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Pepe Mujica, un candidato entre los chanchos y la ciencia

El filósofo Tomás Abraham reflexiona sobre la candidatura a la presidencia uruguaya de José “Pepe” Mujica, el ex jefe tupamaro y ex ministro de Agricultura que ganó notoriedad en nuestro país por la crudeza de sus opiniones sobre los argentinos. Abraham traza el perfil de un hombre apasionado por la antropología y la ganadería y que admira el empuje de China y de India; una persona de izquierda que ya no cree en la utopía de Cuba y se define como socialdemócrata; un candidato que considera que los uruguayos deben unirse por una “idealidad” común y no por compromisos ideológicos.

Pepe Mujica, un candidato entre los chanchos y la ciencia
23-08-2026 | 17:05

Coloquios, de reciente aparición, el libro de entrevistas que le hace a José Mujica elperiodista Alfredo García nos da una idea abarcativa y detallada de lo que piensa el candidato delFrente Amplio a la presidencia del Uruguay. Lo que está en cuestión es el presente y el futuro desu país.

El entrevistador cumple un rol llamativo ya que no pregunta nada, no hace más que darle el pie asu entrevistado para que prosiga su monólogo, le manifiesta su aprobación a todo lo que dice y loestimula a rematar taxativamente sus afirmaciones.

Nos asombra que Mujica prefiera ser presidente de su país en lugar de irse del mismo hacia otroshorizontes como ya lo han hecho millones de sus compatriotas diseminados por varios continentes. Dauna imagen del Uruguay tan negativa y desesperanzada que no se ve el motivo por el cual elcandidato insiste en cumplir nuevas funciones en la política, y menos que desee presidir elejecutivo por un eterno período. Tiene más de setenta años y el bosquejo que ofrece de la situaciónde sus connacionales presenta un cuadro en el que la profundidad de los problemas es tal que no seve otra alternativa que un cambio poblacional o un milagro divino.

Luego de darnos una hermosa definición de lo que es el Uruguay: “Una esquina importante enun sistema de grandes ríos”, propone traer a su país a unos cientos de miles de ecuatorianospara que trabajen la tierra y pastoreen ganado ovino en el norte ya que los uruguayos no sólo noquieren trabajar en el campo sino que, en realidad, asegura, hace décadas que no quieren trabajaren nada.

El lector puede suponer que este libro no es un hecho casual ya que al publicarse en plenacampaña electoral, tiene la finalidad de alejar los miedos que en sectores de la clase mediauruguaya puede provocar la inquietante noticia de que asume la presidencia un ex jefe tupamaro.Quizás por esta razón, en las diez entrevistas, Mujica no habla de otra cosa que de ciencia,creatividad, empuje capitalista y productividad. Incluso llega a confesar al lector y al periodistaque ya ha asumido la “cobardía” de convertirse en un socialdemócrata.

Hoy Mujica ya no sueña con Cuba, su utopía se ha enfriado, no se aclimata entre las palmeras delCaribe al son de Guantanamera, rumbeó para el Norte y se aposentó en las tierras de Hamlet y en lascercanías de las melodías de Mamma Mía del grupo Abba. Sueña un futuro danés para el Uruguay, el deun país pequeño e inventivo que conoce sus limitaciones y aprovecha al máximo cada una de lasoportunidades que se le presentan.

El sueño personal de Mujica es menos problemático que el político aunque deba postergarlo por elmomento. A pesar de su insistencia en las virtudes del sistema capitalista que si bien explotatambién innova, se muestra contrario a la sociedad de consumo, a la vida que gira alrededor de losshoppings. Se identifica con la tribu de los Kung San, conocida como la de los bosquimanos, que“laburan dos horas por día y el resto joda y chusmerío”.

Los doce años de detención en un calabozo le sirvieron a Mujica para pensar en ciertascuestiones que van más allá de la política. Es un estudioso de la antropología y cree que hayrasgos atávicos que pueden llegar a determinar conductas no sólo individuales sino colectivas.Sostiene que no pertenecemos como especie a la raza de los independientes felinos sino a una de lascuatro ramas de los monos sin cola. Por eso considera que el hombre es un ser gregario que hapadecido el poder de un sistema que ha dispersado la sociabilidad. Se refiere a lo que llama elmundo de la mercadería, un mundo que nos ha hecho creer en una individualidad convertida enaislamiento por las reglas de una economía despiadada.

A pesar de esta idea congénita de rebaño, su sueño personal tiene que ver con la libertad, conun uso del tiempo diferente al que exigen las reglas del sistema. Trabajar para comprar no es segúnsu entender un modo de vida, le gusta pescar, jugar al futbol y sentarse bajo la sombra de unárbol.

Bella imagen, que me retrotrae a un pequeño cuadro que me regaló mi amigo el pintor JorgeCarbajal de la ciudad de Colonia, por un pedido surgido de una inspiración oriental que tuve uno deesos días de la eterna siesta coloniense, una pintura de un Buda sentado tomando mate. En esemomento, no sabía que don Pepe encarnaría –o reencarnaría– este particular deseo deNirvana con termo.

Su imagen del mundo recorre una variedad de parámetros. Desde su lugar de pertenencia, unachacra a menos de media hora de Montevideo, usa metáforas agrícolas para pintar el mundo de hoy.Algo así como veía las cosas el personaje del escritor Jerzy Kozinski, Chance Gardener,interpretado por Peter Sellers en la película Desde el jardín.

Sigamos con el pensamiento oriental, me refiero a la India, país que Mujica admira desde laperspectiva que le abren dos de sus fuentes informativas preferidas: la antropología y laganadería. La India tiene doscientos cincuenta millones de vacas, y el tabú de la vaca sagrada esuna prohibición de una suprema inteligencia –exclama con veneración– para bañar enleche a cientos de millones de habitantes. A razón de cuatro litros por vaca por día –calculael ex ministro de ganadería, agricultura y pesca– la cantidad de proteínas suministradas bienvalen una interdicción ancestral al cuidado del dios Kirshna o de cualquier otra divinidad delpanteón de los dioses hindúes, más aún cuando a las vacas viejas y secas las pueden hacer bife.

Mujica admira esta genialidad cultural del Oriente lejano. También elogia a la China aunquesostiene que a su país le conviene trabar lazos con países más pequeños como Corea. Ha viajado alImperio del Sol Naciente y pudo apreciar la razón por la que los chinos han revolucionado susociedad para poner en marcha al mundo globalizado. Vio que los niños, desde muy pequeños, antes deaprender a leer y escribir, ya saben matemáticas. También observó que en las plazas, calles ylugares públicos existe una vocación masiva por la gimnasia. De este fenómeno concluye que hastaque en el Uruguay no se implemente una política educativa centrada en las matemáticas y lagimnasia, el país no tiene destino.

Seguramente, su contrincante político, Julio María Sanguinetti, el dos veces presidente coloradoy hombre de renombrada biblioteca, le recordaría que esta aspiración pedagógica ya la habían tenidolos griegos en los tiempos de Platón.

El candidato del Frente Amplio nos dice que Dinamarca inventó el chancho. Se refiere a la razaLandrace que tiene una manta de tocino más larga de lo normal. Por su parte, los chinos tienen elchancho taihu que tiene el hocico arrugado con una capacidad de parir hasta veinticuatrocochinillos por chancha con lo que duplica el promedio de la especie.

No es ninguna nimiedad ocuparse de los porcinos. Toda una población y su nivel de vida puedenllegar a depender del mejoramiento de las especies ganaderas comestibles. Para Mujica, una de lasfunciones primordiales de los embajadores es la de no sólo promover los bienes que se producen enel país que representa sino el de buscar nuevas posibilidades en las tierras por las que les tocaviajar. Fue lo que hizo el embajador norteamericano en tiempos en que el escritor y diplomáticoJuan Zorrilla de San Martín promocionaba su poema épico Tabaré mientras su colega del nortedescubría en tierras ibéricas el cochino Duroc Jersey.

Pepe Mujica es un hombre práctico. Ya no son tiempos en que los militantes revolucionarios debenagruparse para elaborar un programa de transformación radical de la sociedad uruguaya con el fin decrear una comunidad igualitaria y solidaria. Esos sueños se han convertido en una pesadilla. Mujicarepite con fruencia que él no es un “Pol Pot”, en referencia a un carnicero políticoque mandó a matar a millones en Camboya en su afán de construir un comunismo sádico. Su idea desociedad es otra. Admite que debe haber competencia, es decir un mercado en el que compitanemprendedores de diferente naturaleza. Se ha dado cuenta de que los hombres no son iguales y quelas diferencias pueden ser auspiciosas para que los de atrás emulen a los de adelante.

Considera que las corporaciones multinacionales pueden aportar innovaciones tecnológicas eimpulsar el desarrollo del país a la vez que insertarlo en el mercado mundial. Suscribe a la ideade que es necesario aumentar la “tasa de genialidad” de las naciones. La sociedad deconocimiento así lo exige. Quiere que el Uruguay se convierta en un país“agro-inteligente”. Lo imagina como una sofisticada cabaña del sur del mundo.

Ya no existen las fábricas, nos dice, hoy las empresas son laboratorios. Es necesario que en supequeño país de tres millones de habitantes se promueva una revolución pedagógica por la que losjóvenes uruguayos se instruyan en las ciencias biológicas. Si por él fuera, las nuevas camadas deestudiantes deberían formarse en las ciencias de la vida para combinar las matemáticas con labiología. Especializarse en biometría.

Para eso hay que terminar con la universidad uruguaya que engendra miles de abogados como si lameta educativa fuera formar una ciudadanía de pleiteros. Tampoco le interesa distribuir esa especiede barniz cultural que forma a los típicos cogotudos “lustrados”, setentistaspanfletarios y preparadores de informes para ONG’s.

La cultura es otra cosa para Mujica. Tiene un fin práctico. Debe despertar a su país del letargoy la mediocridad trasmitidas por los partidos tradicionales durante el siglo pasado. Entre los añostreinta y cuarenta del siglo veinte, fue forjado el uruguayo medio, común y corriente. Fue en esaépoca que la sociedad uruguaya se acostumbró a no desear otra cosa que formar parte de laburocracia estatal. Ser funcionario fue el sueño de la seguridad y de la permanencia. Ambiciónmediocre y perenne que no cambia con la llegada al poder de gobiernos populares. Por el contrario,ser un funcionario de izquierda es una de las mejores opciones que se aprecian en el vecino país yuna gran teta izquierda llamada Estado se encarga de la nutrición generalizada.

Mujica dice que hay que cambiar ciento ochenta grados la visión que tienen los uruguayos de símismos. No puede ser, admite, que quienes trabajan en la esfera privada les den de comer a loszánganos públicos.

El mismo Frente Amplio ha sido incapaz de modificar el estado de las cosas. Mujica estáconvencido de que hasta que en su país no se lleve a cabo una reforma del Estado, Uruguay nocambiará nunca. El socialismo proclamado por su partido se convirtió en “sociolismo”,una corporación de protegidos en su pereza.

Considera necesario que cada nuevo empleado que ingresa a la esfera pública debe suscribirse auna ley de prescindibilidad y someterse a un sistema de premios y castigos. El castigo, opina, esuno de los principios de un sistema educativo. Propone cambiar la estructura salarial y lajerarquía de funciones del Estado uruguayo en el que quien trabaja y el que no lo hace obtienen losmismos beneficios. La solución es formar equipos con un sueldo básico y bonus o premios porproductividad y rendimiento distribuidos por los mismos integrantes de los grupos. Es el únicosistema que puede crear una organización del trabajo responsable.

El problema es que ni la Universidad ni quienes hoy ocupan el Estado aceptarían estos cambios.Jamás lo harían. Respecto de la Universidad decide no enfrentarla, estima que es inútil intentarloy piensa abocarse a rediseñar la Universidad Tecnológica Nacional para que cumpla sus nuevasfunciones de investigación y docencia científica. Confía en que el resto del aparato educativosaldrá luego de su morosidad y seguirá la marcha de los innovadores.

Respecto de los otros sectores del Estado en el que dominan los sindicatos pertenecientes alPartido Comunista y aliados, el cambio llevaría a una guerra civil o una confrontacióninterminable. No entienden, dice Mujica, que el Estado no es sólo el botín de una clase dominante,sino el ámbito a que acude la gente para que se le vean solucionadas cuestiones vitales de suexistencia. Y que la quietud de la burocracia, su desidia, es casi un asunto criminal.

Hay muchas cosas que cambiar en el Uruguay, desde esa píldora de los derechos humanos, así lallama, que sirve para justificar la impotencia de las fuerzas de seguridad, y de la sociedad toda,ante el drama de las drogas, los crímenes salvajes y las mafias que ya se han infiltrado en lasociedad, hasta el boicot de los organismos públicos que impiden toda renovación en nombre de esosderechos.

El lector no uruguayo a medida que recorre las desgrabaciones de estas entrevistas no sabe a quéatenerse cada vez que Mujica invoca el entorpecimiento de quienes pertenecen a entidades nombradascon siglas. Tenemos la suerte de que en las dos últimas páginas se aclaran a qué funcionespertenecen entes como ADEOM, AFAP, AMBEV, ANV, ARU, CO-CO (pacto sindical entre el PartidoComunista y el Partido Colorado), CASMU, COFE, INAC, JUNAE, y otras cuarenta más.

Mujica se siente frente a un Leviatán oriental ungido desde tiempos inmemoriales. Está lejos deañorar aquella Suiza de América como lo hace Julio María Sanguinetti en su libro La agonía de unademocracia. Para Mujica ésa era una sociedad mediocre en la que primaba la tarjetita y elacomodo.

Mientras el dirigente colorado escribe su libro para reseñar los infaustos hechos de la décadade ’63 a ’73, en los que considera que los dirigentes del Frente Amplio y de lossindicatos afines pactaban con los militares para derrumbar la democracia republicana del vecinopaís, Mujica se desmarca de esta diatriba e imagina un porvenir con este nuevo Uruguayimprobable.

Para compartir este deseo cree que los uruguayos deben unirse por una “idealidad”común y no por compromisos ideológicos. Con este propósito dice cosas que pocos se disponen aescuchar. Pone sobre la mesa problemas que casi todos quieren descartar. Demuele el conformismo deuna izquierda a la que perteneció toda la vida. Mientras Sanguinetti nunca se cansa de citar aCicerón y Montesquieu, Mujica nos habla de los chanchos y de la ciencia. Dos versiones de un mismoy hermoso país.

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