboca de respiración desde la que sale el aire caliente de la cocina de una pizzería.
Mutantes, ambulantes, resignados, alelados, gente desorientada y condenada, sobrevive malamenteen una impávida ciudad emborrachada de banderas argentinas y Bicentenarios pretenciosos.
Si me despojo, por un breve instante, de los efectos anestesiantes del brebaje patriotero,percibo de modo rotundo, las imágenes de una puesta en escena indecorosa, como si una gruesa capade maquillaje intentara tenazmente vestir de tersura y belleza un rostro descompuesto y surcado dearrugas.
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