•VIOLENCIA EN el cine

‘Perros de la calle’

Esta semana contrarié mis impulsos de reclusión y por principio de solidaridad masculina acompañé al cine a un amigo que se había peleado con la novia. El tópico imponía, desde luego, el prolijo evitamiento de la comedia sentimental y el drama, así que elegimos “una de tiros”; es decir, esa clase de películas intrascendentes donde la gran cantidad de movimientos brindan una ilusión de actividad al nervio óptico. Fuimos a ver Bastardos sin gloria del ensalzado Quentin Tarantino.

23-08-2026 | 11:46

Esta semana contrarié mis impulsos de reclusión y por principio de solidaridad masculinaacompañé al cine a un amigo que se había peleado con la novia. El tópico imponía, desde luego, elprolijo evitamiento de la comedia sentimental y el drama, así que elegimos “una detiros”; es decir, esa clase de películas intrascendentes donde la gran cantidad demovimientos brindan una ilusión de actividad al nervio óptico. Fuimos a ver Bastardos sin gloriadel ensalzado Quentin Tarantino. El resultado no pudo ser más deprimente. Desde luego, a una obrade ficción no se le pide ningún rigor histórico, y ésta no era la excepción: presentar a un Hitlerde pura macchietta que muere acribillado a balazos por un batallón judeo-americano vengadorliderado por un rubio que actúa como Popeye y aduce tener sangre apache no es tomarse pequeñaslicencias. Pero en el fondo, el objeto narrativo importa poco, y tampoco, a la hora de observar lovisto, ni siquiera vale la pena detenerse a examinar por qué ese film presuntamente ambicioso ytotalizador de la obra de este cineasta sobrestimado no cumple siquiera con el requisito deentretener como lo hacían las películas western-spaghetti de Sergio Leone que le sirven dejustificativo o de referencia.
Que una película tenga como objeto de culto o de remisión a otras películas es algo que nosorprende ni redime nada ni espanta a los espectadores (salvo que se trate de literatura): noexiste prueba mayor de ello que los programas de aire de la televisión argentina, que básicamentese ocupan de otros programas de televisión, donde aparecen figuras de la televisión que hablan delo que hacen en televisión o fuera de ella (es decir, en el cine o en el teatro). No. Lo queimporta, lo que vuelve singular este film de Tarantino, y quizá el resto de su obra, es ciertoconsenso social, cierta fruición en el despliegue de sus procedimientos fílmico-narrativos,dirigidos fundamentalmente a construir la validación de un universo sádico.


¿Me explico? Me explico. Desde Perros de la calle en adelante, Tarantino ha construido sucelebrada carrera poniendo en escena sus gustos estéticos provenientes del kitsch, el pop, el snuffy otras deprimentes onomatopeyas, su vocación por los diálogos elongados y sus aptitudes paraorganizar cadenas corales de flash backs y flash forwards, decorosas piruetas cinéfilas sobre eltranscurso del tiempo. Pero sobre todo, su talento se aplicó a estetizar y volver cómico elejercicio de la violencia. En Bastardos sin gloria asistimos a la culminación de ese sueño o de esedeseo. El comando judeo-americano arranca literalmente en pantalla, para beneficio del espectadorcarente de imaginación, las cabelleras de los nazis atrapados, y su ejecutor oficialparsimoniosamente destroza a esos enemigos con su bate de béisbol, de modo que veamos cómo elcráneo explota y un cuerpo se convierte en una masa de huesos. Desde luego, la baja argucia“políticamente correcta” de ese empleo es que después de todo se trata de los malosentre los malos, los sucios malos que además son antisemitas. Pero como es evidente que elconceptualmente ligerísimo film sólo se propone diseminar violencia y charlas a lo largo de sustres horas con el fin de contraponer tensión y tedio, el pretexto resulta poco válido. Lo único quese ve allí es el goce perverso de un director que arma su dispositivo para exhibir una celebraciónobscena de la violencia, la gloria del amasijo, la pasión del reviente ajeno.
Escribí “sádico”, pero ahora veo que exageré en la dimensión del adjetivo. En eltambién tedioso pero más divino Marqués de Sade, la violencia forma parte de una máquina que almenos alerta al lector sobre la inadecuación entre las aspiraciones del deseo y la realidad de loscuerpos, sometidos al tormento para alcanzar las tensiones del exceso y la mística. En Tarantino,en cambio, todo se ve reducido a una mordacidad infantil, al inmundo deseo de celebrar la tortura.En ese punto, la cinefilia es el truco que enmascara su instrumento.

*Periodista y escritor.

También en Perfil