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Perversiones malsanas

Como “ojo de la cara”, “día de la semana” y “derechos humanos”, “perversiones malsanas” parecerá un pleonasmo, esa fórmula en la que el sustantivo es calificado una propiedad que está contenida en su mismo nombre.

Perversiones malsanas
22-08-2026 | 21:39

Como “ojo de la cara”, “día de la semana” y “derechoshumanos”, “perversiones malsanas” parecerá un pleonasmo, esa fórmula en la que elsustantivo es calificado una propiedad que está contenida en su mismo nombre. No es mi parecer:pienso que ha de haber perversiones ridículas, triviales, sofisticadas e increíbles, pero aunque nopueda asegurar que las haya “biensanas”, ni “sanas”, no toda perversión esmalsana, si se entiende por “malsano” a lo que daña de una u otra manera a quienparticipa en ella. No sé si el caso Carradine corresponde a una perversión malsana, o simplementese trata de una perversión peligrosa y no más peligrosa que prácticas deportivas como elmotociclismo, la acrobacia aérea o el andinismo de altas cumbres. Nadie califica malsanas a lasprácticas de Eduardo Costantini –que hacía kite surf entre las piedras– o de María InésMato, que emprende raids en aguas abiertas a menos de cinco grados de temperatura, o en aguas tanpodridas como las de la bahía de Manhattan. La semana pasada escribí “perversiónmalsana” pensando en un blog que llama a votar a Stolbizer y Carrió y que da testimonio deque sus autores pasan cientos de horas mensuales frente al televisor mirando programas políticos,que nadie, ni ellos mismos, vacilaría en calificar como deleznables, porque efectivamente sondeleznables. Nunca aprendí a mirar televisión. No debo haber gastado más de diez horas de mi vidafrente a uno de esos electrodomésticos que jamás poseí, pero mi experiencia con el tema procede dealgo muy parecido: la pornografía web. Ocurrió en los comienzos de Internet, en los tiempos delnavegador Netscape: pasé dos o tres meses perdiendo una hora diaria con colitas y boquitasfotogénicas hasta que advertí que lo que más me estimulaba era mi propia representación de unimbécil buscando estimulación y estimulándose con el recorrido justo del límite de mayor riesgopara un hombre: el desprecio de sí. Pensando en aquella experiencia, pensando a la vez en los delblog que miran disciplinadamente a Zlotogwiazda, Tenembaum, Grondona, Carrió y Alberto o AníbalFernández para potenciar su odio, su indignación y su desprecio, y tratando de calificar a esosgrandes momentos de Galtieri, Alfonsín y Kirchner, que brindaron un mes, seis meses y un añorespectivamente, en cuyos días la gente encendía la tele para escuchar buenas y alentadorasnoticias del colectivo argentino, escribí para PERFIL de la semana pasada que, fuera de esos brevesgrandes momentos, no pasa nada. Nada. Ni siquiera malas noticias: sólo el goce perverso deestimularse colectivamente la repugnancia, el odio y la autoconmiseración.

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