Perón, Kirchner y la fidelidad

Hay algo permanente e invariable en el corazón de los grandes dilemas argentinos, una constante persistencia en visitar una y otra vez los territorios de la ilusión, los espacios del autoengaño, los parajes del deseo metamorfoseado en realidades indiscutibles. Ante los interrogantes que atravesaron al país durante 2008 y, sobre todo, de cara a las decisiones que aguardan este año, se percibe la insistente emergencia de un viejo conocido, mecanismo nefasto que acompaña a la Argentina hace varias décadas.

Perón, Kirchner y la fidelidad
21-08-2026 | 15:44

Hay algo permanente e invariable en el corazón de los grandes dilemas argentinos, una constantepersistencia en visitar una y otra vez los territorios de la ilusión, los espacios del autoengaño,los parajes del deseo metamorfoseado en realidades indiscutibles. Ante los interrogantes queatravesaron al país durante 2008 y, sobre todo, de cara a las decisiones que aguardan este año, sepercibe la insistente emergencia de un viejo conocido, mecanismo nefasto que acompaña a laArgentina hace varias décadas.
Todo sucede como si la dificultad de sobrellevar la realidad fuese insuperable, a menos quehiciéramos de ella un mito al que le hincamos el diente desde el torcimiento de los hechos, en vezde abordarlo desde la desnudez de lo existente.
La nueva edición del libro de Richard Gillespie Soldados de Perón. Historia crítica de losMontoneros, que hace poco presentó Editorial Sudamericana con demoledor prólogo de Félix Luna,permitió verificar viejas sospechas y ratificar espinosas conclusiones.
El libro de Gillespie es incompleto y muchos de sus juicios son, al menos, opinables. No loayuda que la edición argentina sea la traducción al español de la inglesa hecha por un catalán, locual sazona a la obra de pedregosos anglicismos y manifiesta ignorancia de la política argentina.Más de una vez, por ejemplo, Gillespie aparece definiendo a los peronistas de izquierda de los años‘70 como “peronistas radicales”, lo cual aquí es un dislate innecesario.
Gillespie hunde el bisturí con demoledora eficacia cuando revela el carácter deliberadamenteengañoso y falseador que marcaba el estilo, objetivos y conductas de Perón. Inmune a toda groseradescalificación como “gorila”, Gillespie encuadra en la mentira deliberada y en elfraude ideológico más avieso de Perón muchas de las circunstancias terribles durante las cualesArgentina chapoteó en sangre durante varias décadas.
El elocuente alegato sirve extraordinariamente bien para comprender cómo, 34 años después dela muerte de Perón, el movimiento fundado por él con su propio nombre presenta los mismos problemasy exhibe similares características aunque en un contexto diferente, sensible a la muy argentina yaparentemente invencible tentación del personalismo más burdo. Si en Brasil no se habla de lulismo,ni Chile produjo bacheletismo o laguismo, la Argentina no se mueve de su cavernícolo caudillismo:acá tenemos “kirchnerismo”.
Hay, como en los años cuarenta, una dosis tóxica de mentira estatal organizada. Gillespieseñala que “lo que durante los años 1946-1955 pasaba por ‘antiimperialismo’fueron compras de intereses argentinos, que incluían los ferrocarriles, las fábricas de gas y lared telefónica, a unos precios que se llevaron el 45% de las divisas disponibles”.
No sucede algo excesivamente diferente 60 años después, al menos en la raquítica consistenciaideológica del peronismo, mil veces justificada e intelectualizada por gente de la cultura, queantes como ahora sentía la pulsión de identificarse con lo que percibía como identidad política delpueblo.
En ese sentido, lo que pasó con Montoneros y en general con la izquierda peronista y Perón,se reproduce, afortunadamente sin ametralladoras ni asesinatos, con los intelectuales kirchneristasdel siglo XXI, algunos de los cuales compartieron y azuzaron las letales ilusiones de los añossetenta.
Hay, empero, un agravante. Los ahora llamados banalmente “comandantes”montoneros, hace 35 años eran muchachos atosigados de ingenuidad, buenos deseos y voluntadincendiaria de cambiar al mundo a balazo puro. Pero no eran adultos ni habían transitado etapas demaduración personal y decantación cultural elementales para protagonizar tamaño emprendimiento.
Coparon regimientos, mataron a decenas de personas, secuestraron y apelaron al terror. Desde1968 hasta fines de 1973, un lustro decisivo, se infatuaron con que Perón era la encarnaciónargentina del viejo Mao de China y el mítico Che inmolado en Bolivia. El autoengaño de los líderesde toda una generación que prefería morir “en combate” a la lenta y tediosatransformación social, puede atribuirse en todo caso a la ilusión de que el legendario asaltobolchevique al equivalente argentino del Palacio de Invierno de la Rusia pre comunista estaba a lavuelta de la esquina.
Estremece a lo largo de las décadas la capacidad única del peronismo para producireternamente en su núcleo operativo similares paradigmas de ficción y credulidad. Desde su cúspide(Perón en el siglo XX, Kirchner en el XXI), se derraman explicaciones y arquitecturas conceptualesde autoindulgencia insultante. Los Montoneros y la JP de aquellos años digerían la retórica del“socialismo nacional” y el “trasvasamiento generacional”, como, al comenzareste siglo, tuvo inicial credibilidad la pamplina de la “transversalidad”, reemplazadaluego por la vergonzosa “Concertación”, diseño simbolizado por ese Julio Cobosvicepresidente convertido ahora por el Leviatán kirchnerista en el peor enemigo.
Pero los duendes de la supuesta progresividad K anidan en grupos etarios mucho más veteranosque los “imberbes” que Perón echó de la Plaza de Mayo cuando decidió jugarse por ese“movimiento obrero” a muchos de cuyos jefes la guerrilla había asesinado.
Perón optó por los sindicatos, por López Rega y por Isabel cuando, en lugar de la “horade los hornos” fantaseada en aquellos años, sobrevino la “hora de los bifes”.Gente armada y fogueada en acciones de guerra irregular estuvo atravesada tal vez por una candidezque recorrió una America latina en la cual durante demasiado tiempo Cuba ejerció la conducciónestratégica de todos los que compartieran el dogma de que el poder sale de la punta del fusil.
La enormidad es que gente que participó de aquella ordalía e incluso no le hizo ascos a lahoy vituperada década de Menem, suba ahora a escena para intentar darles lectura positiva a estosaños de un gobierno que lleva en su código genético como marca registrada su ambigüedad deliberada.En un instante luminoso de su controversial libro, Gillespie sostiene que “ni por un momentolos jóvenes soldados de Perón sospecharon que pudieran estar luchando por un general infiel”.Cuando Perón murió, Kirchner tenía 24 años. Cuando Kirchner nació, Perón tenía 54.
Impresiona y lastima que de un siglo a otro la Argentina haya sido capaz de conservar yseguir nutriendo mitos y ficciones lamentables. Recuerdo cuando en esos apocalípticos setenta,personas con las que tenía relación intentaban persuadirme de que Perón “estabarodeado”. Vociferaban que “¡está lleno de gorilas el gobierno popular!”.
Hoy sin pólvora, es la misma mitificación, esencia dominante del peronismo: nada es comoparece ser y todo puede explicar todo.

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