Las repercusiones de los diversos actos que marcaron el miércoles pasado la conmemoración delgolpe de Estado de 1976 me dejaron una sensación de profunda incomodidad. Y no se trató simplementedel sentimiento oscuro, depresivo, que de manera natural provoca (o debería provocar) ese feriadoen el que no se festeja nada, sino donde se evocan muerte y violencia. “Una plazadividida” “la memoria en disputa” “ahondó las divisiones”, “lapretensión de la Casa Rosada de apropiarse de los homenajes”, etc. Se me dirá que sonexpresiones tomadas de los medios, que construyen un país virtual que nada tiene que ver con elpaís real. Sin embargo, Julio César Strassera, el fiscal del juicio a las juntas militares, lamentó“el uso político de los derechos humanos”. Y Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de laPaz, declaró que “el Gobierno ha aparateado todo esto y quieren apropiarse de los derechoshumanos”. Bueno, pareciera que la población del país virtual tiene una tasa de crecimientodemográfico bastante alta y sus habitantes estamos en buena compañía. Y si se consulta el sitiooficial de la Presidencia, es fácil constatar que con su breve discurso en el centro cultural de laex ESMA, la Presidenta sigue empeñada en no hacer otra cosa que construir enemigos.
Strassera se manifestó en contra de la decisión de decretar feriado el 24 de marzo, porque“no es un día para celebrar nada”. Dejemos eso de lado: aceptemos la existencia del Díade la Memoria. A partir de ahí, reflexionemos un instante. ¿Cuál fue la sustancia de la legitimidadinicial que el kirchnerismo buscó elaborar en el momento en que su principal líder accedió al podersupremo? La cuestión de los derechos humanos. Esto es inobjetable, singulariza positivamente unaactitud política respecto de la Justicia y merece pasar a la historia como tal. ¿Cuál es entoncesel problema? Yo veo dos.
El primero es que la política del kirchnerismo no parece tener ninguna otra característica quelo singularice, salvo la mencionada. Sin proyecto de desarrollo económico (no hizo más quecompletar una política de pago de la deuda diseñada e iniciada antes y desestabilizó profundamenteel sector que es la principal fuente de riqueza del país); sin ningún plan para enfrentar lasituación de la pobreza y la exclusión (tardó casi siete años en tomar una primera medidaredistributiva); sin la más mínima hipótesis sobre el rol de la Argentina en la región y en elmundo (salvo el insistente coqueteo con Chávez y el hasta ahora infructuoso esfuerzo de laPresidenta por lograr una reunión con Obama). Bueno, no hago más larga esta lista de ausencias,pero parece claro que una posición fuerte sobre la Justicia en relación con los derechos humanos(que merece el aplauso) es radicalmente insuficiente para darle contenido a la legitimidad formalde un gobierno.
El segundo problema tiene que ver con la cuestión del aplauso. Si hay un tema que trasciende lasposiciones ideológicas, los enfrentamientos de intereses sectoriales, las maniobras más o menosjustificadas de practicar el clientelismo, las luchas por el reparto federal de los fondospúblicos, las tácticas para controlar los diversos espacios partidarios, ese tema es el de losderechos humanos. Es (o debería ser), un tema para congregar a la inmensa mayoría de losargentinos. Porque, como la propia Presidenta lo dijo en sus breves palabras en la ex ESMA, estánen juego valores universales.
No parece absurdo pensar que un criterio de mínima racionalidad por parte de un gobierno que fuederrotado en las últimas elecciones legislativas y que enfrenta una oposición cada vez más intensa,debería llevarlo a aprovechar al máximo su única característica distintiva, una característica queademás sólo puede provocar la adhesión y el aplauso de todos los sectores democráticos del país,sean cuales fueren sus posiciones ideológicas. Sin embargo, un operador de solidaridad y deidentidad democrática en torno a la justicia y en nombre de los derechos humanos, fue, él también,utilizado para generar, una vez más, lo que este gobierno produce cotidianamente: enfrentamiento,fragmentación, desgaste de las energías políticas y de las motivaciones ciudadanas.
Como se sabe, entre los trastornos cognitivos que podemos tener los seres humanos, se encuentranlas alucinaciones. Poseen, cuando se las experimenta, todos los rasgos de la realidad. Propongoentonces que, por un lado, hablemos de país virtual: es el país del futuro, el único que hoy nosdebería interesar, y que como sabemos que todavía no existe, que tenemos que construirlo, no es unpaís real. Y que, por otro lado, nos preguntemos si lo que algunos llaman hoy el país real no es,en definitiva, una alucinación cada vez más peligrosa.
*Profesor plenario, Universidad de San Andrés.




